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Mi Barrio
Capítulo 01

by Rick1463

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Copyright on this story text belongs at all times to the original author only, whether stated explicitly in the text or not. The original date of posting to the MMSA was: 28 Dec 2012


Mi Barrio – Capítulo 1
 

Disfruté de los últimos rayos de sol de la tarde mientras me dirigía, caminando por las callejuelas de mi barrio, a la casa de Pablito Rodríguez.

Doblé una esquina y me encontré en el amplio espacio abierto que servía como el área de juegos del vecindario. No estoy seguro si se le podría llamar realmente un 'parque', ya que dicha área rectangular tenía suelo de tierra en lugar de pasto y apenas tres árboles. Pero a falta de un mejor término, lo llamaré nuestro parque.

El parque tenía varios columpios, una resbaladilla y otros juegos de metal viejo y oxidado. Estaba rodeado de casas y sólo en uno de sus lados colindaba con una calle por la que transitaban automóviles. El resto de las orillas del parque eran estrictamente peatonales, tal como eran los caminos de la mayor parte del barrio, por lo que rara vez se escuchaba ruido de tráfico vehicular en toda el área.

Mi barrio se encontraba en las afueras de nuestra pequeña ciudad. Era una zona de familias de clase media-baja, donde la mayoría de nuestros padres eran obreros que trabajaban en la zona industrial que se hallaba a más de una hora de distancia en autobús. A pesar de nuestras dificultades económicas, el mío era un barrio tranquilo y alegre, con prácticamente nula criminalidad o vandalismo. Los niños jugábamos y correteábamos por las apacibles callejuelas sin mayor supervisión.

Precisamente, esa tarde, un grupo de niños jugaba canicas en una esquina del parque. Al aproximarme a ellos pude ver que el grupo consistía en casi todos los miembros de la misma pandilla de siempre. A mis 15 años yo era el mayor de todos los jovencitos del barrio, donde la edad de los demás variaba en su mayoría entre los 10 y 13 años. Algunas veces me incorporaba a sus juegos, en especial los de futbol, pero por lo general me encontraba ocupado por las tardes, ya que al salir de la escuela cada día, me dedicaba a realizar todo tipo de encargos, reparaciones y servicios para las madres de familia del barrio. Hacía de todo: jardinería, plomería, pintura de paredes... casi cualquier cosa que se necesitara. De esa manera ganaba cada semana una cantidad nada despreciable de dinero para mis ahorros.

Todas las señoras del barrio me consideraban un jovencito de la mayor confianza y gozaba de una excelente reputación entre ellas, la cual se acentuaba gracias a mis brillantes calificaciones en el colegio. Dicha fama de 'ejemplo a seguir', me convertía de cierta manera en el 'hermano mayor' del resto de los niños del barrio, además del hecho de ser unos cuantos años mayor que ellos. Sin embargo, para ser sincero, a pesar de que físicamente me veía un poco más grande que los otros niños debido a mi edad, cuando jugaba con ellos me sentía verdaderamente uno más de la pandilla. Imagino que aún me encuentro en un punto de la adolescencia en el que todavía hay una gran porción de niño en mí.

Esa tarde en el parque, los niños me vieron aproximarse y se paralizaron por un momento, sus rostros expresando una repentina preocupación. De forma subconsciente, varios de ellos llevaron las manos a sus traseros, cubriéndolos como si para brindarles protección.

Dicha reacción se explica por un detalle que hasta ahora había omitido mencionar: Entre los trabajos habituales que yo realizaba rutinariamente para las amas de casas de mi barrio, se incluía la disciplina de sus hijos. Es decir, yo era el encargado de aplicar el correctivo favorito en mi barrio para los niños malcriados.

Unas enérgicas y dolorosas nalgadas.

“¡J-Julián! ¡Hola!” me saludó Nicolás, con su oscura cabellera eternamente desarreglada. Tragó saliva antes de continuar. “¿V-vienes a jugar con nosotros, o...?”

“¡Hola!” lo saludé, sonriente. ¿Por qué estás tan nervioso? ¿Te has estado portando mal hoy?“

“¡NO! ¡Para nada!” se apresuró a contestar, sus ojos abriéndose más. “¡M-me he estado portando muy bien! ¡En serio!”

Su expresión aterrada me hizo reír. “No te preocupes, no vengo por ninguno de ustedes. Voy hacia la casa de Pablito. Su mamá me pidió que lo cuidara esta noche.”

Al unísono, los niños se relajaron visiblemente al escuchar la noticia, algunos de ellos exhalando un respiro que habían estado sosteniendo. Desde el momento de verme llegar y hasta el instante en que revelé mi actual encargo, todos y cada uno de ellos habían vivido terribles momentos de suspenso, ya que sabían que mi objetivo bien podía haber estado relacionado con sus respectivas posaderas.

Y su miedo era bastante razonable: Todos ellos eran terriblemente mal portados. Tan mal se portaban que repartir palmadas se había convertido en mi principal ocupación en el barrio. Raro era el día en que una de sus madres no me llamaba para ir a poner a su hijo en cintura. Había días en que yo proporcionaba dos o hasta tres sesiones de nalgadas a distintos niños. Los condenados escuincles simplemente no tenían la capacidad para evitar meterse en problemas.

De acuerdo a la costumbre de mi pueblo, eran los hombres quienes se debían encargar de la disciplina de los niños varones. Sin embargo, debido a que los padres de familia de mi barrio pasaban el día entero en su trabajo, llegando a casa hasta altas horas de la noche con gran cansancio por la larga jornada, normalmente no había quien corrigiera a los maleducados mocosos. El comportamiento de los niños empeoró gradualmente hasta que sus madres tomaron la decisión conjunta de otorgarle autoridad correctiva al único jovencito bien portado en el barrio, con excelentes notas en la escuela, tan amable y atento y educado y que siempre está dispuesto a ayudar en cualquier hogar y en cualquier situación. O sea, yo. El hecho de que soy mayor en edad que el resto de los niños solamente hizo más sencilla la decisión para ellas.

Desde entonces, mis nuevas responsabilidades como calentador de traseros me han mantenido extremadamente ocupado. Y aquí tengo hacer una confesión: ¡Es una ocupación que me encanta! Cada etapa del castigo es un deleite para mí – desde el rostro ruborizado del niño cuando le bajo los pantalones, hasta la danza que realizan frotando sus adoloridas nalguitas al terminar la sesión. Acariciar –y luego azotar– los magníficos traseros de estos niños, es para mí un placer que nunca se vuelve viejo o repetitivo. Realmente disfruto de una manera insaciable el ilimitado acceso que gozo sobre las nalgas de estos incorregibles escuincles. Sé con certeza que no soy estrictamente homosexual, ya que tengo una novia que en verdad me excita (y con la cual hace poco llegué por fin a segunda base), pero el extraordinario deleite que experimento con los traseros de los niños de mi barrio me ha llevado a considerar que tengo la capacidad de disfrutar más de una parte del amplio espectro de la sexualidad. Aunque, para ser sincero, por lo general no abundo mucho en este tipo de reflexiones y prefiero simplemente concentrarme en la situación –o el trasero– presente en cuestión.

“¿Quién va ganando?” les pregunté.

“Esteban, como siempre,” contestó Ismael, un poco malhumorado por la respuesta.

“Esteban siempre ha sido el mejor en este juego,” dije, volteando a ver al referido niño. “Tal vez lo ayudó la motivación que le apliqué anoche. ¿Tú crees, Esteban?”

El pecoso niño se ruborizó y sobó su trasero, recordando la 'motivación' a la que me refería. “Este... s-sí, tal vez...” dijo, notoriamente avergonzado.

Ismael se rió. “¡Entonces fue una 'motivación' muy duradera! Hoy en la escuela estuvo toda la mañana retorciéndose en su asiento,” dijo Ismael y luego se volvió a carcajear.

“Es que esas son sillas muy duras, especialmente para nalguitas calientes como las que seguramente Esteban traía todavía,” dije. Esteban se ruborizó aún más e Ismael continuó riéndose de su amigo. “No te rías tanto, Ismael,” le dije al burlesco niño rubio. “Sé que hace más de una semana que no te ha tocado una de mis 'motivaciones', pero mañana en la noche tu mamá va a salir a cenar con sus amigas y me pidió que me quedara en tu casa a hacerla de tu niñero. Y ya sabes que todas las mamás aprovechan para hacerme otro tipo de encargos ya que estoy ahí...”

La expresión burlona de Ismael cambió instantáneamente a una de consternación; tragó saliva y su rostro palideció. Sabía muy bien qué tipo de 'encargos' me hacían comúnmente sus madres cuando yo trabajaba de niñero. Los demás niños se rieron ante el gracioso cambio de expresión de Ismael.

Todos los presentes eran parte de un grupo inseparable de amigos. Y todos eran especiales, tanto para mí como para mi nalgueadora mano. Esteban, de pecas y cabello castaño, era el más inteligente de todos; y también era poseedor del par de nalgas más bonitas de la Calle Roble. Nicolás, de tez morena, era el más travieso e imaginativo; su morenito trasero era el que más rebotaba con cada nalgada. También estaba ahí Tadeo – el par de pompis más coquetas del barrio; Tadeo era... pues... coqueto; luego tendré que abundar más en su particular caso. Y finalmente se hallaba ahí Ismael, el más burlón y risueño; su exagerado llanto y pataleo al ser nalgueado era tan dramático como su burlesca risa.

“¡Juega con nosotros, Julián!” me dijo Tadeo, quien siempre era el que más buscaba mi compañía. Aunque, en realidad, todos me aceptaban gustosamente como uno de ellos en cualquier juego o actividad (excepto cuando la actividad estaba relacionada con mi mano y su trasero, lo cual tenían que aceptar con mucho menos gusto).

“¡Sí! Yo te presto unas canicas,” me dijo Nicolás, entregándome un puñado de las pequeñas esferas.

“¡Ándale! Aunque sea quédate un rato,” me dijo Ismael, sonriendo una vez más.

“¿O tienes miedo de que te gane?” me dijo Esteban, levantando una ceja y lanzándome una sonrisa retadora. Después, para mi sorpresa, empinó el trasero juguetonamente y se dio a sí mismo dos fingidas nalgadas. “Con la 'motivación' que me diste anoche, parece que nadie me puede ganar el día de hoy. Además, tu brazo debe seguir muy cansado después de todo el ejercicio que hizo ayer para 'motivarme'. Sí, yo creo que es mejor que no juegues si no quieres terminar humillado.”

Los demás se rieron al escuchar a Esteban y yo sonreí de oreja a oreja. Nada, absolutamente nada reducía el espíritu juguetón de estos niños. Los nalgueabas un día y al siguiente ya te estaban retando y contagiando de su ilimitada energía y buen humor. Es cierto que hacían muchas travesuras y daban muchos dolores de cabeza a sus madres, pero también era imposible no quererlos de corazón. Eran mis amigos y vivíamos una relación con la que todos estábamos conformes. Había momentos para jugar, había momentos para hacer travesuras y había momentos para nalguear a los traviesos. Ellos lo entendían muy bien y nadie estaba realmente inconforme con ese sano equilibrio. Para los niños de mi barrio, recibir nalgadas era lo más natural del mundo, aunque eso no ayudaba a que las temieran o las sufrieran menos – como con cualquier niño, todos ellos sentían terror ante la amenaza de unas buenas nalgadas, y todos lloraban y pataleaban con impresionante energía cuando mi mano descendía en una implacable lluvia de azotes sobre sus desnudas posaderas.

Sí, todos entendíamos que había un momento para cada cosa. Y éste era un momento para jugar y para responder el reto lanzado. Revisé mi reloj y vi que aún faltaban quince minutos para la hora a la cual me citó la mamá de Pablito.

“Está bien,” dije. “Tengo suficiente tiempo para hacerte tragar tus palabras, Esteban. ¡Prepárate para perder!”

Los niños vitorearon y nos dispusimos a jugar. Como si en apoyo nuestro juego, el sol mantuvo sobre nosotros su manto rosa-y-anaranjado por varios minutos más, por lo que tuvimos suficiente iluminación para completar nuestro breve torneo. Justo al final del torneo, el sol por fin se ocultó para dar paso a la noche. El alumbrado público se encendió, pero su luz no era suficiente como para seguir jugando, por lo que los niños guardaron sus canicas para regresar a sus casas.

El juego había estado reñido pero Esteban terminó ganando. Acepté mi derrota y Esteban hizo un breve baile de celebración que me hizo reír. Luego me despedí de ellos.

“Nos vemos mañana, Ismael,” le dije al rubio niño. Extendí mi brazo detrás de él y cogí su nalga derecha con mi mano, apretándola y desapretándola varias veces, como si evaluando su textura. La tela del shorts que traía Ismael era tan delgada que mi mano logró acaparar por completo la curvatura de su nalga, mis dedos alcanzando a escabullirse un poco por dentro de la brecha entre ambos glúteos. “Recuerda que me toca ser tu niñero mañana en la noche.”

Ismael se ruborizó y tragó saliva. “¡S-sí, claro! ¡Nos v-vemos mañana!” dijo. Sonriéndole, le di dos suaves palmaditas en la misma nalga, como si mi mano le estuviera diciendo a su lindo trasero: 'Nos vemos muy pronto'.

Me despedí de los demás y luego los vi partir. Se alejaron juntos mientras platicaban, reían y discutían cuál y cuándo sería su siguiente juego (o travesura).

*

La casa de Pablito se encontraba justo frente al parque. Toqué la puerta y confirmé con mi reloj que había llegado justo a la hora solicitada. La puerta se abrió y la Sra. García, mamá de Pablito, me dio la bienvenida.

“Pasa, Juliancito, pasa,” me dijo, sonriente, mientras yo entraba a la casa. “Llegaste justo a tiempo, ya estoy por salir. ¡Pablito, baja! ¡Ya llegó Julián!”

Respondiendo al llamado de su madre, un niño de 12 años bajó las escaleras. Negros mechones de pelo se asomaban por debajo de su gorra de beisbol. Sus brillantes y despiertos ojos me miraron con intensidad, pero su sonrisa me indicó que le daba gusto verme. Pablo era en verdad un niño muy lindo, con un rostro tierno y apuesto cuya aura de inocencia podría hacer pensar que este niño era incapaz de realizar diabluras – pero las apariencias a menudo engañan.

“Hola, Pablo,” lo saludé. Todos en el barrio le habían siempre llamado 'Pablito', pero, desde unas semanas atrás, él nos había estado pidiendo que le empezáramos a llamar 'Pablo'. Hasta ahora, yo era el único que había cumplido con su solicitud.

“¡Hola, Julián!” me dijo Pablo. “Qué bueno que llegaste, estaba muy aburrido. ¿Vamos a jugar videojuegos? ¡También tengo un juego de mesa nuevo!”

“Claro que sí jugaremos,” dije. “Pero antes de eso tienes que hacer tu tarea. ¿Tienes tarea para mañana?”

Pablo gruñó. “Sí, sí tengo... Mmmf, está bien, haré mi tarea antes de que juguemos. La maestra nos dejó una muy difícil...”

“No te preocupes, yo te ayudo a hacerla,” le dije.

“¡Sí, por favor!” dijo él. “¡Gracias!”

“Muchas gracias, Juliancito,” me dijo la Sra. García. “Pero solamente explícale cómo hacerla, no se la vayas a hacer tú por completo. ¡Y tú, Pablito, ya te he dicho que te quites esa gorra cuando estás dentro de la casa! ¡Tu cabello necesita respirar!”

Pablito soltó otro gruñido pero obedeció, quitándose la gorra. Su negra cabellera revoloteó al ser retirada la opresiva prenda, como si celebrara su nueva libertad.

“Es un niño muy desobediente a veces,” me dijo la Sra. García. “Lo que me recuerda, Julián: Necesito pedirte que le des unas buenas nalgadas a Pablito antes de la hora de dormir.”

“¿QUÉÉÉÉÉ?