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Una terrible pesadilla para Gonzalo
2 – La tortura

by Pepe WS

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Una terrible pesadilla para Gonzalo – Parte 2 – La tortura

Introducción.-

Esta historia es la prometida continuación del drama de Gonzalo.
Gonzalo, un hermoso adolescente de casi quince años de edad e hijo de un acaudalado empresario de la construcción que fue secuestrado cuando regresaba de su colegio, en un elegante barrio de Lima – Perú. Lo peor, era que al parecer el rapto no solo tenía como propósito el obtener un rescate de dinero, sino otros oscuros y extraños propósitos; todo dirigido por un hombre extremadamente cruel y sádico.
He aquí la continuación de... La terrible pesadilla de Gonzalo:
Cuando Gonzalo se despertó estaba boca abajo, con sus piernas atadas a las esquinas de la cama, la boca amordazada y, con su pobre parte inferior en el aire, gracias a una gran almohada que se había colocado bajo su pelvis. Su parte inferior por tanto, estaba perfectamente presentada a la poca misericordia de su castigador. La venda de sus ojos se había retirado y, girando su cabeza, podía ver que aún llevaba los inmaculados calcetines blancos, ahora totalmente expuestos, porque le habían quitado también los zapatos.
Se retorció, trató de gritar y pedir ayuda, cuando en ese instante ... ingresó un encapuchado Pepe, llevando en la mano un ancho cepillo de pelo hecho de gruesa madera. Gonchi se aterrorizó al verlo y comenzó a retorcerse en sus ataduras y a tratar de suplicar (a pesar de encontrarse amordazado) que no le volvieran a pegar. Pero, su suerte estaba echada. Entonces, Pepe le dijo:
"— Te dije que tus malos comportamientos serían castigados severamente, y aunque te has portado bien por un tiempo, ya te premié dejándote descansar, igual no debo ni puedo pasar por alto tus mentiras y desobediencias anteriores, tu castigo consistirá ahora de 50 palmetazos con este cepillo. Este era un instrumento muy útil antiguamente para castigar a los niños desobedientes. Esta cantidad podrá aumentar, si te oigo quejarte demasiado, ¿entiendes? ... hehehe – se burló Pepe con una risa maliciosa".
Asintiendo con la cabeza y llorando de desesperación, Gonzalo humildemente aceptó lo inevitable. Entonces cayó el primer golpe, seguido por otros cuarenta y nueve de la misma.
Plassshh!, Plassssh!, Plasssssh! ...
El pobre muchachito se ahogaba por sus gritos y llantos que la mordaza agudizaba, sentía como si miles de avispas le picarán el culo. Esto se incrementaba, porque su pobre trasero (que tenía ahora un color de morado a escarlata) ya antes había sido muy golpeado.
Para rematar su dolor y vergüenza, durante el castigo su pene se había erectado, por (una extraña mezcla de situaciones): el roce constante con las almohadas que levantaban su culo, el profundo dolor y la extrema vergüenza y humillación que sentía al verse indefenso y vulnerable ante la sádica voluntad de otro hombre. Era previsible que ante todos esos extraños sentimientos de excitación, le provocaran que casi al finalizar el castigo, ¡eyaculara! Eso fue la consumación de su más grande e inaudita degradación y vergüenza. Prefería morirse en ese instante, a tener que soportar tal humillación y dolor.
Demás está decir que Pepe disfrutó al máximo cada golpe propinado al pobre Gonchi con el grueso cepillo (recordando simultáneamente el odio que sentía por el padre del muchacho, y que con todo esto que le hacía, cobraba parte de su venganza). A tal punto lo disfrutaba, que él mismo se había excitado (mucho más, al ver que Gonchi lo había hecho) y también eyaculó en su bóxer y ensució su pantalón!
Para aliviar el inmenso dolor que Gonzalito sentía, pero en realidad porque le encantaba hacerlo, Pepe empapó nuevamente un pañuelo con cloroformo y cubrió la nariz del muchacho. Gonzalo sintió que se ahogaba y sabía que ese desagradable olor que penetraba en sus pulmones, muy pronto lo dormiría otra vez. Comenzó a toser y quejarse entre murmullos, se convulsionó en sus ataduras, para después de unos torturantes segundos, dormirse profundamente.

*****

Lo dejaron dormir unas 6 horas, tiempo durante el cual, lo habían desatado y procedieron a cambiarle de ropa. Reemplazaron su camisa blanca escolar por otra nueva del mismo color, le pusieron una corbata michi roja, unos nuevos calzoncillos blancos, un minúsculo pantalón corto negro de vestir (que dejaban sus blancos y hermosos muslos al descubierto) con su respectiva correa negra, otros nuevos calcetines blancos de vestir largos hasta la rodilla y sus zapatos negros brillantes con los pasadores atados inmaculadamente.. Se veía divino así, al igual que un niño de 8 años, tal y como Pepe lo había planeado.
Lo llevaron a un sótano y fue puesto cuidadosamente sobre una mesa. En el techo se fijó un sistema de poleas con una cuerda colgando de ella. El hombre levantó los brazos de Gonzalo, cruzó sus muñecas y las ató juntas. A continuación hizo lo mismo con los tobillos. Le ataron las rodillas juntas, teniendo así la oportunidad de tener una buena sensación (mientras aprovechaba para acariciarlas) de sus suaves y delgadas piernas. Luego lo amordazaron y le vendaron los ojos otra vez. Amarrado de esa manera, ataron sus muñecas a la cuerda que cuelga del techo y, luego jalando el cabo de una de las cuerdas, elevaron al muchacho hasta que quedó suspendido verticalmente por los brazos, dejando sus pies elevados unos 10 cm por encima del suelo. Sujetaron el extremo de la cuerda a una argolla en la pared lateral y retrocedió un poco para admirar su trabajo. El inconsciente Gonzalo parecía inmensamente lindo mientras colgaba de sus brazos. Pepe hizo algunos ajustes al pequeño pantalón negro del muchacho, levantándolo bien alto en la cintura, de manera que las mejillas de su parte inferior se acabaran de mostrar. ¡Ahora parecía más lindo!
Cuando Gonzalo despertó, sintió una terrible presión y dolor en sus brazos, donde las ataduras de sus muñecas le ajustaban de forma descomunal. Esto se agudizaba por poder apoyar solo parte de la punta de sus zapatos sobre el suelo (trataba y trataba de estirar sus atados y pequeños pies, pero no conseguía llegar a apoyarlos totalmente). Se retorcía como una serpiente y se quejaba gritando detrás de su mordaza, lloró y lloró pero nada podía menguar su dolor. No entendía porqué lo torturaban así! Los hombres se pusieron los pasamontañas y procedieron primero a quitarle la venda de los ojos. Los ojos del pobre muchacho apenas podían ver por la gran cantidad de lágrimas que lo cubrían, aunque en sus bellos ojos celestes se veía el horror que sentía. Después le dijeron que le quitarían la mordaza, pero que evitara decir nada, a menos que algo se le preguntara, y que en caso de incumplir esta advertencia, empeoraría su castigo.
Gonzalo asintió frenéticamente. Pepe le quitó la mordaza, pero Gonzalo ignorando la advertencia, le gritó entre lágrimas:
"— ¡¡¡Suéltenme, por favor, bájenme de aquí, se los suplico, no lo puedo soportar, por favor!!!"
Un par de sonoras cachetadas se estrellaron en su rostro y Pepe enfurecido le dijo:
"— Mocoso miserable, qué fue lo que te advertí antes de quitarte la mordaza, ¿aaah? No sabes obedecer, siempre quieres hacer lo que te da la gana, ¿no? Pues ya verás lo que te va a pasar!"
"— Max, sube un poco más la cuerda. Max obedeció y comenzó a elevar más al pobre Gonchi".
El muchacho comenzó a llorar y a suplicar el perdón, al sentir como lo elevaban y como se agudizaba el estiramiento de sus extremidades superiores, esforzándose inútilmente y con desesperación para que sus pies llegaran a tocar el suelo. El muchachito gritaba desesperado:
"— ¡¡¡¡¡¡¡Auxilio, bájenme por favor, me duele, me muero, que alguien me ayude por favor, auxiliooooooooooooo!!!!!!!"
Así elevado estuvo como minuto y medio, hasta que Pepe ordenó volver a bajarlo hasta que las plantas de sus pies lograron apoyarse plenamente sobre el suelo, pero con dificultades por la forma cruzada en que los habían atado.
Pepe entonces le preguntó:
"— ¿Obedecerás y harás sólo lo que te permita hacer o decir? – Sí señor, así lo haré, pero por favor, ya no me eleve" – respondió y rogó Gonzalo.
"— Bueno, ¿te gusta tu nueva ropa?"
Gonchi se sentía ridículo vestido así, pero respondió:
"— Sí, sí, sí señor, me agrada mucho" – respondió nerviosamente.
"— Muy bien, ahora, ¿tú sabes porque estás aquí y porque me he propuesto reeducarte de esta forma?" – le preguntó Pepe.
"— No, no señor, no lo sé y no comprendo por qué".
"— ¡Te lo diré! Primero, te contaré que esto es una venganza contra tu maldito padre, quien es un desgraciado mal nacido, abusivo y explotador. No te puedo decir exactamente qué me hizo, pero te diré que no soy el único que lo odia, hay mucha gente. En segundo lugar, te conozco hace mucho y sé que has heredado gran parte de su arrogancia y forma de abusar de otros. Son unos malditos creídos, unas mierdas que desprecian y discriminan a los demás, como si fueran inferiores a ustedes. A pesar de cómo eres y aunque no lo creas, te he llegado a querer, no sé por qué, pero así es, yo mismo no me lo puedo explicar; es por ello que quiero que cambies tu forma de ser, que seas una mejor persona. Para lograr un cambio positivo en ti, he decidido probar los métodos tradicionales de la disciplina, incluidos los castigos corporales y humillaciones. .¿Está de acuerdo con todo lo que he dicho hasta ahora y que deseas que te haga una mejor persona"
"— ¡¡Sí señor!! "– casi gritó por el dolor en los brazos que lo atenazaban. – Se lo agradezco mucho, pero ya aprendí la lección, se lo juro, he cambiado, seré una mejor persona, gracias por reeducarme, ¡gracias! Ahora libéreme y déjeme ir, ¡por favor!
"— ¡Ajá!, eso está muy bien, aunque sé que me estás mintiendo y me quieres palabrear, ¡eres un maldito mentiroso!" – explotó Pepe de ira. ¡¿Crees que soy un estúpido y que a la primera ibas a aceptar de buena gana todo esto? Sé que te sientes ridículo, que me odias y odias todo esto. Eres una alimaña falsa y manipuladora, no has cambiado nada! Pero no te preocupes, yo te cambiaré, así tenga que partirte en dos.
Poniendo acción a sus palabras, Pepe ordenó a Max elevarlo nuevamente. Max obedeció y el pobre muchacho fue elevado unos 40 cm sobre el suelo. Gonzalo gritaba y lloraba pidiendo perdón y que lo bajaran. Pepe se acercó a él y sin decir nada, empezó a desatar los pies y las rodillas de Gonzalo. A pesar del dolor que lo embargaba, Gonzalo se sorprendió y pensó que sería el comienzo de su liberación de esta tortura, pero estaba equivocado, esta recién comenzaba.
Pepe le desabrochó la correa del cortísimo pantalón, lo desabotonó y se los quitó. Luego retiró su calzoncillo, dejando al descubierto sus pequeños y blancos pene y testículos, totalmente libres de vello, al igual que un niño de ocho años de edad.
El dolor de Gonchi se agudizó y lo asedió nuevamente una terrible vergüenza y humillación. Luego Pepe le desató los cordones y sacó ambos zapatos negros, dejando al descubierto sus largos calcetines blancos, aprovechando el momento para acariciar y manosear sus pies, sus piernas y sus deliciosos y blanquísimos muslos; subiendo y bajando sus manos alternadamente.
Gonzalo todavía colgando del techo, pedía a Pepe dejar de hacer esto, pero todo lo que logró, fue que lo bajaran hasta que sus pies estuvieron a 10 cm del suelo. A continuación, con la ayuda del tercer secuestrador, Pepe comenzó a atar los tobillos de Gonzalo, pero esta vez por separado, tirando de ellos hacia los lados en direcciones opuestas, asegurando las cuerdas en ganchos colocados en las paredes laterales.
Gonchi pataleaba y suplicaba inútilmente para que lo liberaran de este suplicio. Ya atado completamente con las piernas abiertas (con un metro aproximadamente de separación), comenzó a retorcerse y estirar sus pies tratando y logrando apenas apoyarlos en el suelo. Pepe entonces se dirigió a un armario, extrajo un látigo y se acercó blandiéndolo ante el aterrorizado Gonchi. Al verlo y sin poderse contener por el terror extremo que lo embargó, ¡se orinó en el piso!, sumando una nueva humillación y vergüenza. Pepe para acentuarlas, comenzó a burlarse:
"— ¡Ah, el niño se ha orinado!, ¡qué mal pequeño Gonchi! Y yo que pensé que eras un adolescente bien educado! Ja, ja, ja, ja!" — Pepe se echó a reír en voz alta.
Gonzalo nunca se había sentido tan avergonzado y humillado. Él sólo quería morir o despertar de esta pesadilla. Su dulce carita estaba tan roja como un tomate. Todo lo que podía hacer era llorar y quejarse amargamente.
Pepe se ubicó detrás de él y pudo ver su hermoso trasero, el cual seguía mostrando un bonito color rojizo. Sin previo aviso, le dio el primer golpe con el látigo: ¡SWAAT! El sonido se hizo eco por toda la habitación y el muchacho lanzó un grito de dolor que fluyó desde lo más profundo de su alma. "Noooooooo, aaaaaaaarrrrgggghhhhh! Por favor, nooooooo!"
Un segundo golpe en las nalgas causó otro aullido de Gonzalo. ¡Aaaaarrrrrggggghhhh, por favor, no me golpee otra vez! ¡Por favor, me voy a morir! ¡No más, por favor! "
Lloraba descontroladamente y sentía que sus lágrimas y mocos lo ahogaban. Un tercer golpe aterrizó a la altura de sus muslos, lo que hizo que volviera a gritar de dolor: ¡¡¡aaaauuuuuuuuuuuu, arggggggggggggggggg, no, no, por favor, no más, por favor!!! Sentía como si le arrancaran la piel, aunado al dolor de sus brazos, por estar colgado y con las piernas abiertas y atadas.
Así continuó Pepe usando el látigo sobre el culo y los muslos del pobre muchachito, hasta completar los 24 golpes. Gonchi gritó hasta quedarse ronco. Exhausto y cansado de tanto dolor que le era infligido, no lo resistió más y se desmayó.
Pepe consideró que este castigo era suficiente por el momento y ordenó bajarlo, lo desataron y trasladaron a su cama. Para humillarlo más y evitar fluidos corporales sorpresivos e inoportunos, no tuvo mejor idea que ponerle un pañal. Antes, lo cambió de ropa y lo volvió a atar y amordazar. Después lo cargó y lo puso echado sobre el suelo. Luego se retiró.

*****

Gonzalito cuando abrió los ojos, estaba cegado por una luz potente dirigida directamente a su rostro. Él parpadeó y trató de frotarse los ojos y descubrió que no podía mover sus manos. Tardó unos momentos más para darse cuenta de que estaba acostado sobre el duro piso, con las manos atadas a su espalda. Él luchó, quiso levantarse, tenía ganas de gritar. No podía hacer ninguno de estos. Sus pies estaban garantizados en los tobillos, y él tenía algo en la boca. Su lengua comenzó a trabajar para empujarlo fuera, pero era obstaculizado por una cinta adhesiva en la boca. Cuando sus ojos por fin se habían ajustado a la luz y podía distinguir su entorno, él vio a los dos hombres encapuchados de pie sobre él. Ambos, al parecer, sonreían satisfechos. Sus ojos estaban puestos en el muchacho de casi 15 años, ahora muy bien vestido en lo que se suponía era un vestuario adecuado para un niño de 8 años de los años 60 que va a hacer su Primera Comunión: pantalones muy cortos negros (no olvidemos el pañal que le habían puesto), camisa blanca y corbata (michi) pequeña negra, unos pequeños calcetines blancos y sus brillantes zapatos negros. Lo habían establecido con la cara hacia abajo, le ataron las muñecas con una cuerda fina que conectaba con una soga alrededor de sus tobillos. Sus pies se han elaborado en contra de su parte inferior, cerca de sus manos. Era una muy incómoda posición, y que ambos hombres disfrutaban viendo los intentos desesperados del niño por ser libre. Le habían insertado una pequeña pelota de goma en la boca y se la cerraron pasándole cinta adhesiva. Los ojos del muchacho estaban inyectados de sus vanos esfuerzos.
"— Gonchi, mi niño!" — dijo Pepe resuelto; mientras que estés aquí con nosotros, harás lo que se te dice. Estás en un lugar alejado de la ciudad y aislado de cualquier otra casa. Te quedarás aquí, atado como ahora, a menos que te muestres completamente obediente a lo que exijamos de ti. Conste que te estoy ofreciendo una nueva oportunidad. Aaahh, y debo advertirte, que mi amigo Max me ha instado a que te dé más nalgadas. A él como a mí, nos gusta pegar a los niños malcriados y no necesitamos mucha estimulación para ello. Mantén eso en mente antes de volver a no obedecer, portarte mal o tratar de mentirme o querer palabrearme.
El muchacho se debatió violentamente, tratando de hacer ruidos. Quería bajar las piernas pero cada vez que lo intentó, la cuerda tiró dolorosamente en sus muñecas.
"— Si sigues luchando, ya sea ahora o en cualquier otro momento en el futuro, sólo lograrás mantenerte amarrado en todo momento, excepto cuando te tengamos sobre nuestras rodillas para unas buenas nalgadas en tu fondo. Si vemos que tomas aceptablemente tu actual situación con gracia y tratas de complacernos en todos los sentidos, usted tendrá una relativa libertad como al inicio de su estancia aquí, la recuerdas?" — Gonchi asintió con la cabeza y los ojos. Tendrás tiempo para jugar Nintendo e incluso ver la televisión, pero sólo si usted decide ser un muy buen niño. Max tomará ahora fuera su mordaza y responderás a mis preguntas en voz baja y cortésmente. De lo contrario se ganará una buena palmada y será atado y amordazado de nuevo. Es su elección.
Gonchi abrió más los ojos y asintió frenéticamente. La broma le ahogaba y las muñecas y los tobillos estaban ardiendo. Deseaba con angustia que esto cesara. Sus hombros y sus piernas le dolían y estaban cada vez más cansadas.
Así, cuando el encapuchado Max se inclinó sobre él y retiró la cinta que cubría su boca, un pequeño gemido se le escapó:
"— Por favor, déjenme ir a casa, suplicó." Una nueva y tremenda bofetada cayó en su angelical rostro e hizo su cabeza hacia atrás. ¡Aaayyy! – se quejó.
"— Usted hablará cuando se le hable, muchacho." — Max le gruñó, golpeándole la otra mejilla. – Ahora, ¿quieres que te desate o no?
"— ¡Sí, lo siento!" – murmuró Gonzalito.
"— Max, tranquilo, es sólo un niño, solo una joven cosita ... jejeje. Aprenderás, ¿no es así, chico?"
"— Y ... y , sí señor!" –respondió Gonzalo titubeando.
"— Muy bien, adelante Max, suelta sus ataduras!" – ordenó Pepe.
Sentado en el suelo y frotándose las muñecas, Gonchi estaba temblando, parecía aturdido y asustado.
"— ¿Qué , qué quieren de mí?" – preguntó Gonzalo asustado.
"— No te preocupes hijo mío – Pepe se burló. – No se le dijo: todo a su tiempo?! Por el momento, usted puede limpiar la habitación. Se necesita limpiar el polvo, fregar el suelo, colocar los libros en el estante y sacar del techo las telas de araña. Estamos seguros que harás un buen trabajo, oooó... – Sí, lo adivinaste! Usted obtendrá una paliza. Puedes utilizar estos utensilios – dijo Pepe suavemente. Limpia la habitación a fondo y, si estamos satisfechos, no lo pondremos sobre nuestras rodillas por haber hablado sin permiso. Pasó su mano por el sedoso y hermoso cabello castaño del niño, y luego pasó la mano por su roja mejilla (se sentía caliente). Pareces un buen chico y podremos tal vez ser amigos. Pero no trates de gritar, pedir ayuda o tratar de escapar. Nadie te escuchará y no hay manera de escapar. Mantén eso en mente también."
Gonzalo tenía ganas de escapar y gritar, pero sabía que todo sería inútil, el era un prisionero y ya había comprobado lo despiadado que eran estos hombres, por lo que decidió obedecer humildemente y sin decir nada y hacer todo lo que le ordenaran. Estaba aprendiendo! Pero las lágrimas fluyeron cuando empezó con el suelo. Había un limpiador grande y un balde con agua de jabón. Metió el limpiador en el agua y se arrodilló, con las rodillas desnudas contra el suelo de cemento rayado y comenzó a lavarlo. Pepe y Max miraban con interés. La parte inferior del niño atrapado en lo alto, la fina tela del pantaloncillo aumentado por el pañal apenas cubrían su fondo y mostraban una clara definición de cada mejilla, con la costura de medio corte en el medio. Gonzalo se sentía muy avergonzado por el pañal que le habían puesto, pero prefirió no reclamar nada, por temor a las seguras represalias.
"— Es mejor quitarse los zapatos, muchacho". – dijo Pepe. Los puedes mojar, sácatelos y entrégamelos! Y tal vez también debes quitarte los pantalones cortos y el pañal, supongo que ahora sí sabrás pedir que quieres orinar, jajajaja – se burló. De esa manera no podrás ensuciarlos ni mojarlos mientras haces tu trabajo – rió. Asegúrese de no ensuciar los encantadores calcetines blancos.
"— Pero... "— quiso replicar Gonchi, pero se calló de inmediato.
"— ¿Quieres ganarte las nalgadas ahora, muchacho?" — Pepe gritó.
"— ¡No, no señor!" – respondió asustadamente Gonchi.
Poco a poco se quitó lo indicado. Su rostro estaba rojo y las marcas de la mano de Max todavía se mostraban. Los dos hombres miraban divertidos como el niño ahora se arrodilló con un trasero desnudo en pantalla.
"— Sí, ciertamente ese fondo necesita una nueva paliza" — dijo Max.
Luego él y Pepe se fueron. Gonchi oyó una llave que se cerrraba en la cerradura. Comenzó inmediatamente a colocar los libros en las partes vacías de las estanterías a lo largo de una pared.
Cuando Pepe al cabo de una hora regresó, miró poco a poco a su alrededor, inspeccionando la habitación con exagerada minuciosidad. En verdad, todo esto lo fingía, ya que él monitoreaba todo, a través de la cámara en el techo. Escudriñó los rincones del piso y el techo, pasó los dedos a lo largo de los estantes entre los libros.
"— Estoy muy decepcionado mi querido muchacho, y no se escatimarán tus merecidas nalgadas. No veo que hayas puesto ningún esfuerzo en la limpieza de la habitación. Usted había sido advertido. Ven aquí!"
"— Pero... "
"— ¡¡¡Ahora muchacho o va a ser peor!!!" – Pepe gritó mientras sacaba una correa de cuero grueso. Esto se llama un tawse, un instrumento muy utilizado en las escuelas de niños para enseñar a los sucios y perezosos niños pequeños. Yo te enseñaré ahora! – Se sentó en un taburete bajo y puso al niño asustado en él.
"— Por favor, no me pegue más" – suplicó Gonchi.
"— Ven aquí mi muchacho!, échate recto a través de mi regazo como un niño muy bueno. Por el momento, esta será la forma en que tus palizas se aplicarán. Pero si eres lento en el aprendizaje, estaré encantado de un buen uso de la caña en esa parte trasera tuya tan impertinente".
Pepe masajeó el culo al aire durante un tiempo. Gonzalito, envuelto en el regazo del hombre, su cabeza hacia el suelo y los pies bien en el aire, sentía los dedos del hombre arrastrándose a través de su piel desnuda; se estremeció, pero al segundo, dejó escapar un grito. La piel de su nalga derecha había sido arrasada por una bofetada muy firme de la correa de cuero. Pepe la había realmente dejado caer.
"— ¡Aaaayyyyy! duele, es tan dolorosol!, ¡por favor!" Pero el segundo golpe fue aún peor, cayó en el mismo sitio que el primero y la quemadura se ha intensificado en triplicado. Empezó a retorcerse y patear sus pies. ¡Suélteme! No tiene ningún derecho! – gritó Gonchi, con el poco orgullo que le quedaba.
Estaba llorando duro ahora y sus ruegos salieron como pequeños chirridos débiles. De nuevo el tawse se estrelló contra su nalga derecha y otra vez aterrizó en la llaga donde los trazos anteriores habían chamuscado su carne. Trató de bajar del regazo del hombre, pero Pepe no tenía dificultades sujetándolo firmemente en su lugar con su mano izquierda. Después de unos veinticuatro golpes, Gonchi yacía inerte y llorando, después de haber perdido toda voluntad de lucha. Pepe dejó el tawse con una sonrisa satisfecha.
"— Sí, eso debe haberte hecho mucho bien – dijo Pepe, levantando al pobre niño de sus rodillas y colocándolo llorando de nuevo en sus pies. Estoy seguro de que vas a hacer un trabajo mucho mejor ahora. ¡Vuelve al trabajo muchacho!, vuelvo en 30 minutos y queremos ver una mejora real o te vas a ganar otros veinte azotes en el otro lado. Y pienso que también debes quitarte los calcetines. Vamos a tener que lavarlos también, ya están sucios y eso no lo podemos permitir, ¿verdad Gonchi?"
"— Sí señor" – respondió un lloroso y adolorido muchacho.
"— Ponte estos nuevos calcetines blancos ahora, se te ve tan lindo con ellos".
Gonchi obedeció, se quitó los que llevaba y se puso los que le entregaron, mientras Pepe lo observaba con interés y disfrutaba de la escena frente a él. Luego se retiró.

*****

Más tarde regresó para comprobar el trabajo de Gonzalo.
"— Espero que estés haciendo un buen trabajo, hijo mío" – dijo Pepe. Se inclinó y puso un brazo alrededor de los hombros del niño, luego lo abrazó estrechamente y lo besó en la cara. No quiero castigarte más de lo necesario.
Gonzalito intentaba torpemente con las manos, tratar de derribar su camisa para esconder su desnudez y su afeitada zona púbica. Se sentía terriblemente humillado a pesar de que el hombre sonrió a su vergüenza. Estaba desconcertado ante la afectiva actitud del hombre que había convertido su vida en un verdadero infierno, pero decidió no hacer nada por contrariarlo.
"— Max dice que debes permanecer así hasta que esté satisfecho con tu obediencia. Él cree que los niños deben ser humillados en la obediencia. Es la capacitación adecuada para los niños mimados de tu edad".
Gonchi se sentía incómodo, al ver como las manos del hombre lo tomaban por su cintura desnuda y se envolvían alrededor de él.
"— Vamos a ver el daño" — dijo el hombre encapuchado, y pasó sus dedos por la nalga derecha del niño. Era una mezcla de color rojo oscuro a color púrpura. No está mal, pero como habrás comprobado, así como ahora soy muy cariñoso contigo, porque te quiero de verdad; también puedo ser muy pero muy estricto, no malo por si acaso, todo lo que hago lo hago por tu bien, ya lo sabes, así que espero que no escuches mal y hagas todo lo que decimos, entendiste?
"— Sí señor, lo que usted ordene".
"— Muy bien muchachito, así se responde! Ah, aquí viene Max. Max, creo que el niño ha terminado. Trata de no ser muy exigente con la supervisión de su trabajo, recuerda que es sólo un niño pequeño, un pequeño y lindo niño que jamás ha hecho estas tareas pero, si no quedas satisfecho, me obligarás a darle una nueva lección, ¿no crees?" – dijo riendo.
Max examinó la habitación con ojos más críticos que los de Pepe, además tenía una mano enguantada de blanco. Gonchi lo veía con miedo, e instintivamente, su mano se posó protectora en su mejilla inferior derecha. Después de unos minutos, Max se volvió al chico que temblaba, y moviendo la cabeza dijo:
"— En realidad, parece ser un niño bastante perezoso, debo decir. ¿Llamas a esto limpio? – dijo dirigiendo a Gonzalito. Ah! y crees que los libros están colocados en el orden correcto? Este lugar está en el mismo desorden de antes. No veo ninguna mejora. ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? Yo llamo a esto impertinencia y desobediencia voluntaria. Pepe, enséñale que pasa con los niños desobedientes y flojos".
"— ¡Ven aquí!" – ordenó Pepe. Y, sin esperar a que el muchacho reaccione, lo agarró y lo llevó hasta su lado. Se sentó y lo puso en su regazo. Le levantó la camisa blanca por encima de la espalda y recuperó el tawse. Te prometí otros veinte en tu mejilla izquierda y eso es lo que vas a obtener. Qué pena no hayas aprobado la inspección. Más tarde, esta noche podrás degustar la caña. No voy a tolerar los niños obstinados e ineptos en mi casa o en cualquier otro lugar, ¿está claro?
Vino el tawse y la cola de espesor se enroscó en las nalgas del niño en el muslo interior. Gonchi gritó con el dolor ardiente. Se retorcía entre las piernas del hombre y aullaba de dolor. Otro golpe aún más rápido de la cola del tawse cayó y aterrizó entre las piernas. El niño graznó como un pájaro asustado. Las lágrimas corrían una vez más y Pepe disfrutaba excitado. Golpeó con más fuerza, esta vez en la hendidura. Luego, al otro lado de la mejilla y la parte interna del muslo. Una y otra vez sin descanso. Haciendo caso omiso de los gritos del niño, el tawse hizo su trabajo, implacable y eficaz. Pepe levantó al niño y lo puso de pie frente a él. Miró su hermosa cara torcida roja y manchada de lágrimas y mocos.
"— ¿Has aprendido la lección, muchacho?"
"— Sí, sí, sí, señor" – respondió Gonchi lamentándose todavía en llanto. – Por favor, no más.
"— Bueno, eso depende absolutamente de ti, como he mencionado antes. Ahora, acuéstate!"
"— ¿Puedo ponerme mi ropa?" — Gonzalo gimió preguntando.
"— Creo que te dije antes que no vas a hablar a menos que te hablen. ¿Te hice una pregunta, eh?"
"— No, pero..." — balbució un aterrorizado Gonchi.
"— ¡Ven aquí!"
Pepe llevó al niño por una oreja y lo arrastró hasta un pequeño escritorio, recogió las cuerdas que se habían descartado anteriormente y ató las muñecas del niño con fuerza a las patas delanteras de la mesa, y luego hizo lo mismo con los tobillos del niño, los pies muy extendidos, a las patas traseras, en los que destacaban los lindos calcetines blancos como únicas prendas de vestir de su cintura hacia abajo.
"— Ahora vas a aprender lo que se siente en una buena paliza". – rugió Pepe y salió de la habitación.
Mientras el niño esperaba, su corazón latía fuerte y rápido; el estómago le apretaba por la ansiedad, su parte inferior seguía ardiendo furiosamente. No dejaba de pensar en sus padres y en los próximos horrores que se avecinaban. Él era un prisionero y estaba a la absoluta merced de estos criminales. Él no sabía qué querían realmente estos extraños hombres y se preguntaba qué pasaría con él.
Pepe regresó un par de minutos después, con la caña en la mano, la vara delgada hacía un sonido como un silbido de alta frecuencia cuando la agitaba a través del aire. El muchacho sentía como su ansiedad se elevaba. Pepe examinaba el fondo rojo y púrpura del muchacho.
"— Esto no será tan malo ahora para ti, ya que tu fondo antes ha sido debidamente calentado. La caña causa más mordeduras en una parte trasera sin preparación, así que debes estar agradecido. Diga: gracias señor, por haber calentado mi trasero antes de los azotes".
Después de una lucha, el niño entre sollozos y avasallado y humillado otra vez al extremo, le agradeció y aceptó la pena requerida. Y entonces comenzó la paliza. Gonchi, que antes había sentido la caña, se horrorizó por la profundidad y cómo las picaduras nuevamente le mordían por el bastón impartido. Pepe había apuntado bajo, y el primer verdugón podía verse muy abajo en las nalgas del niño, cerca de los muslos. Gonchi gritó. Otro tiempo seguido, puso otro varazo incluso más bajo y el dolor fue increíble. El niño empezó a sudar y tiró frenéticamente de sus ataduras y aulló de dolor. Otro golpe, ligeramente más alto, casi tocando los dos anteriores cardenales. Luego otro. Pepe hacía caso omiso de las quejas desesperadas del muchacho, era normal en los niños llorar y suplicar al ser azotados. Dos golpes más, un poco más altos cayeron en el centro, en las partes carnosas inferiores del muchacho, y el muchacho acusó recibo con un rugido de angustia. Ellos me van a matar! , pensaba en la desesperación. Me van a matar! Pepe dejó la vara y desató al muchacho. Gonchi de pie, manos en la batida golpeada por detrás, se lamentaba de dolor. Pepe y Max miraban y sonreían.
"— Bueno, muchacho, ahora viene la comida" — dijo Pepe.
Y entró el tercer hombre trayendo una bandeja con comida. La puso sobre la mesa y salió sin decir nada.
"— Come y luego continuaremos con tu instrucción". – recalcó Pepe.
Gonzalo quería volver a sus calzoncillos y pantalones cortos, pero no se atrevió a decir nada.
"— Ven y siéntate aquí en esta silla de madera. Impresiona y hace más eficaz el castigo al culpable".
El niño se sentó y miró con cautela los sándwiches. Sentía mucha hambre. Un vaso de leche se colocó delante de él y la bebió con avidez. Cuando terminó de comer, Pepe le ordenó:
"— Gonchi, ¡ponte de pie!".
El niño se levantó muy consciente de su camisa y su breve exposición por debajo. Puso sus manos tratando de cubrirse el frente.
"— Párate en la silla, con las manos arriba en el aire, ¡ahora!"
Los hombres vieron como el muchacho obedeció. Levantando los brazos, levantó la camisa aún más. El rostro de Gonchi resplandecía de un rojo brillante, como sentía la humillación de su exposición. Recordemos que su zona púbica estaba afeitada y se veía como la de un niño pequeño; Gonchi era muy consciente de ello, y eso aumentaba su extrema vergüenza y humillación. Además, su parte inferior aún palpitaba.
"— Estarás ahí durante una hora, dijo Pepe. Si te mueves o te sales de tu posición, con mucho gusto te daremos otros ocho golpes de vara".
Al atormentado muchacho los brazos y las piernas le temblaban por el tiempo que tardaban los hombres en regresar y daba pequeños saltitos sobre la silla. Miraba con renovado temor, pero no se atrevía a bajar los brazos. Mientras, se preguntaba: ¿qué pasaría después?, ¿lo dejarían ir?, ¿volvería a su casa?; todas estas interrogantes no hacían mas que atormentarlo más y más. Sus lágrimas comenzaron a fluir de la angustia e impotencia que lo atormentaban.
Al cabo de más de una hora, los dos hombres regresaron y Pepe ordenó:
"— ¡Puedes bajar los brazos y de la silla!"
Se le entregó un uniforme y le ordenaron que se lo pusiera. El niño con gratitud, se apoderó de los calzoncillos y de unos minúsculos pantalones cortos azules y se los puso. Luego vinieron los calcetines blancos largos que los reemplazó por los que llevaba puestos, a continuación su camisa blanca escolar (que tenía puesto su cordón e insignia de brigadier) y su corbata larga roja. Finalmente se calzó sus relucientes zapatos negros. Al menos ahora estaba nuevamente vestido y eso lo hizo sentirse mejor, a pesar de su todavía castigado y ardiente fondo y de lo ridículo que se veía en ese traje.
"— Te vemos contento Gonchi, por tener puesto nuevamente tu uniforme y es bueno que te guste pero, solo te lo voy a decir una vez, ¡grábalo muy bien en tu cerebro!: si a partir de ahora y por lo menos hasta que tengas 19 años".
Gonzalo puso cara de sorprendido, pero a la vez de temor por lo que diría su raptor.
"— Sí, oíste bien, hasta los 19 años, sea en el colegio, en tu casa o en la calle, deberás vestir estos tipos de uniformes que aquí te hemos proporcionado y enseñado a usar; son del tipo que un buen muchachito debe vestir como parte de su buena educación y elegancia. Claro, si es que alguna vez te dejamos salir de acá ... hahaha. Aaahhhh!, pero ay de ti si no lo hicieras, ten por seguro que a donde vayas ó trates de esconderte, te encontraremos y te mataremos, ... ¡¡¡te mataremos!!!, lo entiendes, ¿verdad?"
"— Sí, sí, sí señor, lo prometo, siempre los usaré, ¡lo juro!" –respondió un aterrado Gonchi, ante la escalofriante amenaza proferida.
"— Ahora, te quedarás aquí. Hay una manta en la esquina que puedes utilizar" – le dijo Pepe. Max te atará de nuevo, pero no tan incómodo como antes. Debo advertirte, que no serás capaz de ir a orinar hasta la mañana