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Una terrible pesadilla para Gonzalo
1 – El secuestro

by Pepe WS

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Copyright on this story text belongs at all times to the original author only, whether stated explicitly in the text or not. The original date of posting to the MMSA was: 02 Jun 2011


Una terrible pesadilla para Gonzalo – El secuestro

 

Nota del autor: Esta historia es totalmente ficticia, pero basada en algunas de mis íntimas fantasías, que he decidido compartir con personas que sé sabrán apreciarlas. Para algunos esta historia puede ser un poco cruel o violenta, pero mi intención es relacionar los eventos que realmente podrían suceder (o que tal vez me gustaría que sucedieran ... jejeje). ¡Lea y disfrute! Esta es mi primera publicación en español, y agradeceré sus comentarios y votos si estiman que la merece.

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Era el mes de marzo del año de inicio del siglo XXI, y el calor del verano aún era sofocante en el Perú. El primer día del mes habían comenzado las clases en casi todos los colegios del país, incluidos los privados como el exclusivo Colegio de Varones Winston Churchill, que impartía en el Perú una educación con estilo británico, a los hijos de familias adineradas principalmente. Estaba ubicado en La Molina, que es un muy exclusivo distrito de Lima.

Gonzalo, conocido cariñosamente por sus padres, parientes y amigos cercanos, como Gonchi, dejó la escuela a la hora habitual, de retorno a su hogar, a alrededor de las 3.30 pm. Por alguna razón, se sentía distraído y pensativo mientras caminaba por la normalmente tranquila Calle Guisse.

Gonzalo era un atractivo muchachito de casi quince años, muy agraciado de cara y con un cuerpo atlético muy bien formado. Era de piel clara y estatura promedio para su edad; delgado, pero no en exceso. Tenía pelo de color castaño claro, nariz respingada y unos bellísimos ojos azules. Su boca era pequeña, de labios rosados y dulces. Cursaba el 3º Año de Secundaria y llevaba el uniforme escolar adecuado a su edad, que incluía unos pantalones cortos grises que se extendían casi hasta la mitad de sus muslos suaves y hermosos. Odiaba tener que usarlos, pero era la norma para los alumnos en las escuelas de estilo británico hasta que hubieran terminado los tres primeros años de Educación Secundaria. Se consolaba pensando que a partir del año siguiente usaría pantalones largos.

Llevaba una camisa blanca manga corta con un cordón dorado que lucía en su hombro izquierdo. Dicho cordón lo distinguía como Brigadier General de su Año, que era el más alto grado de Prefecto que se otorgaba a un alumno. Había alcanzado tal rango por su excelencia académica, lo que le daba mando disciplinario sobre los alumnos menores que él e incluso sobre los de su propio año de estudios. Su escuela lo estaba preparando para ser un ¡líder! Junto al cordón de Brigadier General, en la parte delantera exhibía una insignia que indicaba su cargo. También vestía una corbata roja que tenía un logo de la escuela bordado en el centro y, unos calcetines largos de color gris plata que exhibían unas bandas de color azul y amarillo en la parte superior. Sus zapatos eran negros con pasadores y muy brillantes. Colgando de su hombro derecho, llevaba una mochila negra con sus libros y útiles escolares.

Su pesadilla, y despierto para colmo, estaba a punto de comenzar...

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Cuando estaba a 20 metros de llegar a la esquina de la cuadra 5 de la referida Calle Guisse y doblar hacia la Av. Merino, se sobresaltó al ver una camioneta negra 4 X 4 con lunas polarizadas que se detuvo intempestivamente (dando una gran frenada) junto a él. Del auto bajaron 3 hombres encapuchados, uno de ellos lo agarró por detrás, rodeándole un musculoso brazo por el cuello y lo levantó, mientras con la otra mano le tapaba la boca con un pañuelo para impedir que gritara; el segundo hombre lo tomó de las piernas, levantándoselas también, mientras que el tercero lo hacía a la altura de su cintura. Así lo metieron a la parte de atrás de la gran camioneta. El pobre Gonzalo trató de liberarse y gritar pidiendo auxilio pero el pañuelo con que cubrían su boca y los tres hombres que lo tenían agarrado, se lo impedían.

Una vez dentro del auto, lo pusieron boca bajo sobre las piernas de los 3 secuestradores y uno de ellos comenzó a atarlo con las manos cruzadas hacia atrás con una cuerda, otro comenzó a atarle los pies cruzándoselos a la altura de los tobillos (sus calcetines grises claros con el forcejeo por atarlo, se le veían deliciosamente caídos y arrugados), el tercer hombre le metió un trapo en la boca y luego le pasó tres veces una cinta adhesiva alrededor de ella. Gonzalo trataba de liberarse y gritar, pataleaba, se retorcía, y luego algunas lágrimas comenzaron a escaparse de sus lindos ojos. Se encontraba boca abajo sobre los tres hombres. El del centro les dijo a los otros:

“— Este gusano se mueve demasiado y hace mucho ruido, creo que debe recibir una lección como antaño para que se esté quieto, y dado que estudia en un colegio de estilo británico, qué más que darle una lección al estilo de dichas escuelas tradicionales, en las que se aplicaban los castigos corporales. ¿No creen que sería lo adecuado para calmarlo y enseñarle?”

Los otros dos hombres asintieron y rieron maliciosamente. Luego, el del centro comenzó a desatarle la correa del short gris, le desabrochó el botón que lo aseguraba y comenzó a bajárselo hasta la altura de sus canillas. Así aparecieron sus blanquísimos calzoncillos blancos, los que luego también fueron bajados para acompañar a su pantalón corto gris. Los tres tuvieron ante sí, un hermoso culito muy blanco y tierno. Si Gonzalo no hubiese estado con la cabeza colgando hacia abajo, cerca del piso de la camioneta, hubiese podido ver la evidente erección que los tres inescrupulosos tuvieron al ver tan bello espectáculo. El pobre muchacho se estremeció y trató y trató inútilmente de voltearse y soltarse, sin conseguirlo, obviamente.

Imaginándose lo que le iba a suceder, trató de impedir lo que se avecinaba:

—¡ Nuuuuuuu, aaarrrgggg, uuufffff, uhmmmm, aaaahhhhh, nuuuuuuu ! – trataba de gritar, rogando para que no hicieran lo que era evidente que harían, pero la mordaza se lo impedía; lloraba y se retorcía desesperadamente.

El del centro le apartó hacia un lado las manos que trataron infructuosamente de impedir que su inmaculado y nunca tocado culito sea mancillado. Comenzó a masajear sus blancos cachetes, primero el derecho y luego el izquierdo, como para ir entibiándolos y prepararlos para el inmenso calor que pronto los invadirían. El hombre comenzó a golpear con su mano derecha de manera alternante una mejilla y luego la otra. Inicialmente suavemente, luego fue aumentando la velocidad y fuerza de los palmazos, hasta que estos sonaron con escándalo: ¡ plas, plas, plas, plas, plass, plass, plasss, plasss, plassss, plassss, plasssss, plasssss ... !

Gonzalito se retorcía, gritaba amordazado, se ahogaba, lloraba descontroladamente porque su trasero le quemaba y ardía como si lo hubieran sentado sobre un fogón. Cuando pensó que no lo resistiría más y moriría de dolor, el hombre que lo castigaba cesó de golpearlo y se dirigió a sus cómplices, señalando la enrojecida parte inferior de Gonzalo:

“— Pobrecito, debe estar sufriendo demasiado, en su vida lo han castigado. Siempre ha sido un muchachito engreído y mimado, el hijito de sus papis, nunca le han puesto un dedo encima, por eso es como es. Como somos muy buenos, consentidores y compasivos también, no dejaremos que sufra más, ya que su culito le debe estar ardiendo muchísimo, si no me creen, tóquenlo y fíjense como llora y se queja ... Max, ¡procede a aliviar su dolor!”

Max procedió a abrir un frasco que tenía a su lado y puso un poco del líquido que contenía en el pañuelo con que inicialmente había cubierto la boca de Gonzalo al momento del rapto. El olor era fuerte, penetrante y adormecedor. Se lo puso sobre la nariz de Gonchi, quien comenzó a convulsionarse entre sus ataduras y trató de gritar más, después comenzó a sentir cómo se adormecía y se le nublaba la vista, poco a poco todo se volvió oscuridad, perdiendo el conocimiento.

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En una gran casa de campo en las afueras de la ciudad, el auto entró en un garaje y se detuvo. El que se encontraba al lado de la puerta derecha del auto, bajó y tomó al atado y amordazado Gonzalo, poniéndoselo al hombro. Lo condujo al 3º piso, a donde se ingresaba a través de una puerta que llevaba a un pequeño pasadizo donde se veían 4 puertas a los costados de él, entró en una habitación sin ventanas y de techo muy alto, que terminaba en un tragaluz. En el centro de ella había una gran cama ubicada de forma horizontal, con la cabecera casi pegada a la pared izquierda. Lo echó en la cama con suavidad, y luego el hombre que lo había palmeado retiró sus ataduras y mordaza; desató los pasadores de sus relucientes zapatos negros y se los sacó, aprovechando este momento para acariciarle los pies y las piernas inferiores que los calcetines grises claros cubrían. Los otros dos hombres observaban todo con atención y sin ocultar su lascivia.

A continuación, terminó de sacarle el short que aún tenía a la altura de las canillas, le subió su calzoncillo blanco a la cintura, cubriendo así su pene (aún con muy escaso vello púbico) y su traserito ahora muy rojo como un tomate. Hecho esto, sacó de su bolsillo un paquetito que contenía unos calcetines blancos de vestir (eran nuevos y cortos, de tamaño tres cuartos) y retiró las etiquetas. Procedió inmediatamente a sacarle los calcetines grises del colegio y lentamente (disfrutando cada segundo de esta acción), le puso los nuevos e inmaculados calcetines blancos hasta el tope, que le llegaban solo hasta las canillas. Después los acaricio con delicia; se los subía, se los bajaba y se los doblaba, para finalmente dejárselos levantados al tope. Luego le dijo a los otros dos hombres para salir de la habitación pero antes, el cuerpo de Gonzalo lo cubrió con una manta, desde el cuello y solo hasta la altura de las rodillas. De pie, detrás, el cabecilla de los secuestradores admiraba (ahora en paz) el dulce rostro de Gonzalo, sus deliciosos labios entreabiertos y la tersura de sus pies y tobillos perfectos, que ahora destacaban por la brillantez de sus calcetines del blanco más puro, dejados premeditadamente al descubierto por la pequeña manta.

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Gonzalo durmió durante cuatro horas. Eran como las 20:00 horas cuando despertó. Se sentía mareado y la mitad de la habitación estaba a oscuras, ya que solo una pequeña lámpara (sobre un pedestal, frente a él) producía una muy tenue luz. En el techo, una pequeña pero potente cámara de vídeo seguía todos sus movimientos. Cuando despertó y se sintió más consciente, comenzó a recordar todo lo que había sucedido: el momento en que fue secuestrado en la calle, como lo metieron en la camioneta, como lo ataron y amordazaron, como habían golpeado su parte inferior y su lucha por evitarlo; así como finalmente, la forma en que lo durmieron. Se aterró al recordarlo; mejor no lo hubiera hecho, pensó.

Comenzó a mirar a su alrededor y sólo vio el pedestal con la lámpara y la cama donde yacía. Sentía que algo faltaba y se percató que estaba semidesnudo. Vestía su camisa blanca, la corbata roja y su calzoncillo blanco, pero lo que más llamó su atención fue que llevaba calcetines blancos en lugar de sus calcetines grises escolares. Se preguntó el por qué del cambio y el por qué había quedado sólo en calzoncillo y dichos calcetines blancos, de la cintura para abajo. En ese momento oyó que la puerta se abría y entraba uno de los hombres encapuchados que lo había secuestrado. Gonzalo se levantó muy rápido y lleno de miedo se arrastró hasta la esquina de la cama, mientras veía que el hombre se acercaba. Con la voz temblorosa y casi llorando, el hermoso muchachito le dijo:

—¡ Déjeme ir, libéreme, por favor ! ¿Por qué me ha traído aquí?, ¿qué va a hacer conmigo?, ¿por qué me pegó?, ¿por qué me ha quitado el pantalón y me ha puesto estas medias blancas?, ¡ ¿por qué?, por favor ! ...

El hombre encapuchado respondió:

“— No te angusties Gonchi, voy a responderte desde tu última pregunta: te quité el pantalón de colegio y te puse esas medias blancas, para que te sintieras más fresco y cómodo. Te pegué, porque pensé que sería bueno para ti; si tu padre te hubiera dado algunas buenas nalgadas antes, no serías el niño malcriado, desobediente y arrogante que eres ahora. ¿Qué para qué te traje aquí?, bueno, creo que es obvio que te hemos secuestrado para obtener un beneficio económico y, si tu padre paga lo que le pediremos, pues te dejaré ir, perooo ... no sin antes darte el tratamiento que requieres para ser una mejor persona.”

—¿ Tratamiento, qué tratamiento ? – preguntó Gonzalo, quien se sintió aterrorizado por lo que dicha palabra podría entrañar, además de sentirse raro por cómo se encontraba vestido.

—¡ Ya, ya, ya basta de preguntas Gonzalito, cálmate y vuelve a acostarte ! Como verás, no te hemos vuelto a atar ni a amordazar, porque confío en que te estarás quieto y tranquilo pero, si te portas mal, nos obligarás a volver a inmovilizarte y tu vida será muy incómoda. Ah, y por supuesto, tendría que castigar tu mal comportamiento, ¿lo entiendes, verdad? – Mientras esto decía, el hombre encapuchado se iba acercando poco a poco hacia él, bordeando la cama por el lado derecho.

En el momento que Gonzalo estimó que el hombre estaba lo suficientemente cerca como para tocarlo, saltó al otro lado de la cama y corrió hacia la puerta abierta. El hombre intentó agarrarlo pero no pudo atraparlo y comenzó a perseguirlo. Gonzalo salió corriendo de la habitación y vio una puerta abierta en el pasillo. El hombre encapuchado venía detrás de él, pero él se las arregló para meterse a la única habitación abierta y cerró la puerta. Por suerte, esta tenía un cerrojo, pero Gonchi quiso asegurarla más, apoyando su cuerpo detrás de ella, para que los empujones del secuestrador no la derribaran.

Al cabo de unos segundos de gritos, empujones y conminaciones del encapuchado para que abriera la puerta y, ante la obvia negativa y fuerza que Gonzalo puso para que no lo lograra; después de dos minutos, todo cesó y quedó en absoluta calma. Gonzalo se quedó un par de minutos más detrás de la puerta, trató de tranquilizarse y escuchar a través de ella, pero nada escuchó, todo había quedado en silencio. Se dio cuenta que la habitación era similar a la otra, con altas paredes y sólo una claraboya en el alto techo. Nunca sería capaz de alcanzarla. Una tenue luz proveniente de una pequeña lámpara alumbraba el recinto.

En esta habitación había una cama, pero a diferencia de la cama king-size de la primera habitación, esta era pequeña, plegable y con un pequeño colchón sin sábanas ni mantas. En la cama, Gonzalo vio algo muy pequeño de color azul marino, se acercó a ver qué era, lo tomó y descubrió que era un pequeño pantalón corto. Se sorprendió mucho de lo corto que era, pero dado que se encontraba en ropa interior, pensó que por lo menos le permitiría un poco de modestia y, sin pensarlo dos veces, se lo puso. Era como si hubiera sido hecho para él, con ajuste perfecto aunque con una cintura más bien ancha, pero había dos problemas: los cortos cubrían solo alrededor de 4 cm de cada uno de sus muslos, y la tela azul presionaba firmemente la piel de sus carnosas y dulces nalgas todavía inflamadas, que le recordaron su reciente y horrible paliza.

Inspeccionando a su alrededor, encontró su correa en el suelo y se preguntó el por qué la habrían separado de su pantalón gris escolar. Se la puso y le hizo sentir más cómodo el minúsculo pantalón corto azul. Luego, junto a la cama vio sus siempre brillantes zapatos negros, ¡Bingo! – exclamó. Durante unos segundos Gonzalo fue feliz, estaba completamente vestido y calzado, entonces al verse, se percató que parecía un niño