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Tristán
Parte 1 – La revisión

by Chiquitin

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CAPÍTULO I: LA REVISIÓN

- Si les parece me gustaría conocer al chico.

Los padres de Tristán llevaban ya un buen rato de café, pastas y conversación de ascensor. Esta era una de las ocasiones en las que el Padre Juan habría deseado tener más habilidad para el trato social; era consciente de la complicada situación que atravesaba esa familia y de la humillación que para ellos suponía solicitar que su único hijo varón se formara dentro de la Orden para ser asignado como sirviente a un caballero acaudalado. Pero no disponía de más recursos ni circunloquios para plantear con más delicadeza la cuestión que le había llevado a esa casa.

Eso no significaba que para él la selección de muchachos fuera una tarea rutinaria; no era una frase tópica que todos y cada uno de los jóvenes con los que trataba a diario eran especiales para él. Y la actitud de sus familias era también de lo más variopinta; algunas apenas disimulaban la indiferencia, otras su alivio por resolver el problema de un hijo díscolo, con problemas de disciplina o sin un futuro claro; incluso en algunos casos era patente la codicia por la recompensa económica que recibirían del nuevo amo de su vástago. No era este el caso; se trataba de un matrimonio que había disfrutado de una posición acomodada, como era evidente tanto por el mobiliario de la casa como por su forma de comportarse, y seguramente hasta muy poco tiempo atrás jamás habrían considerado verse un día en esa situación ni habían necesitado nunca plantearse cuánto ni cómo de rápido puede cambiar la vida de una persona o de toda una familia pasando de tener sirvientes a servir. Su sentido de la honra les había impedido mencionar la cuestión del dinero, y de hecho nada en su forma de actuar hacía suponer que la cuestión económica les preocupara, aunque el Padre Juan estaba muy al tanto de la situación real que atravesaban.

No obstante, no había lugar para la preocupación en ese sentido; la Orden no iba a malvender a Tristán y sólo ofrecería al chico a un amo que correspondiera con una contraprestación monetaria, no sólo apropiada a los valores del joven, sino generosa. Los Padres tenían más experiencia que nadie en actuar como intermediarios entre señores acaudalados faltos de personal de servicio masculino, o a veces simplemente necesitados de compañía, y jóvenes varones en situaciones complicadas necesitados de trabajo y de apoyo, a veces tanto económico como emocional; habían sido de hecho pioneros en esas funciones y sabían perfectamente llegar a los mejores acuerdos para ambas partes. Si era cierto lo que había llegado a sus oídos acerca de las virtudes de Tristán, y el plan que había concebido para el muchacho llegaba a cumplirse, le esperaba un próspero futuro y los problemas de la familia estarían solucionados. Pero al maduro sacerdote, sin ser en absoluto pesimista, le gustaba mantener la prudencia y no dar rienda suelta a su imaginación.

La mirada de la madre no pudo disimular por un instante una cierta altanería e indignación ante lo directo de la pregunta de su invitado. Pero enseguida recompuso su máscara de perfecta anfitriona y dejó responder a su marido:

- Naturalmente, Padre, sé que es usted un hombre ocupado. Tristán está en su habitación, ¿le digo que venga?
- No se preocupe, le examinaré más cómodamente en su habitación.

Un atisbo de inquietud turbó la mirada de la madre.
- ¿Podemos estar presentes mientras habla con él, Padre?
- Si insisten, el papá de Tristán puede venir conmigo. Lo lamento pero usted deberá esperarnos fuera, señora.

La madre solo pudo musitar un de acuerdo, Padre mientras apartaba turbada la vista. El padre, que también había comprendido a la perfección que la entrevista iba a exigir el desnudo integral del muchacho, se encaminó taciturno, seguido de cerca por el sacerdote, a la habitación de su hijo y llamó a la puerta con los nudillos, gesto que no tenía más función que la de trámite cortés e informativo, en ningún caso de consulta. El sacerdote juzgó favorablemente que el señor de la casa entrara en la estancia con decisión y sin esperar respuesta; los muchachos acostumbrados a vivir bajo una autoridad paterna fuerte no solían tener grandes problemas en adaptarse a su nueva vida.

- Buenos días, Tristán.

El Padre Juan se fiaba mucho de sus primeras intenciones sobre los chicos aspirantes a formarse en la Abadía, especialmente después de casi treinta años de experiencia seleccionándolos, y la que tuvo de Tristán no pudo ser más favorable. Dos cosas agradaron en especial al sacerdote: la primera y más evidente, la belleza despreocupada del muchacho, agradable contrapunto a la coquetería y narcisismo que con frecuencia veía y corregía en la abadía de la Orden, tanto entre los novicios como entre los jóvenes sirvientes a los que seleccionaban y formaban. El muchacho no tardaría en malearse y aprender a servirse de sus encantos, pero al menos sus padres no habían hecho ya ese trabajo por él. Y todavía más refrescante le pareció su ausencia de malicia; lejos de intentar mostrar una forzada naturalidad, fingir estar leyendo un libro o mostrar desinterés, Tristán evidenciaba haber estado escuchando la conversación de los adultos detrás de la puerta, de la que solamente había tenido tiempo a despegarse uno o dos pasos, recibiendo a su visitante en medio del cuarto sin poder disimular su ansiedad ante la posibilidad de ser desnudado y examinado atentamente. Y más agitado aún se habría mostrado el inocente de haberse podido imaginar que el Padre Juan tenía además la intención de, en caso de que el examen fuera favorable y obtuviera el visto bueno para su incorporación a la Abadía, comenzar su entrenamiento en ese mismo instante castigándole por su indiscreción.

- ¿Dónde están tus modales, jovencito?

La recriminación paterna sacó al guapo joven parcialmente de su atoramiento, o al menos le indicó el primer paso a seguir.

- Buenos días, Padre, cómo está?
- Bien, Tristán, gracias. ¿Puedo sentarme? – El sacerdote señaló la silla de la mesa de estudio del joven; naturalmente el permiso se lo solicitaba al padre del joven, que asintió con la cabeza.

El Padre Juan apartó la silla, se quitó la chaqueta, colocó su cartera a un lado y se sentó con calma, apreciendo el nerviosismo y la actitud obediente de Tristán, que miraba en todas las direcciones con la cabeza semiagachada y las manos a la espalda. Naturalmente en la Abadía le reforzarían la costumbre de mostrar sumisión a los hombres maduros, pero aquel no era un mal comienzo.

Una vez sentado en posición cómoda para la inspección que iba a realizar, con gran placer por otra parte, el sacerdote recorrió apreciativamente con la vista el cuerpo del joven, que no era alto ni bajo, ni delgado ni entrado en carnes. Naturalmente su forma de vestir adolescente era inadmisible, con una camiseta de algún grupo musical y un pantalón de chandal, pero eso sería de lo primero que se encargarían de corregir en la Abadía.

- Acércate, por favor. Voy a examinarte.

Tristán miró a su padre, que observaba la escena con aparente calma, de pie junto a la puerta con los brazos cruzados.

- Haz todo lo que te diga el padre, hijo.

El muchacho obedeció y dio dos pasos acercándose al sacerdote, el cual le animó con señas a aproximarse a él hasta que lo tuvo a una distancia suficientemente corta como para tomarlo de la mano y colocarlo de pie justo a su lado agarrado por la cintura. Por fin había llegado la parte con la que el Padre Juan disfrutaba realmente, que era el contacto con el joven y las primeras lecciones de disciplina.

Lo miró fijamente a los ojos con una media sonrisa; el muchacho, tímido, no supo sostenerle la mirada.

- Estás nervioso, hijo?
- Un poco, Padre.
- Igual que tu padre, en la Orden queremos lo mejor para ti, así que no tienes nada que temer. Basta con que seas bueno y obediente. Está claro?
- Sí, Padre.
- Muy bien. Ahora mantén la mirada baja, como la tienes ahora, y habla solo para responder cuando se te pregunte. ¿De acuerdo?
- Sí.
- Se dice sí, Padre cuando te habla un sacerdote. Sí, papá, si te habla tu padre. Sí, señor, cuando te hable cualquier otro hombre mayor. Que no lo tenga que repetir. ¿Está claro?
- Sí, Padre.
- Muy bien. Pon las manos en la nuca y no las muevas de ahí hasta que te lo diga.

Obediente, Tristán se colocó en una posición de sumisión que pronto sería muy familiar para él.

- Muy bien, Tristán. Ahora voy a bajarte los pantalones y los calzoncillos y tú vas a estarte quietecito.

No hubo respuesta; el muchacho respondía a la sumisión a gran velocidad. Tampoco el padre hizo muestras de inmutarse ni de hacer nada que no fuera seguir contemplando la escena a cierta distancia.

Con mano experta y acostumbrada a desnudar jovencitos, el Padre Juan deslizó el pantalón del chandal del muchacho hasta las rodillas, dejando al aire unos deliciosos muslos firmes y no excesivamente vellosos. El slip de pequeños lunares, casi infantiles, del muchacho le agradó mucho, así como el temblequeo de sus piernas, que el joven no era capaz de dominar.

Al levantar la mirada, le enternecieron la mirada suplicante y los ojos húmedos de Tristán, que se cruzaron con los suyos un brevísimo instante antes de dirigirse hacia abajo de nuevo. Haciendo caso omiso de la súplica, el sacerdote agarró con firme suavidad el elástico del slip y lo bajó hasta que hizo compañía al pantalón de deporte dejando los genitales, las nalgas y los muslos del joven al descubierto.

El Padre Juan echó un vistazo a los genitales y comprobó con la mano derecha su consistencia; separó el pene y tiró muy levemente del prepucio, lo que provocó un gemido de súplica muy excitante por parte del muchacho. Aparte de comprobar que todo estuviera en orden, y de asegurarse que el joven varón era tal, puesto que alguna anécdota circulaba en la Orden relativa a alguna chica a la que su familia había intentado colar disfrazada de chico, el reconocimiento tenía como principal función humillar al aspirante y facilitar su sumisión. Los caballeros que solicitaban los servicios de la Abadía, con alguna excepción, no estaban excesivamente interesados en el miembro viril de su personal doméstico, sino más bien en la parte posterior de su anatomía, que era la parte clave de la inspección y lo que el sacerdote iba a revisar a continuación.
 

Asegurándose de que Tristán seguía con las manos en la nuca y la cabeza baja, lo hizo girar 180 grados con un movimiento de muñeca para poder contemplar su trasero. Al hacerlo no pudo evitar un murmullo apreciativo de gran satisfacción; los monjes de la Abadía ofrecían a sus clientes un servicio de calidad muy especializado y, dado el número limitado de chicos a los que podían adiestrar en sus instalaciones y la avalancha de solicitudes que recibían, solo admitían para su formación a los más guapos. Y su criterio respecto a la belleza de un muchacho incluía necesariamente unas nalgas bonitas, puesto que esta parte de la anatomía masculina era siempre la predilecta de sus selectos clientes.

El sacerdote se consideraba, con razón, un experto en nalgas de muchachos, y las de Tristán, redondas, carnosas, sin vello y muy suaves al tacto, como el sacerdote no tardó en comprobar, harían sin duda las delicias de su dueño y subirían considerablemente tanto el precio que el caballero pagaría por el chico como las posibilidades de este último de disfrutar de una posición desahogada en la casa como favorito del amo y señor del lugar, acorde con sus estudios y sus orígenes nobles. Como toda rosa tiene su espina, el don que la naturaleza le había otorgado al joven venía irremediablemente unido a una contrapartida; el afortunado amo que finalmente pagara por llevarse a casa a Tristán no podría ni querría evitar la tentación de azotar una y otra vez y hacer enrojecer aquel apetitoso trasero por los motivos más nimios. Al joven le esperaba mucho bienestar material pero también muchas y dolorosas azotainas. Mientras comprobaba con ambas manos la suavidad de los glúteos que se ofrecían ante él, el Padre Juan pensaba en las manos firmes, reglas, varas, cepillos, palas, cinturones y largo etcétera de instrumentos de castigo que los atormentarían y enrojecerían durante los días, y probablemente años, siguientes. Una amplia sonrisa inundó su rostro al pensar que su mano sería la primera en inaugurar aquella larga sucesión de azotes dentro de pocos minutos.

Se dirigió al padre de Tristán, que contemplaba la escena con cierta preocupación.

- Le felicito por tener un hijo tan guapo, señor. Creo que no vamos a tener ningún problema para colocarlo en una buena casa. Te estás portando muy bien, Tristán. Ahora voy a desnudarte del todo para continuar; date otra vez la vuelta, por favor.

- Padre ...

- ¿No me has oído? Haz lo que se te dice. – El Padre Juan reforzó la orden con un ligero pero sonoro manotazo en la nalga del joven.

La razón por la que Tristán tenía reparos en darse la vuelta se evidenció alegrando la vista del sacerdote; el ser manoseado le había provocado una erección. Probablemente el muchacho tenía una tendencia natural a la sumisión que iba a hacer más fácil la tarea de los frailes durante las semanas siguientes; el Padre Juan pensó que todo le estaba saliendo a pedir de boca y vio más próximo su plan de que el muchacho fuera el próximo secretario personal de cierto caballero.

Haciendo caso omiso del travieso pene del aspirante, el Padre Juan le dio permiso para retirar las manos de la nuca, algo imprescindible para poderle quitar la camiseta. Complacido por su docilidad, le bajó a continuación los pantalones del chandal y los slips hasta los tobillos para luego sacárselos.

Una vez completamente desnudo, Tristán, al que se le recordó una vez más que mantuviera siempre la mirada baja, observó con inquietud cómo el religioso abría la cartera que había traído consigo con sus instrumentos de trabajo. De ella extrajo un cuaderno y una cinta métrica, con la que midió la altura del chico, el largo del torso, las piernas y los pies, y el ancho del cuello, el pecho, la cadera, las nalgas y los muslos, apuntando todos los números meticulosamente. Durante las mediciones, la mano del religioso recorría y palpaba todas las zonas del cuerpo del joven, comprobando la suavidad de la piel y tomando nota de lunares, cicatrices o marcas identificativas. El informe sería entregado a su futuro amo y debía ser lo más detallado posible.

Cuando Tristán pensó que la inspección había finalizado, todavía quedaba la parte favorita para el Padre Juan.

- Ven conmigo, Tristán.

Tomando al muchacho del brazo, lo acercó a la cama y le ordenó colocarse de rodillas encima de la colcha.

- Muy bien, ponte a cuatro patas y separa bien las piernas. Más. Un poco más. Vale, baja la cabeza y apóyala en las manos manteniendo las piernas bien separadas. Perfecto.

Esta postura, en la cual el ano, los genitales, el periné y todas las partes más íntimas del muchacho quedaban perfectamente expuestas a la vista en todo detalle, era conocida en la Abadía como la posición de sumisión y los novicios debían adoptarla con frecuencia ante sus prefectos o ante cualquier autoridad. Era muy efectiva naturalmente para aplicar castigos, pero también para revisiones médicas, administración de enemas o simplemente para recordarles a los novicios su posición subordinada.

El sacerdote acarició la espalda del joven con una mano mientras con la otra iba recorriendo el escaso vello que había entre sus nalgas, la zona perineal y el escroto, que, según la norma, sería afeitado inmediatamente después de la entrada de Tristán en la Abadía. A continuación, considerando que el pupilo estaba preparado ya para la siguiente prueba, exploró su ano con el dedo índice, muy adiestrado en estas prácticas, introduciéndolo poco a poco en su totalidad, haciendo de nuevo caso omiso de los quejidos del humillado joven.

- Tranquilo, no te muevas o te dolerá más.

En muchachos travieso