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Pecadillos de Pepe
Álvaro, el niño ángel

by Pepe WS

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Copyright on this story text belongs at all times to the original author only, whether stated explicitly in the text or not. The original date of posting to the MMSA was: 23 Dec 2011


Pecadillos de Pepe: Álvaro, el niño ángel
 

Nota: Deseo agradecer a mi amigo, el gran escritor inglés Jolyon Lewes, por autorizarme a traducir una historia escrita por él (y que al inicio generosamente acepto hacerlo en inglés, en base a un argumento brindado por mí). Además, por permitirme el adecuarla y adaptarle algunos detalles extras.
 

1. Llamativo y expuesto fondo de un niño.

Pepe podía retornar en bicicleta a su casa desde la escuela, pero prefería hacerlo caminando durante las primeras 10 cuadras, llevando su bicicleta. De esa manera, podía aprovechar para hablar con los chicos que caminaban por la calle, de camino a sus casas. La mayoría de los niños más pequeños eran recogidos por sus padres y llevados por ellos, pero muchos chicos de trece años a más (de la Secundaria sobretodo), no querían que los recogieran y preferían retornar a sus casas, solos; algunos en bicicleta o en patinetas y otros simplemente caminando. Pepe disfrutaba más a estos, dado que Álvaro era uno de los niños que se iban caminando pero, ese día no estaba allí.

Álvaro era un delgado muchacho de catorce años de edad, alto para su edad, con un aspecto seductor y unos muy hermosos ojos marrones. Pepe lo adoraba desde hace cuatro años. Álvaro tenía un hermano seis años mayor que él, a quien Pepe recordaba vagamente, por ser antipático, sin nada del encanto y la gracia de su hermano menor. Álvaro era perfecto, él era un ángel.

Pepe estaba en silencio meditando en la perfección de su Álvaro, cuando un coche detrás de él le tocó el claxon como pasándole la voz. Desde la ventana trasera sonrió el rostro de otro angelito, bueno, era tal vez más un querubín que un ángel. Él era Chemita, un pequeño y fresco niño de nueve años, que nunca parecía dejar de sonreír. Los latidos de su corazón se le aceleraban a Pepe cuando pensaba en su Chemita, y sentía como que las preocupaciones del día se alejaban flotando, más aún, cuando recordaba lo emocionado que estaba Chemita por unirse a la Manada de Lobatos Scouts, al que lo él lo había llevado.
Mientras observaba como el coche donde iba Chemita desaparecía al voltear una esquina, Pepe oyó corriendo unos pies detrás de él y, en su oído izquierdo, oyó una suave voz que reconoció de inmediato como la de ¡Álvaro!

"— ¡Profesor Pepe!" — Álvaro instintivamente vinculó su brazo con el de Pepe y, ese caliente pero húmedo día de marzo (finales de verano en el Perú), de repente pareció aún más cálido.

Desde su llegada hace cuatro años antes, Pepe enseñaba en el Colegio "Los Sauces", una escuela para varones en Lima. Le encantaba, pero este año sentía que no tanto como antes. Cuando el nuevo año escolar se había iniciado dos semanas atrás, un nuevo Director del Colegio había asumido el cargo, y Pepe sentía que las cosas cambiarían, no necesariamente para bien. Pepe estaba entre preocupado y contento, ya que Chemita y Álvaro distraían su atención y lo alejaban de sus preocupaciones.
Se volvió para mirar al chico guapo a su lado.
"— Álvaro, ¡has estado llorando!, ¿qué te pasó? "

Álvaro, sin saber que sus mejillas estaban manchadas de lágrimas, le retiró el brazo y se alejó un poco, puso los ojos hacia abajo y luego retornó a él lentamente.
"— Fui azotado esta tarde, el Coordinador Académico dijo que yo había estado gritando en la escalera principal y me dio varios bastonazos".

"— Pero Álvaro, nunca y siempre se te ha reconocido así, que tú eres un muchacho tranquilo" — dijo Pepe, sintiendo una gran agitación y un poco de culpabilidad por la excitación que le producía el imaginar la imagen de su Álvaro, inclinándose para recibir el bastón.

"— ¡No fui yo!" — dijo Álvaro, – "se trataba de otro chico mayor, pero él me gritó y me dijo que me acercara a él".

"— Pero, incluso si estaban gritando, no es un delito que mereciese una paliza!" – le dijo Pepe.

" — Yo no sabía que me estaba llamando a mí. Él sabía mi nombre, pero como gritó ¡tú!, yo pensé que quería que se acercara el muchacho que realmente había estado gritando. Entonces él corrió hacia mí y me agarró y me jaló haciéndome daño. Luego, me dio seis golpes con su bastón. ¡Me dolió mucho, muchísimo!"
Pepe estaba muy afligido. – ¡Oh mi pobre muchacho, fuiste castigado por algo que no hiciste!, ¡mañana mismo hablaré con él!

Para entonces ya habían llegado al cruce donde Alvarito giraba a la derecha hacia su casa. Pepe claro, quería besarlo, pero sabía que no podía hacerlo ahí en una calle transitada, tuvo que contentarse con una palmadita en la cabeza del muchacho y se detuvo para verlo alejarse. De entre todos los muchachos de su clase, sólo Álvaro llevaba todavía pantalones cortos por orden de su padre. Los ojos de Pepe se habían llenado de lágrimas de compasión por ello, pero a la vez, no podía resistir el dejar de ver de la cintura para abajo del niño que se alejaba caminando.

Álvaro había crecido, pero no sus pantalones. Esos pantalones cortos grises brillantes que ahora usaba, eran los que él había usado desde que tenía once años. Eran ridículamente cortos y muy apretados. Le hacían sentir muy consciente de sí mismo, especialmente en la escuela. Su hermano había usado shorts que dejaban los muslos al descubierto casi por completo, pero eso fue hace seis años, cuando muchos niños, incluso los más viejos, los usaban. Ahora, en los años noventa, los adolescentes vestían pantalones largos o copiaban a los jugadores de baloncesto de EE.UU, que usan unos pantalones cortos que les llegan a las rodillas.

El padre de Álvaro no estaba interesado en la moda: "su hijo menor usaría pantalones muy cortos, hasta que tuviera la edad suficiente para irse de la casa". Por ello, Pepe estaba secretamente agradecido al padre de Álvaro. A Pepe, la vista de esas largas y suaves piernas, eran la materia de sus sueños. Se dio cuenta de que a medida que pasaba el tiempo y las piernas de Álvaro se hacían más largas, se iban convirtiendo en cada vez más hermosas y (de alguna manera) aún más suaves.

El Sol todavía se mostraba alto en el noroeste, mientras él veía como Álvaro caminaba bajo la clara sombra de un árbol grande. Pepe veía cómo la luz del brumoso sol llamaba la atención de la tela que cubría las cerradas curvas de puro culito de Álvaro. Se abría y cerraba, primero una nalga y luego la otra. El niño con la cabeza todavía baja, poco a poco se abría camino por la calle. Pepe se dio cuenta de que podía ver una pequeña franja de su delicioso culito, debajo de las piernas de los pantalones cortos brillantes de Álvaro. Debajo de cada pequeña franja de carne se observaba el pliegue donde los muslos del muchacho comenzaban, abriéndose y cerrándose a cada paso. Pepe no había visto esto antes:
"— ¡Él debe estar creciendo muy rápido!" — pensó, mientras se le aceleraban los latidos de su corazón.

Pepe se dio cuenta de que era mejor subir a su bicicleta, antes de que sintiera vergüenza de sí mismo; y así, se echó a andar a lo largo de la avenida. Estaba furioso con el profesor César, el Coordinador Académico del Nivel Secundario, un hombre estúpido y lleno de arrogancia personal, que atendía a los otros maestros, con casi tanto desprecio como el que demostraba también a los muchachos.

Diez minutos más tarde, Pepe llegó a su casa y subió a su apartamento en el cuarto piso. Se sirvió una cerveza en un vaso y arrojó la lata a un tacho. El clima era caliente y húmedo, por lo que la brisa marina se sentía bien en su rostro. A la distancia, el Pacífico parecía más azul que nunca, a pesar de la bruma. Su enojo con César por la paliza a su Álvaro disminuyó, mientras empezaba a recordar a Álvaro como un niño de diez años. Se sirvió una segunda cerveza, abrió el armario y sacó su álbum de fotos.

Pepe enseñaba en el Nivel Primaria, siendo sus alumnos de las edades comprendidas entre los siete y diez años. Los llamaba "sus bebés", y les otorgaba tanta bondad, como la que ellos le demostraban y retribuían con devoción incuestionable, como sólo los niños (y los perros) pueden retribuir. Por supuesto, siempre había algunos un poco alborotadores, pero sus excesos, "excesivamente" entusiastas, siempre eran sofocados fácilmente con unos cuantos azotes en su deliciosa parte inferior.

Álvaro nunca había sido un niño problemático, pero Pepe había logrado encontrar excusas para que el niño estuviese sobre su rodilla, para recibir algunos palmazos de carácter lúdico. Álvaro nunca lo objetó. Naturalmente, él no era el único chico de aspecto dulce en las clases de Pepe, pero él había sido uno de los pocos que fue felicitado por Pepe, por vestir siempre, calcetines blancos.

A Pepe le encantaban los calcetines blancos en un muchacho. No cualquier tipo de calcetines blancos, debían ser formales, de vestir, delgados, tan blancos como el blanco puede ser y, debían ser usados correctamente, para que el armazón quedara perfectamente recto, subidos al tope. Pasó las páginas de su álbum, mirando las imágenes. Uno de sus trucos para conseguir la atención de los niños en el salón de clases, al escuchar música clásica, era que fingieran estar repentinamente dormidos. Sus alumnos adoptaban varias poses extrañas, mientras cerraban fuertemente los ojos. Pepe se movía filmándolos y fotografiándolos con su cámara. ¿Era una mera coincidencia que la cámara estuviera tan a menudo centrada en Álvaro y sus cortos calcetines blancos y su pequeño pantalón corto gris?

Pepe dormiría con inquietud aquella noche. Álvaro ya no era uno de sus alumnos, por lo que al Coordinador Académico le resultaría irregular si Pepe fuera a protestar por la azotaína al muchacho. Sin embargo, Álvaro necesitaba ayuda. Si su padre descubría que había sido azotado, estaría enojado y acusaría a su hijo de actuar como un indisciplinado. Pepe se tiró en la cama, esperando desesperadamente que Álvaro no probara el cinturón de su padre. Ello no había beneficiado en nada a su hermano mayor. Pepe tuvo una pesadilla sobre Álvaro, en la que veían cómo era golpeado por su padre; se despertó bañado en sudor. En su sueño, se había dispuesto a adoptar a Álvaro como su hijo.

Entonces Pepe volvió en sí, y junto a la ventana, con un vaso de agua en la mano, miraba por la cortina cómo la luz de la media luna caía sobre la ciudad dormida. Cuando se metió en la cama de nuevo, un pensamiento extraño se le presentó (no por vez primera, por cierto): sentía que Álvaro quería ser azotado y se vio a él mismo, a Pepe, ¡empuñando la caña!

2. La caña en el llamativo fondo de un niño.

Pepe pensó en la última vez que había azotado en realidad a Álvaro. Había sido hace dos años, y a tres chicos, uno de los cuales fue Álvaro. Se habían portado mal en clase, desfiguraron la fotografía enmarcada de un sacerdote muy importante y representativo para el colegio. Pepe ya no era profesor de los chicos, pero había oído conmoción en la clase y fue a ver qué sucedía.

Pepe sabía que César, el Coordinador Académico de los chicos, era un entusiasta seguidor del Opus Dei, una secta misteriosa cuya influencia se había propagado por el mundo desde España y desgraciadamente había tomado un buen auge en el Perú. La fotografía era del fundador de la secta, y Pepe se estremeció al imaginar lo que sucedería a los chicos si César veía el daño a la fotografía. Él tomó una decisión inmediata para evitar que César descubriera la fotografía, ¡la limpiaría él mismo!

Había también que castigar a los muchachos. Ellos podían ser castigados sólo una vez por su crimen, y Pepe prefería ser él quien castigara a su Álvaro, en vez de ser castigado y atacado por un furioso César, si alguna vez se enteraba del crimen. Pepe despreciaba el Opus Dei y todo lo que representaba. Ordenó a los tres muchachos que se presentasen ante él más tarde ese día.
Más tarde, mientras pasaba una esponja por el bigote embadurnado y las otras características faciales del sacerdote en cuestión, se reía para sus adentros. Nadie más necesitaba saber acerca de este incidente, y una sonora paliza recordaría a los chicos que nunca volvieran a repetir una travesura tan tonta.

En el tiempo señalado, tres avergonzados niños de doce años entraron en el aula desierta de Pepe. Pepe deliberadamente los había hecho esperar, para luego llegar, tratando de mostrarse muy enojado. Él quería que Álvaro fuera el último de los niños en ser azotado, pero sabía que los otros dos, Renzo y Bruno, tendrían que ver (y sentir) que su castigo no sería menos grave que el que recibiría Álvaro. Pepe llegó a un compromiso:

"— Ustedes, muchachos, ¡han sido muy torpes! Lo que le hicieron a esa imagen, enojaría a mucha gente, incluido sus padres. Por suerte, he sido capaz de limpiarla, pero ahora tengo que castigarlos, ¡cuatro golpes a cada uno! Álvaro, ¡eres el primero!"

Pepe sabía que todos los otros profesores ya se habían ido a casa, por lo que no tendría interrupciones. Hizo que Álvaro se inclinase sobre una mesa y se maravilló de la complexión del niño. Así, delgado, tan bellamente proporcionado, era esencialmente ¡hermoso! Los pantalones cortos grises eran muy breves, a pesar de ser relativamente nuevos, de un año antes apenas. Ahora observaba como Álvaro se inclinaba, para revelarle casi la totalidad de los dulces muslos del joven.

Pepe dijo a Renzo y a Bruno que no se preocuparan, ya que pronto iban a recibir un trato similar. Luego tomó su gran bastón y apuntó hacia su delicioso objetivo. Tocó el objetivo con la punta de su bastón, mirando a Álvaro cómo tensaba sus músculos al sentir la pálida caña de ratán. Por el rabillo del ojo, Pepe vio a un nervioso Renzo persignarse. Entonces, mordiéndose los labios, echó hacia atrás el bastón pero, por unos segundos, algo lo detuvo: fue cautivado por la gloriosa visión que tenía delante, vio con un sobresalto, que Álvaro se había puesto calcetines blancos, los cuales estaban doblados deliciosamente, haciéndolos más cortos, presumiblemente como un homenaje a su antiguo maestro. Los otros dos muchachos llevaban calcetines grises, al igual que la mayoría de los chicos de la escuela. El blanco brillante de los calcetines de Álvaro contrastaba con las piernas de color marrón claro y de tan perfecta suavidad. Pepe sintió excitarse, pero tenía que mantener la calma, porque si se debilitaba ante la idea de azotar aquel joven y bello cuerpo, los otros chicos quedarían impunes, dado que Renzo y Bruno sospecharían precisamente que por él, Pepe se había debilitado y, esto no sería bueno para Pepe ni para Álvaro.
Pepe se armó de coraje, y golpeó.

¡Swish – CRACK! El bastón golpeó el lado derecho del delgado Álvaro, en la parte inferior de la corona. El niño hizo una mueca de dolor y apretó los dedos de sus manos al otro lado de la mesa. Pepe se enjuagó el sudor de la frente. Ahora veía a Bruno que se cruzaba con su vista. Renzo y Bruno sabían que Pepe tenía una predilección especial por Álvaro, y era obvio temer que lo que podían esperar, sería aún peor de lo que Álvaro estaba recibiendo.

¡Swish – CRACK! Los otros niños vieron una rebanada de la caña como caía en la parte inferior de su amigo, estremeciéndose por un segundo, mientras su propietario chillaba de sorpresa, para luego gemir de dolor. Los otros niños vieron como la caña golpeaba la parte inferior de su objetivo y temieron una escalada en la intensidad, ya que supusieron que el siguiente golpe sería aún más bajo, y el cuarto podría ser incluso, en los muslos de Álvaro. Renzo instintivamente empezó a frotarse la parte posterior de sus muslos, en la parte superior. En unos minutos, esa área sería atormentada por el dolor.

"— ¡Ustedes han visto suficiente!" — dijo Pepe a los chicos mirándolos. "— Ahora, pónganse de cara a la pared y coloquen sus manos sobre su cabeza". Los muchachos obedecieron al instante. Ahora estaban temblando de miedo.

¡Swish – CRACK! Ahora solo Pepe vio el efecto del accidente cerebrovascular y cómo aterrizó en la corona de la parte inferior de Álvaro. Pepe no tenía ninguna intención de dejar que los otros dos muchachos vieran que Álvaro no sería azotado en la zona más sensible de todas, pero que sí, los efectos de sonido tanto de la caña y su víctima fueran lo suficientemente altos, como para convencer a Bruno y Renzo, que la caña había golpeado más abajo. Bruno necesitaba desesperadamente orinar.

Inclinado sobre el escritorio, Álvaro no tenía ni idea de lo que pasaba por la cabeza de Pepe. Tampoco tenía idea de dónde había aterrizado la caña, sólo sabía que había caído en su parte inferior y que ardía como fuego. Si él pensó que por ponerse calcetines blancos haría que Pepe fuera más suave con el apaleamiento, estaba muy equivocado. Había contado los tres primeros trazos y confiaba en que habría sólo uno más en el futuro. En lo único que podía pensar, era en el dolor agonizante que torturaba toda su parte inferior pero, de pronto sintió un destello de pánico, preguntándose si había contado mal y habría dos golpes más y no uno como había pensado inicialmente.

Pepe se enjuagó la frente de nuevo. Tenía que hacer que recuerde la última azotada, pero no sería hacia los muslos de Álvaro. Los cortos del muchacho no serían lo suficientemente largos para ocultar cualquier marca de caña (incluso si fuera en la parte superior de los muslos), y Pepe no quería humillar a su ángel más de lo necesario. Tampoco que le doliera más de lo necesario; más aún por el enorme placer y excitación extras que le había regalado su Álvaro al usar calcetines blancos y doblárselos deliciosamente como él sabía que le gustaba a su maestro preferido. Él le dijo al niño temblando, que permaneciera quieto e hizo su último golpe.
¡Swish – CRACK! Directamente sobre la corona de la parte inferior de Álvaro, dando vida a los cardenales que ya estaban ahí, el golpe fue suficiente para que rápidamente Álvaro terminara en un mar de lágrimas y un ataque de llanto. Pepe tragó saliva y se secó la frente. Ordenó a los otros dos darse la vuelta.
"— Renzo, ¡tú eres el siguiente!"

Se sentía mal al verse obligado a no poder llamar a Álvaro para abrazarlo y consolarlo, mientras lloraba en sus brazos, Pepe le pasó un pañuelo limpio y le dijo que fuera y frotara el vidrio del marco de la fotografía.
" — Mientras yo castigo a los otros dos, tú puedes ser útil." – le dijo. Álvaro utilizaba la tela para secarse los ojos y la nariz húmeda, mientras se abría paso con dificultad hacia donde Pepe había colocado la fotografía. Sólo las palizas de su padre eran más dolorosas que esta, y todo lo que pudo hacer, fue tambalearse y tratar de contener el dolor de su parte inferior y sollozar.

Pepe se obligó a pasar por alto a su niño ángel. Había odiado tener que aplicarle la caña, pero por otro lado, él ya disfrutaba la vista del enorme y jugoso culito de Renzo, que temblaba bajo el algodón de los más largos pantalones cortos de color gris del niño. Los dos primeros trazos fueron a la corona de la parte inferior de Renzo y, con Bruno frente a la pared y con las manos en la cabeza, los otros dos golpes fueron aplicados muy por debajo. Uno de ellos fue en el pliegue, entre el fondo y los muslos, dos centímetros por debajo de ellos. Pepe quería que Renzo tuviera grandes dificultades para estar sentado durante el resto de los dos próximos días.

Por su parte, Renzo recibió su castigo estoicamente, era un tipo duro y había tratado de guardar silencio, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas mientras se levantaba. Bruno fue todo lo contrario, derramó lágrimas incluso antes de que Pepe lo llamara para seguir. Lo peor fue, que al estar de pie con las manos en la cabeza, se había orinado un poco en los pantalones y estaba seguro de que sería incapaz de controlar su vejiga cuando se inclinara para el bastón.
Pepe fue afilado con Bruno, puntualizándole que su llanto como un niño pequeño, no haría que el castigo fuese más benigno para él. Pepe no era un sádico, pero sabía que era justo dar a Bruno, por lo menos, tan duro como la paliza que Álvaro había sufrido. Renzo, avergonzado por el comportamiento de su amigo y asqueado por la pequeña piscina de líquido que había dejado en el piso donde estuvo de pie, se acercó para ayudar a Álvaro a frotar el vidrio.

En la sesión de caña de Bruno, ya desde el primer golpe estalló en un ataque de llanto y los próximos tres golpes continuados ahondaron su agonía, de modo que al final, el niño terminó en una asfixia de incontenibles suspiros, sollozos y lágrimas. Al igual que muchos chicos de su edad, vestía pantalón largo gris. El último golpe de Pepe fue hasta los muslos de Bruno. Estaba seguro de que los tres muchachos habían aprendido la lección.
Al ver la gran mancha oscura en la parte delantera de los pantalones de Bruno, Pepe le ordenó que saliera de la habitación con Renzo, quien lo escoltaría al baño para que se asee. Pidió a Álvaro que le mostrara la fotografía y, que para aminorar su ira, le ordenó que nuevamente le sacara brillo, mientras los otros dos salían de la habitación. Bruno seguía derramando copiosas lágrimas, ahora más de vergüenza que de dolor.

A solas con Álvaro, Pepe tomó la foto, la puso abajo en un escritorio próximo y abrió los brazos a Álvaro.
"— ¡Mi Alvarito! – Suspiró, con las emociones de todo tipo apoderándose de su cuerpo. – ¿Por qué haces cosas tan estúpidas?" Siento mucho haberte tenido que pegar con la vara, pero era mi deber, ¿me comprendes? – Miró brevemente a esos hermosos ojos marrones, normalmente tan brillantes, pero que ahora lucían borrosos por las lágrimas. Abrazó el delgado cuerpecito y apenas se contuvo de permitir que su mano paseara lentamente por el broche del fondo que había sido castigado con tanta crueldad, sin embargo no pudo contenerse de acariciar sus piernas y sus calcetines blancos, felicitándolo (casi como en un susurro) por usarlos. En ese momento, besó suavemente la frente del niño, y fue él, Pepe, quien estaba ahora derramando lágrimas de emoción y excitación.

3. Balón en el llamativo fondo de un niño.

Pepe saboreaba sus recuerdos mientras yacía en la cama. Por supuesto, no le había gustado para nada el tener que haber aplicado la caña a su Álvaro, pero había sido su deber y, pocos días después, Álvaro había dicho a Pepe que aún lo quería y que había merecido su castigo. Pepe encontró que en lugar de culpa y remordimiento, había experimentado una sensación de calor y hasta casi de entusiasmo, cada vez que recordaba la paliza (lo que hizo en infinitos detalles, muy a menudo), y se preguntó si alguna vez tendría otra oportunidad de aplicarle la caña a su dulce ángel.

Esa mañana en la escuela, Pepe no vio a Álvaro, pero había salido todo bien, disfrutando de varias lecciones con su clase de muchachos más jóvenes, de los cuales el mágico Chemita era uno. Como de costumbre, Chemita era el único que usaba calcetines blancos y enviaba a las carreras el corazón de Pepe. El uniforme oficial de la escuela requería calcetines grises claros (que también le agradaban un poco a Pepe), pero Chemita había persuadido a sus padres para que le dejaran llevar los blancos porque se veían limpios, y Chemita era un niño muy limpio. Sabemos por supuesto, que los usó sólo para impresionar a su maestro. Chemita había aprendido que la adulación era una forma de obtener los favores y la predilección de su maestro.

Una vez más, Pepe hacía que sus muchachos pretendieran estar dormidos mientras escuchaban un poco de música clásica (la Quinta Sinfonía de Beethoven, interpretada por la Orquesta Sinfónica Nacional), mientras se movía alrededor del salón de clases con su cámara. Todos los nueve años de edad vestían pantalones cortos y uno o dos de ellos estaban tumbados en el suelo con las piernas y brazos separados. A Pepe le gustaba que se pusieran así, ya que hacía a los chicos exponer toda una gran extensión de sus gorditas piernas. Chemita sin embargo, se había desplomado sobre su escritorio con los ojos fuertemente cerrados, pero su cuerpo temblaba de risa silenciosa. Clic, clic, salió de la cámara de Pepe.
Pepe había oído que algo llamado cámara digital pronto estaría en el mercado, por lo que sería capaz de tomar fotografías y transferirlas directamente a su computadora, sin el alboroto del envío de sus fotos para ser reveladas afuera. Se le ocurrió entonces, que siendo él la única persona que vería sus fotos, podría ser en el futuro, un poco más atrevido con el tema. ¡No podía esperar!

Esa tarde, Pepe fue al campo de la escuela con su clase de primaria para ver jugar fútbol a los muchachos más grandes. Era habitual que los padres vinieran a verlos, y muchos de ellos habían estacionado sus vehículos en el borde del campo. También era habitual para los chicos más jóvenes, ponerse a patear una pelota en los grandes espacios vacíos que quedaban entre las líneas de los coches estacionados. Pepe vio a sus pequeños bebés divertirse, pero eligió no observarlos para no animarlos, en caso pareciese que estaba pensando en jugar con ellos, ya que él quería ver el fútbol de los grandes, y que era el real motivo por el que había ido ahí.

Chemita no estaba pateando un balón. Él se entregaba a una de sus aficiones: registrar los números de matrícula de los autos. El Colegio "Los Sauces" era una escuela muy exclusiva, y la mayoría de los padres tenían coches muy elegantes, lo que daba al pequeño Chemita algunos detalles muy interesantes e inusuales para registrar en su cuaderno.

Pepe veía el fútbol de los chicos mayores. Los jugadores eran de dieciséis y diecisiete años y Pepe nunca les había enseñado. Algunos de ellos eran muy guapos y eran solo unos siete años más jóvenes que Pepe y que podrían tranquilamente pasar como sus hermanos más jóvenes, y a los que nunca tuvo como sus potenciales compañeros de habitación en la escuela. Se lamió los labios y disfrutó de la vista de las jóvenes bellezas masculinas demostrando sus habilidades. Se alegró de que estos futbolistas no siguieran la moda de usar pantalones cortos muy largos y que ya eran comunes en esos tiempos. Los usaban muy cortitos, acompañados de lindos calcetines blancos largos hasta la rodilla, con banditas de colores en la parte superior.

Uno de los porteros era un joven especialmente guapo y con unos pantalones cortos diminutos, que exponían toda la longitud de sus magníficos muslos. Pepe se colocó al lado del arco de este muchacho, y dividió su atención entre ver a sus bebés patear la pelota y discretamente estudiando al joven dios del otro lado de la red. Consciente de que estaba siendo observado, el joven levantó sus pantalones cortos aún más altos y le dio una sonrisa sexy a Pepe.
Álvaro no estaba jugando al fútbol. Él vino y se paró al lado de Pepe.

"— ¡Profesor Pepe!
"— ¡Álvaro, hijo mío! – exclamó Pepe con placer, dándose la vuelta para saludarlo. La vista del hermoso niño en pantaloncillos grises partió y agitó la región lumbar de Pepe.
"— ¿Te sientes mejor después de tu dolorosa reunión de ayer con el Coordinador Académico?
"— Sí, gracias. Tengo algo que mostrarle. Está en esta bolsa". – Álvaro se apartó del terreno de juego y abrió una gran bolsa de papel.
"— ¿Se acuerda que yo quería unirme a los Scouts? Bueno, ¡aquí está mi uniforme! – El niño sacó una camisa de color gris plata y una pañoleta scout muy elegante, con franjas diagonales de color rojo y blanco (los colores nacionales del Perú) y con toques de azul en el interior, que representaban su mar soberano. Álvaro entonces, mostró a Pepe un correaje de cuero y le dio una sonrisa encantadora.
"— ¿Qué pasa con los pantalones, Alvarito? – preguntó Pepe.
"— La mayoría de los scouts usa pantalón largo en estos días e incluso jeans"...
La sonrisa de Álvaro fue sustituida por un gesto triste.
"— Papá dijo que deberé usar estos pantalones cortos" — Lo dijo bajando la mirada triste y a la vez avergonzado. Pero inmediatamente agregó:
"— Lo que sí le prometo, es que siempre usaré como parte de mi uniforme scout, los calcetines blancos que tanto le gustan a Ud., como una forma de agradecerle por todo lo que me quiere y ha hecho por mí.

Un gran estremecimiento se apoderó del cuerpo de Pepe, y su emoción se hizo de repente más fuerte y hasta derramó unas lágrimas por lo que le había dicho su adorado Alvarito. Quería abrazarlo y llenarlo de besos, pero sabía que ahí no podía hacerlo. Deseaba ya fotografiar a su ángel con su uniforme de los Scouts. No, mejor, quería ir a las reuniones de los Scouts.
A veces los de Tropa, a los que se había unido Álvaro, se iban algunos fines de semana a la montaña, de excursión para acampar y ejercitarse en habilidades de campo. En la carretera principal, al este de Lima, al fondo de las estribaciones de los Andes, cerca de un lugar llamado Chosica, era la zona utilizada por las tropas Scouts, especialmente las de Lima. En su mente, Pepe pensaba y planeaba cómo él, un simple líder de Lobatos, podría vincularse a la Tropa Scout de Álvaro, para ir y pasar con ellos un fin de semana en Chosica.

Ni Pepe ni Álvaro estaban prestando atención al partido de fútbol, cuando en eso, alguien disparó al arco cercano, desde muy corta distancia. La pelota se perdió y se precipitó directamente sobre la parte inferior de Álvaro, lo tumbó y lo envío sobre la hierba. No estaba herido, pero rodó sobre su espalda con las rodillas hacia arriba, riendo, mostrando al aire sus cortos calcetines grises muy claritos. Pepe miró con admiración a su ángel. Un ángel cuyo fondo estaba reventando dentro de ese diminuto short gris que su padre le hacía vestir. Pepe tragó saliva y sintió un intenso deseo por Álvaro. Casi perdió el control de lo que ocurría dentro de sus pantalones.

4. Cinturón en llamativo fondo de un niño.

Álvaro se puso de pie otra vez, vinculó su brazo al de Pepe y vieron el fútbol. Luego escucharon gritos de los pequeños bebés de Pepe, y vieron como dos de ellos se trenzaban en una discusión con otro chico con el que había un desacuerdo. Pepe se dirigió inmediatamente hacia la pelea, pero varios padres ya habían acudido para calmar los ánimos. Pepe saludaba asintiendo con la cabeza a algunas de las madres que conocía de vista, mientras más allá correteaba Chemita.
Luego Chemita se acercó corriendo y tomando de la mano de Pepe, lo jaló hacia su madre. El partido de fútbol había terminado y entre los aplausos de los espectadores, la madre de Chemita charlaba con Pepe, a la par que Chemita mostraba a Álvaro su cuaderno de notas con los detalles de las placas de los coches que había anotado.

La gente comenzó a dispersarse. La madre de Chemita reunió a su hijo y a algunos de sus amigos, los acomodó en su coche y se marchó. Un buen número de otros coches también se fueron. Álvaro pidió a Pepe si podía acompañarlo a caminar de regreso con él; se puede predecir la respuesta de Pepe. A continuación, una muy hermosa mujer, elegantemente vestida, casi atropelló a Pepe. Llevaba un vestido muy ajustado que no fue obviamente diseñado para correr ni tampoco lo fueron sus zapatos de corte elegante. Se veía muy angustiada.

"— ¿Dónde está Gabriel? – gritó. – ¿Lo ha visto?, estaba aquí hace quince minutos!, ¡no lo encuentro! "

Pepe conocía a la señora. Gabriel tenía la edad de Chemita y era uno de los preferidos de su clase. Era un niño muy tranquilo pero de aspecto un poco extraño, con gruesos lentes en sus anteojos, y que evidentemente, no había heredado la belleza imponente de su madre pero, ¿dónde estaba? Pepe organizó rápidamente a Álvaro y a varios otros niños mayores de esa edad para buscarlo alrededor del campo y para que chequearan los autos, preguntando a todos si habían visto a Gabriel. Los otros padres corrían demasiado y una pareja trató de consolar a la madre de Gabriel.

La escuela se ubicaba en el distrito financiero de Lima y avenidas muy transitadas rodeaban el campo de juego. Gabriel, como todos los muchachos pequeños, nunca abandonaría el terreno sin supervisión. ¡Tenía que estar en el campo! Pero pronto quedó claro que no estaba en él. Su madre estaba angustiada. Alguien le sugirió que mejor sería que se vaya a su casa, en caso de que Gabriel hubiera sido llevado allí por alguno de los otros padres. Le pidió a su chofer encender el Mercedes Benz y llevarla a su casa, aunque primero iría directamente a la oficina de su marido y así informarle y hacer que la acompañe también a casa.

Ya era tarde cuando Pepe regresó a su departamento, y recién pudo hacerlo, después de haber despachado al último de sus pequeños bebés restantes y acompañar a casa a su Álvaro y asegurarse de que estaba a salvo. ¡No se podía permitir el perder a su angelito! Se hablaba de un secuestro, y así pasó toda la noche muy preocupado.

A la mañana siguiente en la escuela, el Director del Colegio hizo llamar a Pepe, pidiéndole que se presente de inmediato en su oficina. Dijo que la policía estaba buscando a Gabriel, en el supuesto de que hubiese sido secuestrado. El padre de Gabriel era uno de los empresarios más ricos de Lima y se esperaba que una petición de rescate pronto se hiciera. Sólo entonces se conocería con certeza si alguien había raptado al niño. Ya sea que estuviera a salvo o no, ¡eso era harina de otro costal! A la madre de Gabriel no le importaba si su marido tuviera que vender todo el negocio, siempre y cuando ella tuviera a su hijo de vuelta y muy seguro.

A Pepe le dijo que él era el responsable de la supervisión de sus muchachos en el campo de juego y, si resultaba que Gabriel había sido arrebatado, de hecho (frente a las narices de Pepe), las cosas se verían bastante mal para el joven maestro.
La policía tomó su declaración y luego Pepe se fue a su casa. Fue suspendido de su cargo y no podía tener contacto alguno con ninguno de sus muchachos.

Pepe se sentía devastado. Le dijo a la policía todo lo que sabía. No parecían simpatizar con él. Durante el tiempo que muy triste pasó en casa, su mente estuvo en constante agitación. Todas las noticias que aparecían en la televisión, se expresaban sobre el secuestro de un niño de nueve años de edad del Colegio Los Sauces. A Pepe le resultaba imposible tratar de controlarse al ver la desgarradora imagen de la madre de Gabriel, histérica frente a la prensa en la puerta de su casa, luego de derrumbarse al suelo del dolor que la acongojaba. Pepe se echó a llorar, y lloró y lloró. Nunca se había sentido tan solo y triste.
La navidad se acercaba y tenía la esperanza de que todo se solucionara antes de esa magna fecha. Lo único que podía hacer era mirar la televisión, en la esperanza de tener pronto una buena noticia. En las noticias de la tarde se anunció que un paquete había sido entregado en la oficina del padre de Gabriel. No contenía nada escrito. Todo lo que contenía eran los restos aplastados de las gafas de Gabriel; sin lugar a dudas, de Gabriel. ¡Así que realmente, era un secuestro! Pepe no lo podía creer, sus ojos comenzaron a derramar muchas más lágrimas de las que había vertido hasta ahora.

Se maldijo por haberse dejado distraer por su Alvarito y aquel joven y bello portero. ¡Oh!, ¿por qué no se concentró en el cuidado de sus pequeños bebés? Gracias a Dios Chemita y Álvaro estaban a salvo. ¡Él se mataría si algo les pasara a ellos! Pasó aquella noche desesperado sin poder dormir, solitario en su piso. Por supuesto, los padres de Gabriel también pasaron una noche desesperada sin dormir – no hubo más noticias y no podían soportar la idea de que su querido pequeño, medio ciego y aterrorizado, estuviera en un sótano lúgubre y hasta quizá perjudicado por sus captores.

Pepe tenía su TV encendida y no dejaba de hojear los ocho canales de cable, con la patética esperanza de encontrarse con alguna noticia del secuestro; pero nada, no había ninguna información..
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