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Mi Barrio
Capítulo 02

by Rick1463

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Copyright on this story text belongs at all times to the original author only, whether stated explicitly in the text or not. The original date of posting to the MMSA was: 09 Jan 2013


Mi Barrio – Capítulo 2
 

Una vez sentados a la mesa del comedor, Pablo abrió su cuaderno y me mostró las indicaciones que su maestra había dictado para su tarea, la cual consistía en hacer un resumen de un capítulo del libro de historia.

Abrí el libro y busqué el capítulo correspondiente. Al encontrarlo, comencé a leer en voz alta el capítulo, pidiéndole a Pablo que prestara atención para posteriormente escribir el resumen. Le pedí que si le surgía alguna duda durante la lectura, me la hiciera saber.

Leí varios párrafos en voz alta hasta que el silencio de Pablo, sentado a mi lado, me pareció extraño. “¿No tienes ninguna duda hasta aquí, Pablo? ¿Pablo?” pregunté, sin recibir respuesta.

Levanté la vista del libro y descubrí que Pablo se encontraba jugando con su celular.

“Pablo, ¿pero qué estás haciendo?” pregunté.

Pablo se rió de algo que veía en su teléfono. “Estoy viendo unas fotos muy chistosas que subieron al internet mis amigos,” dijo Pablo y se volvió a carcajear. “¿Quieres verlas?”

Por un momento no supe qué contestar. “¿Unas fot-? ¿Entonces no escuchaste nada de lo que te estaba leyendo? ¡Te pedí que pusieras atención!”

“Sí, sí, te estaba escuchando,” dijo, sin quitar la vista de su celular, marcando teclas mientras hablaba. “Dijiste algo de... algo de una costilla del padre de un tal Miguel.”

“¿Una costilla de quién?” dije, incrédulo. “¡Te estaba leyendo algo sobre el padre Miguel Hidalgo y Costilla, el que inició la Independencia de México! ¡Guarda inmediatamente ese teléfono y pon atención! Voy a tener que volver a empezar a leer desde el principio.”

“Está bien, está bien, no te alebrestes...” dijo Pablo, guardando su teléfono en el bolsillo de su pantalón.

Tomé un profundo respiro, armándome de paciencia, y empecé de nuevo a leer desde el principio. A la mitad del capítulo, volteé a ver a Pablo para preguntarle si tenía alguna duda hasta el momento, a lo cual respondió que no. Su cara de enfado y su postura aflojerada –sus brazos apoyados sobre la mesa y su cabeza descansando en éstos– me hizo pensar que la lectura no parecía exactamente estarlo emocionando, pero al menos ya no estaba distraído con alguna otra cosa. Continué leyendo hasta terminar el capítulo.

“Y eso es todo,” dije, levantando la cabeza. “¿Qué te pareció? ¿Entendiste todo lo que leí? ¿Pablo?”

Volteé hacia el niño para descubrir, incrédulo, que Pablo se hallaba nuevamente jugando con su teléfono. Esta vez lo intentaba hacer a escondidas, sosteniendo el celular a un lado de su bolsillo, evidentemente intentando que yo no me percatara de lo que hacía. Al darse cuenta de que yo ya no leía, sino que le estaba hablando directamente a él, se sobresaltó y guardó con prisa su teléfono en el bolsillo.

“¿C-cómo?” preguntó. “Ah, sí, sí, entendí t-todo muy bien... Estabas, este... estabas leyendo algo sobre una c-corredora...”

“No leí nada sobre una 'corredora',” dije, mientras sentía cómo la última porción de mi paciencia me abandonaba. “Estaba leyéndote algo sobre 'La Corregidora”, que es otro personaje de la Independencia. Pero como veo que no haces caso cuando te pido con palabras que pongas atención, ahora es momento de actuar como tu 'Corregidor'. ¡Ven para acá!“

Tomando a Pablo del brazo, lo levanté de su silla, para luego comenzar a abrir la bragueta de sus pantalones.

“¡NO!” dijo Pablo, previendo lo que estaba por ocurrir. “¡Por favor, Julián! ¡Todavía no! ¡D-dijiste que podíamos hacer eso hasta más tarde...!”

“No te preocupes,” le dije mientras le bajaba los pantalones hasta los tobillos, revelando sus ajustados calzoncillos blancos. “Las nalgadas que pidió tu mamá te las voy a dar más tarde, como te había dicho. Esto sólo va a ser una pequeña llamada de atención.”

Me levanté de la silla y, sosteniendo su brazo con mi mano izquierda, giré a Pablo de perfil y comencé a nalguearlo con mi mano derecha. *¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!*

“¡AAYY! ¡AAYY!” se quejaba Pablo mientras mi mano seguía contectando sonoros manazos sobre sus pronunciadas posaderas. El niño parecía bailar al retorcer su cuerpo con cada impacto, pero mi otra mano lo sostenía firmemente, impidiéndole escapar del castigo. *¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!* “¡AAYY! ¡YA NO, POR FAVOR! ¡AAYY! ¡ME VOY A PORTAR BIEEEEEN! ¡AY-AY-AAAYYY, MIS POMPAAAAS!”

Yo estaba sinceramente molesto por la forma en que me desobedeció, haciédome leer todo un capítulo del libro sin prestarme atención, por lo que continueé las nalgadas sin reducir la fuerza. Pero aun sintiendo esa verdadera molestia, otra parte de mí se encontraba disfrutando del gracioso 'baile' del niño. Y otra parte de mi mente se enfocaba en lo atractivo que se veía su trasero, zarandeándose al ritmo de los azotes. El movimiento había logrado que los calzoncillos penetraran un poco por la hendidura entre ambas nalgas, remarcando la hermosa redondez de las mismas. Por el frente, la blanca tela del calzón sujetaba cariñosamente el lindo bultito de su infantil virilidad.

*¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!* “¿Vas a poner atención?” dije mientras lo zurraba. *¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!* “¿Vas a concentrate en tu tarea?”

“¡AAYY! ¡SÍ! ¡SÍ! ¡VOY A-!” *¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!* “¡AAYY! ¡VOY A PONER ATENCIOOOOÓN!” *¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!* “¡AAYY! ¡AY-AY-AY, POR FAVOOOOOR! ¡AAAYYY! ¡ME DUEEELEEEE! ¡AAAYYY!”

Le dí unas cuantas más, con potencia extra para lograr un final explosivo. Luego lo solté y el niño comenzó a saltar y a sobarse las nalgas mientras seguía gimiendo de dolor. Sus gemidos aun no habían llegado a un nivel al que se le pudiera realmente llamar llanto, pero sí habían alcanzado un leve lloriqueo que seguramente ya había comenzado a activar sus lagrimales (los cuales tendrían bastante trabajo que hacer antes de la hora de dormir).

Cuando se tranquilizó, Pablo comenzó a subirse el pantalón pero lo detuve. “No, lo siento,” dije. “Quítate por completo el pantalón. Te quiero solamente en calzones por el resto de la noche, para que si vuelves a desobedecer sea más rápido y más fácil poder darte otra 'llamada de atención' como ésta.”

Pablo lloriqueó un poco más fuerte al escuchar la instrucción y se ruborizó, pero obedeció. Se quitó los tenis y luego los pantalones, doblando estos últimos para luego ponerlos sobre la mesa. Después se sentó con mucho cuidado en su silla, haciendo un gesto de dolor cuando sus adoloridas pompis tocaron la dura madera del asiento, acompañando el gesto con un “¡Ay-ay-ay-ayyy!”. Luego deslizó una mano por en medio del asiento y de su nalga derecha, para seguirla sobando.

El lloriqueante niño levantó la mirada para lanzarme unos ojos de perrito regañado, complementándolos perfectamente al unir sus labios en una enternecedora trompita. Supe entonces que éste era un niño que estaría mansito y obediente al menos por un rato. Satisfecho con mi trabajo de 'Corregidor', le sonreí, sacudí su cabello amistosamente con mi mano y luego comencé a leer una vez más el capítulo. Esta vez Pablo puso mucha atención y logró escribir un excelente resumen al final de la lectura.

*

Terminada la tarea, Pablo trajo su nuevo juego de mesa y juntos leímos y aprendimos las reglas. Luego jugamos por un buen rato.

Pablo estaba evidentemente emocionado con el juego. Su alegría casi me hubiera hecho pensar que ya se había olvidado de la breve sesión de nalgadas que acababa de recibir, a no ser porque de vez en cuando lo veía deslizar una mano por debajo de su trasero para aplicar una rápida sobadita.

Su camiseta llegaba apenas hasta la cintura y no alcanzaba a cubrir, ni siquiera parcialmente, a sus calzoncillos blancos. La imagen me generaba una mezcla de ternura y genuina excitación – me encontraba jugando con un niño que, sentado junto a mí, no vestía bajo la cintura otra cosa más que sus calzones (excepto por sus calcetines, claro).

Y en ese instante supe que probablemente yo no sentiría lo mismo si se tratara de otro niño en lugar de Pablo, o al menos no con la misma intensidad. Por alguna razón, Pablo era quien despertaba con mayor fuerza esas eléctricas sensaciones en mí. Pablo para mí era especial y lo consideraba mi mejor amigo en todo el barrio. Era un niño alegre, inteligente y, a pesar de ser tan desobediente a veces, era en realidad muy noble y extremadamente tierno.

Y también, por qué no decirlo, era un niño bastante lindo para sus 12 años de edad, con un rostro que podía enternecer a cualquier corazón. Me encontré a mí mismo suspirando –mi cabeza apoyada en una mano– mientras contemplaba al encantador chamaco, mientras éste celebraba un favorable lanzamiento de los dados.

“Oye, Julián,” dijo Pablo, tras su breve celebración.

“¿Eeeeh?” dije, levantando la cabeza. Parpadeé varias veces, intentando despertar de mi previo estado de ensoñación. “¿Q-qué pasa?”

“Ya va empezar la temporada de beisbol,” dijo. “¿Me vas a llevar?”

Nuestra pequeña ciudad tenía un equipo profesional de beisbol que participaba en una liga regional. A Pablo le encantaba ir a ver los juegos y yo lo había llevado a varios durante la temporada anterior. Su madre no le permitiría ir solo, pero sí con mi compañía y supervisión.

“Claro que sí,” dije. “Si quieres vamos al partido inaugural. ¿Qué opinas?”

“¡SÍÍÍÍÍ!” exclamó, saltando de su silla con desbordante emoción, sus brazos alzados en señal de victoria.

“Y hablando de beisbol,” dije. “¿Ya empezó a practicar el equipo de tu escuela?”

“Sí, entrenamos ayer. Y mañana nos toca otra vez. El fin de semana es nuestro primer partido, vamos a jugar contra la Ocho,” dijo, refiriéndose a la Escuela Federal Ocho.

“Avísame a qué hora es el juego, para ir a echarte porras.”

“¿En serio?” dijo, un resplandor cruzando por sus ojos. “¿Irás a verme jugar? ¡Excelente!”

“Tal vez le pueda ayudar a tu equipo con algunos consejos de mi época de beisbolista...” dije. Yo también había jugado beisbol unos años atrás, aunque con muy poco éxito.

“¡Ja, ja, ja, ja! ¡No me hagas reír!” se burló Pablo. “¡Eras málísimo para jugar!”

“¡Hey!” dije, fingiendo indignación, pero sabía que era la verdad. “Bueno, es cierto, pero... también veo el beisbol de las grandes ligas por la televisión. ¡He aprendido mucho sobre estrategias!”

“No ves más que los partidos de los Rockies de Colorado, que es tu equipo favorito. ¡Y cada año juegan peor! ¿Nos vas a enseñar estrategias para ser tan malos como ellos?” dijo y se volvió a carcajear.

No pude evitar reírme de su burla. “Bueno, bueno, pero en esto de los juegos de mesa soy mucho mejor. ¡Vamos a ver quien ríe al último en esta mesa!”

Seguimos jugando un rato más. El juego estuvo reñido, pero al final Pablo fue el ganador. Se levantó de su silla y comenzó un pequeño baile de victoria.

“¿Quién se rió al último, entonces?” dijo en tono burlesco, recordándome mis palabras mientras bailaba frente a mí. “¡La respuesta es, yo! Mírame reírme: '¡Ja, ja, ja, ja, ja!”

“Está bien, está bien, ya te ganaré la próxima vez,” dije. “En un rato más podemos jugar videojuegos, para los cuales sí soy mejor que tú.”

“¿QUÉÉÉÉ?” dijo Pablo, incrédulo ante mi declaración. “¡Eso es una total mentira! ¡Vamos a jugar inmediatamente para hacerte comer tus palabras!”

Me reí de su indignación. “Dije que 'en un rato más'” porque, hablando de comer, ya es hora de que cenemos. Voy a calentar la sopa que dejó tu mamá.“

“¡Guácatelas!” dijo Pablo, haciendo una mueca de asco. “¡Tiene muchas verduras! Mejor hay que cenar unas galletas, ¿no?”

“Nada de galletas, es importante que comas verduras. Quédate aquí sentadito mientras caliento la sopa. Y no sigas rezongando si no quieres que caliente también otra cosa – te doy una pista: Empieza con 'nalg'.”

Pablo hizo una expresión de enojo y cruzó los brazos sobre la mesa, recostando su cabeza sobre ellos, en evidente pose de berrinche. Pero había comprendido la advertencia y dejó de rezongar, limitándose solamente a gruñir en protesta desde su asiento.

Me levanté de mi silla y en tres pasos ya estaba en la cocina, ya que ésta se hallaba junto al comedor. Mientras calentaba la sopa pude vigilar que Pablo continuara sentadito y tranquilito. Le lancé algunas miradas firmes, como advirtiéndole que no se le fuera a ocurrir comenzar a desobedecer. Él me respondió con muecas de enfado para hacerme saber su descontento.

Llevé los dos platos de sopa caliente a la mesa y los serví. Comencé a comer, pero Pablo siguió recostado sobre la mesa.

“Pablo, cómete tu sopa,” dije, tratando de oírme estricto. “¿Quieres que mi mano tenga otra conversación con tu trasero?”

Al escuchar eso, Pablo finalmente levantó la cabeza –gruñendo mientras lo hacía– y comenzó a comer la sopa muy, muy lentamente. Su rostro continuó mostrando una expresión de asco. Luego comenzó a sacar las calabacitas de la sopa con la cuchara, poniéndolas sobre la servilleta que tenía junto al plato.

“Pablo, ¿qué estás haciendo?” dije.

“No me gustan las calabacitas,” dijo. “¡Son asquerosas!”

Pensé en insistir que tenía que comerse absolutamente todo, pero respiré profundamente y consideré que tal vez sería mejor estrategia cederle una victoria para que se comiera el resto. “Está bien, pero cómete todo lo demás.”

Seguí comiendo mi sopa por unos momentos. Pero luego volteé otra vez hacia Pablo y descubrí que ahora estaba sacando las zanahorias del plato.

“¡Pablo!” dije.

“¡Tampoco me gustan las zanahorias!” dijo. En eso empezó a sacar todo tipo de verduras del plato. “Ni tampoco me gusta esta verdura, ni ésta, ni ésta... ¡ninguna me gusta! Nada más voy a comer un poquito de caldo, sin verduras. ¡Y dí que te fue bien!”

Una vez más sentí la temperatura de mi sangre elevarse ante la desobediencia del malcriado mocoso. ¿Creía que él podía poner sus propias reglas en la casa? Le iba a enseñar que estaba muy, pero muy equivocado. Me levanté de la mesa y caminé de nuevo hacia la cocina. Pablo giró en su asiento y me siguió con la mirada, su expresión volviéndose nerviosa.

“¿A d-dónde vas?” dijo Pablo. “¿Qué vas a hacer?”

“Voy a enseñarte que tú no te mandas solo,” dije, abriendo un cajón de la cocina. “Y que siempre tienes que comerte todas tus verduras. Como no lo entiendes con palabras, ahora vamos a usar un método más efectivo para explicarte las cosas. ¿Ya lo conoces, no?”

Saqué del cajón una enorme cuchara de madera y se la mostré a Pablo, quien se levantó de un salto de su silla.

“¡NO!” dijo, aterrorizado. “¡D-DIJISTE QUE MIS NALGADAS SERÍAN HASTA MÁS TARDE! ¡Y DIJISTE Q-QUE IBAS A USAR TU MANO! ¡ESA CUCHAROTA NO SE VALE!”

“Número uno,” dije, acercándome hacia él con pasos exageradamente lentos para acentuar el suspenso, mientras con la cuchara de madera daba firmes y paulatinos golpecitos sobre la palma de mi mano: *¡Tap!... ¡tap!... ¡tap!... ¡tap!...* “Estas no son tus nalgadas oficiales, sino solamente una llamada de atención, como la que te dí hace rato. Tus nalgadas oficiales serán más tarde, como te había dicho.”

“¡PE-PE-PERO...!” comenzó a decir Pablo, sus aterrados ojos clavados en la cuchara. Cubrió con sus manos su trasero, lo cual hacía comúnmente cuando sabía que estaba a punto de recibir unas inevitables