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Tristán
Parte 2 – El Abad

by Chiquitin

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Copyright on this story text belongs at all times to the original author only, whether stated explicitly in the text or not. The original date of posting to the MMSA was: 17 Sep 2014


CAPÍTULO 2: EL ABAD

Reverendo padre Abad:

No somos una familia de muchos medios, vivo de un modesto negocio y durante años me he sacrificado mucho, al igual que tantos otros padres, para que mi hijo tuviera la mejor educación y el mejor futuro posible. Pablo, mi único hijo varón, aunque siempre ha sido un poco holgazán, nunca dio excesivos problemas en su niñez, siempre ha sido un muchacho cariñoso y obediente, hasta que hace ya un par de años empezó a frecuentar compañías indeseables y a llegar a casa tarde, desaliñado, oliendo a vino o a perfume barato de mujer ... Supongo que me comprende y le ahorro a usted, así como a mí mismo, el bochorno de entrar en más detalles. Si la primera vez que Pablito no se presentó a cenar y tuvo a su pobre madre en vilo durante varias horas me hubiera sacado el cinturón y le hubiera recibido con una buena paliza, como de hecho tenía pensado hacer... pero cometí el error de expresar mis intenciones claramente a su madre, y ella intercedió en seguida en su favor. Con la azotaina nos habríamos ahorrado seguramente la segunda, la tercera y todas las demás noches de borrachera, consumo de drogas, derroche del dinero y del patrimonio familiar, ...

No obstante, aunque tarde, la situación llegó a tales extremos que reaccioné por fin recientemente, un día en el que le faltó al respeto a su madre; sin pensar siquiera en lo que hacía, de manera instintiva le arreé un par de bofetones, lo llevé cogido de la oreja hasta su habitación y cerré la puerta para castigarlo como es debido sin mediaciones de mi esposa ni de mis hijas. Por fin hice lo que quise hacer desde el primer instante en que empezó su mal comportamiento; le hice desnudarse completamente, de hecho yo mismo le quité los calzoncillos al no querer sacárselos él mismo, me senté en su cama (que él tenía sin hacer, por supuesto), lo puse como el Señor lo trajo al mundo sobre mis rodillas y le di una larga y contundente azotaina. A pesar de los gritos, sollozos, súplicas y quejidos de Pablo, y también de su madre y sus hermanas al otro lado de la puerta, no paré hasta que el dolor en la mano me impidió continuar. La tenía inmensamente roja, pero nada comparado con el tono granate del culito del sinvergüenza, que se había convertido por fin en el niño adorable que había sido antes. Lloraba desconsoladamente; lo puse un rato de cara a la pared desnudito y con las nalgas ardientes para que reflexionara, y luego cuando le levanté el castigo él mismo se echó en mis brazos pidiéndome perdón, llorando de nuevo y prometiendo cambiar. Después de tanta tensión por fin volvíamos a ser padre e hijo y a sentirnos cerca el uno del otro.

Pero se imaginará que el propósito de enmienda duró poco y este caradura está volviendo a las andadas ... Se ha apartado demasiado del camino y no va a ser tan fácil encarrilarlo, pero pienso cumplir con mi deber como padre de corregir a este chico y conseguir que no eche a perder su vida. Para evitar problemas con su madre y sus hermanas, que a ratos reconocen que tengo razón pero que enseguida se ablandan y quieren ablandarme a mí, tengo la intención de tomarme unas vacaciones, dejar unos días la tienda en manos de mi mujer, y llevarme al granujilla a una cabaña que utiliza un primo mío durante la temporada de caza pero que en esas fechas estará desocupada. Sin vecinos ni nadie que nos moleste, Pablo y yo solos, por fin podré disponer de tiempo y lugar para proporcionarle todo el cariño y la atención, pero sin duda también todos los azotes y el castigo que necesita. Quiero recuperar al niño obediente al que tanto echo de menos, y estoy seguro de que, aunque no sea consciente de ello, él también necesita, creo que más que nunca, la firmeza de la mano dura de su padre.

Estas vacaciones son la última esperanza que tengo para evitar perder a mi hijo, pero para su éxito necesito su ayuda. Aunque en su interior sigue siendo un crío, el chaval tiene ya el cuerpo de un hombre, con unas nalgas recias y firmes para las que la mano de su padre ya no es suficiente a la hora de darles todo el escarmiento que necesitan. A través de un vecino que también tuvo problemas similares con su hijo hace un tiempo, he conocido el estupendo catálogo de artículos de disciplina que elaboran los religiosos de su Orden y que son lo ideal para los propósitos de un padre desesperado como yo .......

El Abad fue interrumpido en su lectura al escuchar el sonido de nudillos golpeando la puerta de su despacho. Era el Padre Isidoro, el responsable del taller de la Abadía.

— Buenos días, Reverendo. No quiero entretenerlo, pero ya tenemos listos los nuevos pedidos para esta semana, necesitamos su firma.
— Por supuesto, Padre, pase.

El Padre Isidoro acercó el listado de artículos de disciplina que debían salir en el correo del día, junto con las direcciones de los clientes, y que solamente necesitaban la autorización del Abad para poder enviarse. La firma del responsable de la Abadía se estampó debajo de la larga lista de varas, correas, cuerdas, cepillos, banquetas de castigo, supositorios, y largo etcétera de herramientas de disciplina que en breve saldrían hacia todos los barrios de la capital y los pueblos de la comarca. Unos pedidos esperados con mucha ilusión por sus receptores, aunque naturalmente no tanto por los jóvenes cuyos traviesos traseros eran los destinatarios finales de todos esos eficientes instrumentos de castigo.

— Perfecto, ahora mismo se lo firmo. ¿Alguna novedad en el taller?
— Hemos recibido una petición de los hermanos de la sede del suroeste, Reverendo. Parece que han tenido un gran incremento de la demanda y nos preguntan si tenemos excedentes.
— Pues lo veo complicado, fíjese en todo el correo que tenemos esta semana – el Abad señaló la pila de cartas que tenía encima de la mesa, al lado de la que había estado leyendo hasta ese momento-. Y la correspondencia ha sido ya filtrada previamente por el Padre Germán; salvo algún error por su parte, que sería extraño, todas estas solicitudes serán aceptadas. Tan pronto podamos les daremos una lista de todos los instrumentos de corrección que deberían estar listos para la próxima semana. Ya me comentará si necesitan refuerzos en el taller para la producción.
— Pues es posible, Reverendo, cada vez tenemos más peticiones. Parece que hay mucho traviesillo portándose mal en todas partes.

El Abad sonrió.

— Eso siempre lo ha habido y lo habrá, Padre. Más bien diría que hay más padres y amos preocupándose por enderezar su comportamiento, y que va dándose poco a poco a conocer la ayuda que pueden recibir por parte de nuestra Orden. Así que me alegro mucho de oírlo, aunque me apena no poder ayudar a nuestros compañeros. Tal vez en la sede del Noroeste sí dispongan de excedentes.
— Me alegro, Reverendo. Y tengo el placer de comunicarle otra buena noticia: ya tenemos listos los nuevos cepillos y los nuevos termómetros. Cuando quiera pásese por el taller y se los mostraremos.

La cara del Abad se iluminó; la eficiencia de su equipo no dejaba de impresionarle.

— Estupendo, Padre, será un placer. ¿Le viene bien dentro de una hora, cuando haya acabado de revisar el correo?
— Perfecto; nos encantaría realizar una demostración práctica. ¿Da usted su autorización para que empleemos a chicos de la sala de castigo?
— Naturalmente; creo recordar que hay como cinco o seis muchachos sancionados ahora mismo. ¿Le bastaría con dos de ellos? Dígale al Padre Julián que se los proporcione; a ser posible novicios de la Orden. Debemos ser siempre más severos con ellos que con los pupilos del internado.

— Más que suficiente; muchas gracias, Reverendo. Estaremos esperándole.

De nuevo una tarde de mucho trabajo, pensó el Abad al verse solo de nuevo. Aunque un tanto contrariado porque iba a tener menos tiempo para sus actividades de investigación, presenciar la demostración de los nuevos cepillos y termómetros iba a ser desde luego una actividad muy agradable. Aunque no podría demorarse mucho porque debía darle también tiempo a recibir a los nuevos pupilos que acababan de llegar ese mismo día, especialmente al jovencito hijo de un antiguo cliente en el que el Padre Juan había puesto tantas ilusiones y cuya adquisición había llegado finalmente a buen puerto. ¿Era Tristán su nombre? Un muchacho al parecer tan especial iba a requerir de un entrenamiento igualmente especial para su amo y el Reverendo Padre tenía ya en mente una idea un tanto arriesgada pero que valía la pena intentar.

Aunque le gustaba leer el correo de sus clientes, se veía obligado a hacerlo por encima ante la falta de tiempo; a fin de cuentas el padre Germán, encargado de recibir y contestar la correspondencia, ya había realizado el primer filtro y separado las solicitudes de compra de artículos de disciplina que cabía estimar de las cartas de agradecimiento, las reclamaciones (pocas), las solicitudes de información y de visitas, y las de compras que no reunieran los requisitos considerados imprescindibles.

El Abad recordó la polémica desatada en su día, hacía ya años, respecto a la venta de estos artículos de disciplina de fabricación artesanal, hasta entonces de uso únicamente interno dentro de la Abadía para la corrección de los novicios o que tal vez se regalaban en ocasiones a clientes especiales. Su calidad y eficacia, unidas al aumento de peticiones y a las necesidades económicas de la Abadía en aquella época, hicieron que un grupo de monjes propusiera su comercialización, una práctica que ya era frecuente en otras sedes de la Orden. El éxito fue enorme, permitió financiar unas costosas obras de restauración de todo el complejo en torno a la Abadía, y le convirtió a él, el monje que había sido cabecilla del grupo propulsor de la idea, en el nuevo abad del lugar tras la jubilación del anterior.

La condición de los altos cargos de la Orden para aceptar la fabricación de instrumentos de disciplina con fines comerciales había sido, no obstante, un riguroso control que asegurara el uso correcto de los mismos. Los solicitantes debían enviar una carta firmada a la atención del Reverendo Abad en la que expusieran las razones que motivaban la petición, así como además el nombre y la foto tanto del caballero que los iba a emplear como de los jóvenes a los que pertenecían las nalgas necesitadas de corrección. Los solicitantes debían ser señores respetables, que hubieran pasado de la cuarentena y que explicaran el vínculo que les unía a los muchachos a los que deseaban azotar; normalmente se trataba de familiares que necesitaban poner en su sitio a un hijo, sobrino, yerno o nieto díscolo, o bien de amos o mayordomos con criados poco obedientes o capataces con aprendices holgazanes. Los muchachos necesitados de castigo debían ser naturalmente varones jóvenes de edad legal y los azotes debían aplicarse exclusivamente en los glúteos y la parte superior trasera de los muslos.

Dio un visto bueno a la carta que estaba leyendo tras dar un vistazo a las fotos del papá desesperado, un simpático hombre que intentaba parecer recio pero que no podía evitar un cierto aire bonachón, y del granujilla, un guapo joven moreno con una mirada pícara que concordaba con las andanzas como Casanova y juerguista narradas por su padre. El Abad sonrió al observar la lista de peticiones paternas, que consistía en una vara, una correa, una pesada zapatilla de esparto, un contundente cepillo de madera de roble, un manojo de cuerdas para atar y someter al descarriado joven, una mordaza y una banqueta de castigo para situar las nalgas traviesas en la posición óptima para los azotes. El traviesete no iba a olvidar fácilmente las lecciones que su papá iba a impartirle durante las vacaciones en la cabaña de caza.

Pero por desgracia sus muchas obligaciones impedían al Abad leer íntegramente los textos de las cartas. Se limitó a echar un vistazo y revisar algunos párrafos sueltos del resto de solicitudes antes de darles el visto bueno:

... Debido a un reciente ascenso laboral, me he mudado a una casa más grande para cuyo mantenimiento necesito contratar personal. Me han recomendado a dos muchachos de confianza, al parecer buenos y obedientes; a pesar de las buenas referencias, conozco cómo son los jóvenes, soy muy estricto con respecto a la disciplina y considero que nada mejor que calentarles el trasero con la mayor frecuencia posible para mantenerlos a raya. Aunque tengo una mano fuerte, prefiero asegurarme su sumisión disponiendo también de una buena vara...

... Mi hija se acaba de casar con el hijo de unos buenos amigos de nuestra familia. Tanto mi mujer y yo como nuestros consuegros estamos muy contentos con el enlace; nuestro yerno es un joven cariñoso y muy bien parecido. Su padre lo ha educado con mano firme y hasta el día de su boda le ha propinado frecuentes azotainas. Varias veces estando yo de visita, lo ha cogido de la oreja cuando no había ninguna señora presente y, delante de mí y de otros amigos, le ha bajado pantalones y calzoncillos, lo ha puesto sobre sus rodillas y le ha zurrado en el culito durante no menos de quince o veinte minutos hasta ponérselo rojo como un tomate y mandarlo lloroso de cara a la pared. El día antes de la boda mi consuegro me enseñó el secreto que según él ha mantenido a su chico obediente y respetuoso a lo largo de su adolescencia y primera juventud: un recio cepillo de madera de roble que convierte a los traviesillos más recalcitrantes en niños dóciles y mimosos. Y me encomendó, puesto que mi hija y mi yerno vivirán con nosotros a la vuelta de su luna de miel, que continuase impartiendo al muchacho la disciplina que todo joven de su edad necesita aunque sea ya un hombre casado. Por desgracia no pude recibir como obsequio de mi consuegro el eficiente cepillo; este era todavía necesario en su casa, puesto que mi yerno tiene un hermano menor todavía soltero algo holgazán y necesitado con frecuencia de mano dura; yo mismo he presenciado, de hecho, alguna azotaina impartida de manera simultánea a ambos hermanos, cada uno inclinado sobre una de las rodillas de su padre, seguida de un buen rato cara a la pared con los dos culitos rojos y calientes al aire. Tras una ardua búsqueda, por fin he encontrado en su catálogo algunos cepillos igualmente hermosos y contundentes que podrán servir para cumplir mis obligaciones como suegro...

... Llevo diez años como entrenador de fútbol y nunca me había enfrentado a un equipo tan desobediente como el de esta temporada. Hay dos cabecillas que son quienes desestabilizan el grupo y no me gustaría tener que echarlos del equipo porque son buenos jugadores; pero no pienso dejar que desciendan de categoría y echen por la borda el trabajo de años. Y desde luego todos sus compañeros son responsables por hacerse cómplices de estos dos gamberros; en resumen, todo el equipo necesita jarabe de palo. El otro día, después de varias semanas sin rendir en los entrenamientos y tras ser derrotados jugando en casa frente a los colistas de la tabla, hablé muy en serio con los chavales, que estaban muy arrepentidos y se mostraron conformes en endurecer los castigos por faltar a los entrenamientos o desobedecerme durante ellos. Después de cada entrenamiento ellos mismos deciden, con mi visto bueno naturalmente, quienes han sido los tres más flojos y esos se llevan en ese mismo momento una buena azotaina con el culo al aire delante de sus compañeros, sanción que ellos mismos han considerado como la más efectiva. El masajista y uno de los chicos, el que mejor haya jugado, me ayudan en la tarea y cada uno colocamos sobre nuestras rodillas a un jovencito desobediente y le zurramos con la mano en el culito como calentamiento. A continuación les hacemos inclinarse y poner las manos en los tobillos para azotarles con las palas grandes de madera de las que disponemos para ese fin