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Las Aventuras De Chiquitin
Part 19 – Doble Racion 3

by Chiquitin

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Copyright on this story text belongs at all times to the original author only, whether stated explicitly in the text or not. The original date of posting to the MMSA was: 05 Sep 2012


Después de los primeros cuarenta azotes, Papi decidió dar un descanso a la vara y a las doloridas nalgas de Chiquitín, cruzadas desde la cintura hasta la mitad de los muslos por preciosas marcas. La belleza del culito castigado se completaba con el sonido de los sollozos del traviesillo, que con la eficaz acción del correctivo había cambiado su discurso y confesado muchas travesuras, pidiendo ahora perdón y clemencia. Aparte de la chocolatina consumida a escondidas, Papi se había enterado de alguna que otra falta, como negligencias en la limpieza de su habitación, utilización sin permiso de la televisión o de los videojuegos y pequeño etcétera. Desde luego el interrogatorio había sido efectivo; a partir de ese momento pensaba convertirlo en práctica habitual, para no pasar por alto ninguna menudencia, que no por previsible convenía dejar sin castigo.

No obstante, su suspicacia de papá no estaba del todo satisfecha. ¿Chiquitín, que ya conocía de otras ocasiones la severidad del interrogatorio, había llegado tan lejos sólo para ocultar unas chiquilladas como esas? Lo lógico sería que un par de azotes de la vara hubieran sido suficientes para la confesión y, tras un castigo razonable, Papi y su nene podían haber estado ya desde hace un buen rato reconciliándose y haciéndose cariñitos. Tenía que haber algo más; seguramente de poca monta también pero de alguna forma importante para el pequeño. Había que averiguar lo que era, puesto que un jovencito no debía de albergar ningún secreto sino ser totalmente transparente ante su papá. Y el gato encerrado estaba a punto de salir; unos chasquidos de la vara más y Chiquitín se derrumbaría y diría toda la verdad. Sobre todo si antes su castigado culito recuperaba la sensibilidad. Papi, con toda la sabiduría acumulada sobre como doblegar y someter a su nene, esperó con calma unos minutos y acarició casi cariñoso el culito expuesto ante él; el contacto con la piel escocida y ardiente aumentó su excitación.

Los gemidos y sollozos, que habían quedado casi atenuados, se convirtieron en gritos de pánico cuando la vara volvió a atacar los cuartos traseros del traviesillo. Tres o cuatro azotes más bastaron para que el chico empezara a llorar a moco tendido.

“¡Papiiiii, por favor, te lo contaré todoooooo, buaaaaaaaaaa!”

“¿Qué es todo, Chiquitín?” La vara golpeó inmisericorde una vez más.

“Lo que ha pasado... ¡hip! ... en los entrenamientos ... ¡hip!”

Vaya, vaya, por fin habían llegado a donde había que llegar. Un último azote no vendría nada mal para reforzar el mensaje, y Papi lo asestó sin vacilación. A continuación desató con calma las manos y piernas de Chiquitín, entumecidas por los forcejeos, mientras el muchacho poco a poco transformaba los hipidos, lloros y balbuceos en algo parecido a palabras, aunque todavía de escasa coherencia.

“Entrenador ... cosas feas .... retraso .... camino a casa .... promesas .... huir ...”

Parecía que el asunto podía ser más serio de lo que aparentaba al principio, pero no había que ponerse nervioso. Papi ayudó a Chiquitín a ponerse en pie y lo abrazó muy fuerte, acariciándole el pelo y el culito ardiente durante un buen rato.

“¿Ves lo que pasa por no contarle las cosas a Papi? Bueno, para ya de balbucear. En un momento te sientas en las rodillas de Papi y se lo confiesas todo, con calma y sin omitir ni un detalle, ¿estamos?”
 

Ya algo más tranquilito, sentado desnudo sobre las rodillas de Papi en el sofá del salón, Chiquitín le relató como un niño bueno todos los detalles de las clases de entrenamiento que hasta ahora había ocultado. Papi ya conocía la historia oficial: que el entrenador recibía en el patio a los chicos rezagados que salían últimos del vestuario bajándoles el pantalón de deporte y calentándoles el culito, que les hacía correr, competir entre ellos y hacer flexiones, y que vigilaba que no pasara nada raro en las duchas; cualquier mal comportamiento en el vestuario suponía probar la pala. Los otros chicos que entrenaban tenían diferentes perfiles; los había que simplemente habían cogido un poco de sobrepeso en opinión de sus papás, como el caso de Chiquitín, pero también deportistas semiprofesionales, algunos atletas y otros jugadores de balonmano o rugby muy musculosos y desarrollados, entre ellos el hijo del entrenador, al que Papi había conocido de casualidad aquella mañana.

Este último y sus amiguetes estaban orgullosos de su musculatura y se mostraban prepotentes con los chicos más jóvenes o menos corpulentos; Papi no le había dado en su momento demasiada importancia a las bromas un tanto pesadas que les gastaban a Chiquitín y pensaba que el muchacho no debía ser mimoso y tenía que adaptarse al grupo. Todas las burlas tenían lugar naturalmente sin conocimiento del entrenador, que de intuir cualquier tipo de falta de respeto a un compañero restablecía rápidamente el orden mediante dos docenas de palazos sobre las redondas y musculadas nalgas del transgresor, que debía ponerse en posición con el pantalón bajado en presencia de todo el resto de la clase, convertidos en encantados espectadores. Era en el camino de vuelta a casa donde salían darse los problemas; empujones, collejas, bromas de mal gusto, entre varios agarraban a Chiquitín, le bajaban los pantalones, le daban palmadas en el culo .... Nuestro amiguito no había contado nada a Papi para no ser un chivato.

No obstante, un día que los amiguetes cómplices del hijo del entrenador no estaban, y por lo tanto éste no podía sentirse fortalecido por sus compinches, Chiquitín, en lugar de intentar escapar de él como siempre hacía, salió a su encuentro y le plantó cara, retándole a que si tenía algún problema con él se lo dijera a solas como un hombre.

El hijo del entrenador, ante el coraje demostrado por un pequeñín al que le sacaba unos veinte centímetros, se mostró perplejo en principio, y divertido a continuación. Ante la sorpresa de Chiquitín, el gigantón estalló en carcajadas; comprobó con calma que nadie podía verlos y le agarró inmovilizándole los brazos y tapándole al mismo tiempo la boca.
“Qué gracioso; desde luego tienes lo que hay que tener, nene; pero creo que hay que enseñarte cuál es tu lugar, quién es el hombre aquí y quién el niñito”

Ante la impotencia de Chiquitín, el grandullón no tuvo ningún problema en bajarle el pantaloncito, arrastrarlo hasta una piedra lo suficientemente grande para permitirle sentarse en ella, y poner al pequeño sobre sus rodillas para propinarle una buena azotaina.

“Ya te enseñaré yo”, PLAS, “a respetar a los que son mayores que tú”, PLAS; “no eres más que un crío”, PLAS, “yo soy un hombre”, PLAS, “y cada vez que no me muestres el debido respeto”, PLAS, “te voy a poner el culo como un tomate”, PLAS, ....

Los azotes, rápidos pero contundentes, no acabaron hasta comprobar el grandullón que Chiquitín tenía ya el culito bien rojo, momento en el cual empezaron a ser sustituidos por manoseos y pellizcos. La mano del grandullón no tardó en palpar también el miembro de Chiquitín y en observar con gran satisfacción que el jovencito estaba excitado con su castigo. El pequeño, incapaz de soportar tanta humillación, comenzó a lloriquear.

“¿Por qué eres tan malo? Yo no te hecho nada y te metes siempre conmigo”.

El grandullón se echó a reír de nuevo con desenfado ante la ingenuidad de Chiquitín; le propinó tres o cuatro azotes más, lo puso en pie y, para sorpresa mayúscula del pequeño, lo estrechó entre sus brazos y comenzó a besarlo.

“Mira que eres tonto. ¿No ves que me meto contigo porque eres el más guapo del equipo y el que más me gusta? Tienes un culito precioso”.

Chiquitín comenzó a forcejear, lo cual excitó todavía más al grandullón, que le introdujo la lengua hasta el esófago mientras le impedía moverse con sus poderosos brazos y sus piernas, que rodeaban las del pequeño.

“Estate quieto, o te llevas otra zurra. No te hagas el remilgado, porque yo también te gusto a ti. Tu amiguito de ahí abajo no puede mentir aunque tú lo intentes”.

Y así se sucedieron los azotes, los pellizcos y los agarrones, intercalados con besos, abrazos y caricias, no solo ese día sino durante y después de todos los entrenamientos siguientes. Cuando nadie los veía, el grandullón le guiñaba el ojo a Chiquitín, le robaba un beso o le daba un azote en el culo, preludio de la tensa pero dulce lucha que ambos esperaban con impaciencia al acabar la clase, y en la que siempre era el mismo el que perdía, aunque en realidad no estaba nada claro que la derrota fuese tal.

Papi escuchaba el relato entre estupefacto e indignado, más aún al preguntar por los detalles más íntimos y descubrir que los últimos forcejeos entre los dos amiguitos habían acabado con Chiquitín de rodillas haciendo los servicios con la boca que a Papi tanto le gustaban y que pensaba que sólo él recibía. Aunque le complacía la nobleza de su nene, que podría con relativa facilidad hacerse pasar por víctima de abusos por parte de otro chico más grande y fuerte que él, le mortificaba lo tonto que había sido al creer que el culito rojo que Chiquitín traía a casa después de cada tarde de deporte era siempre obra del entrenador sin verificarlo, y que ciego había estado al malinterpretar el sonrojo del hijo del entrenador aquella mañana cuando su papá había hablado de los azotes a Chiquitín. Tenía buenos motivos para ponerse rojo ese sinvergüenza.

Y naturalmente se reconcomía de celos al ver cómo su nene defendía a su agresor, que al parecer estaba realmente enamorado de Chiquitín. Pudiendo haberse limitado a abusar de él como del resto de los chicos menos atléticos del equipo, había dejado de manosear y acosar a los otros y se centraba exclusivamente en su nene. Sus intenciones eran serias y había llegado a proponer a Chiquitín en varias ocasiones hablar con sus respectivos padres y pedir la emancipación al Consejo de la ciudad, junto con el permiso para adoptarle y convertirse en su nuevo papá, a pesar de su juventud. Chiquitín no quería contar detalles que pudieran ser hirientes para Papi, pero la insistencia de éste le llevó a revelar conversaciones íntimas con el chico grandullón, en el que éste se consideraba con más aptitudes para ser papá.

“Así que tu papi permite que tu jefe, tu entrenador, tu tío y a saber cuántos otros te vean el culito y te lo zurren; cuando yo sea tu papá tu culito será solo mío y nadie más lo verá ni mucho menos lo tocará. Y nada de ir a playas nudistas; sólo yo te veré desnudo, de hecho te tendré desnudito y a mi merced en casa. Te daré una buena zurra todos los días para que tengas claro quién manda; y luego te comeré a besos. Y ese culito tan rico que tienes no se va a llevar solamente azotes, va a haber mucho más entre tú y yo”.

Dentro de su enfado, Papi se esforzó en sonreír ante la ingenuidad de los jóvenes; aún en el caso de que los locos sueños del grandullón se hicieran realidad y consiguiera convertirse en el nuevo papá de Chiquitín, con el tiempo acabaría prestándose a intercambiar a su nene con otros papás para a su vez tener acceso a algunos otros de los culos bonitos que había en la ciudad. En fin, tampoco era conveniente quitarles la ilusión a los jóvenes. Sí lo era, desde luego, poner todo este asunto en conocimiento del entrenador y decidir entre los dos papás los castigos necesarios. Papi levantó a Chiquitín de sus rodillas y con cara severa y un azote preventivo lo envió cogido de la oreja hasta la esquina de la habitación, donde se quedaría durante un buen rato. Y pobre de él como se moviera de allí o como bajara las manos de la nuca.

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Arriesgándose a llevarse un buen azote, Chiquitín giró la cabeza tímidamente; su campo visual, hasta entonces ceñido a la pared que tenía a un palmo de la nariz, fue ampliándose y descubriéndole que se encontraba a solas en el salón. Se atrevió a separar los brazos, que tenía ya entumecidos; Papi lo tenía bien entrenado y había aprendido a aguantar ratos realmente largos con las manos en la nuca, pero notaba que no podría resistir mucho tiempo en esa postura y eso, si su papá seguía tan enfadado, lo cual era más que posible, le valdría una nueva azotaina. Más pronto que tarde se llevaría más azotes, por lo que había que aprovechar la ocasión para acariciarse e intentar aliviar el escozor en el culo, todavía caliente, muy sensible y casi seguro que marcado aún por la vara.

Un ruido le hizo girarse de cara a la pared y devolver las manos a la nuca muy rápidamente, aunque no lo suficiente para un papá perspicaz y acostumbrado a los trucos de los traviesillos. Chiquitín apenas tuvo tiempo de percibir con estupor que había sido cazado; enseguida Papi le agarró las manos inmovilizándolas a la espalda mientras le propinaba una retahíla de azotes.

“¿Quién ... PLAS ... te ha dado .... PLAS ..... permiso ..... para moverte, ......, jovencito?”... PLAS .... PLAS .... PLAS ...

Cuando la tonalidad del rojo de ambas nalgas logró la intensidad y la uniformidad adecuadas, Papi soltó las manos del chico y lo giró. Bien educado, Chiquitín bajó ligeramente la cabeza sin atreverse a mirar a su papá directamente a los ojos, lo cual le hubiera valido algún azote más.

“Desde luego, no tienes remedio. Anda, vístete, que tenemos visita”

Sobre el sofá aparecía la ropa que Papi había ido a buscarle; nuestro amigo seguía desnudito, y así se habría quedado de no ser porque al parecer estaban esperando a alguien. Chiquitín sabía que los niños buenos no hacen preguntas, pero Papi decidió en aquella ocasión satisfacer su curiosidad.

“Viene tu amiguito con su papá el entrenador”

Chiquitín intentó disimular pero una mueca de tristeza asomó a sus labios. Le daba mucha vergüenza volver a ver a su amigo especial delante de Papi después de las travesuras que habían hecho juntos. No se arrepentía de delatarle, puesto que había hecho lo correcto y lo que era lo mejor para los dos, pero le entristecía pensar que el chico sería castigado, y severamente además.

“El entrenador y yo hemos hablado largo y tendido por teléfono; como está claro que los dos habéis sido culpables y desobedientes creemos que debéis ser castigados juntos. Ellos dos han tenido ya una charla y ahora vienen hacia aquí; os habéis pensado que erais ya mayores y desde luego que vamos a poneros en vuestro sitio. Vais a ver lo que les pasa a los niños que hacen travesuras y abusan de la confianza de sus papás”

El chico estaba tan compungido que Papi tuvo que reprimir el impulso de estrecharlo entre sus brazos. Ya habría tiempo para la reconciliación, pero antes estos dos traviesillos debían recibir su merecido; se limitó a señalar con el índice la ropa para que Chiquitín se vistiera. Naturalmente no le había proporcionado ropa interior; mientras el muchacho se subía el pantalón corto y ceñido, su papá se relamía pensando en los muchos azotes que iban a tener lugar en ese mismo salón en unos minutos, y no en uno sino en dos deliciosos culos.

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“Acaban de llamar a la puerta. No te muevas de ahí, jovencito”

Menos mal, Chiquitín no habría podido aguantar ni un minuto más con las manos en la nuca. Ahora un último esfuerzo para que cuando entrase el entrenador se encontrase al chico obediente en su lugar de castigo de cara a la pared, con su camisa blanca y sus pantalones muy cortos, que de hecho dejaban a la vista las marcas de la vara sobre sus muslos.

Los pasos de los visitantes se aproximaban. Sin darse la vuelta ni bajar las manos mientras no le dieran el permiso para ello, Chiquitín se encontró rápidamente con compañía a su lado. El chico grandullón, traído firmemente de la oreja por su papá, ocupó