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Tristán
Parte 3 – Horacio

by Chiquitin

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TRISTÁN
CAPÍTULO 3: HORACIO

(Continuación del capítulo 1, La revisión, y del capítulo 2, El Abad)

Resumen de los capítulos anteriores: Debido a las dificultades económicas de su familia, el joven Tristán al finalizar sus estudios ingresa en la abadía de una orden religiosa donde forman a sirvientes para señores adinerados. El abad de la orden encarga al entrenador deportivo, Horacio, el adiestramiento del joven.

Tras hablar con el Abad, Horacio se dirigió a la guardería, que era como los frailes llamaban al lugar donde se atendía a los pupilos recién llegados, con el corazón palpitándole de entusiasmo y miedo a la vez. Su sueño se acababa de cumplir; había conseguido el goloso puesto de adiestrador de pupilos, un codiciado privilegio reservado a los monjes ordenados de mayor edad, estando todavía en la treintena y siendo solamente un Hermano colaborador, no un Padre miembro de la Orden. Ignoraba cómo sentaría este ascenso en la comunidad de la que llevaba formando parte solamente unos pocos años; pensó en los que se alegrarían por él pero también en quienes lo envidiarían y criticarían. Pero no era esto lo que le preocupaba al Hermano Horacio, que no era ambicioso y si deseaba el puesto no era por otro motivo que dar un paso más para desarrollar su vocación y gran pasión de educar y dominar a chicos jóvenes, sino el reto y la nueva responsabilidad que se abrían ante él.

Hasta aquel momento se había limitado a las actividades deportivas; en el campo de juego y el vestuario él estaba al mando, daba órdenes, felicitaba y castigaba, repartía besos, pellizcos y collejas, les daba palmadas cariñosas en el culo a sus jugadores cuando le obedecían y azotes cuando eran desobedientes, pero solo durante el tiempo del entrenamiento y a todo un grupo de muchachos de los que luego cada uno tenía su adiestrador personal que hacía el papel de papá o de amo durante el tiempo que duraba su formación como sirviente. Cuando al final de la tarde acababan los entrenamientos, a pesar de los recuerdos de los buenos momentos pasados junto a sus traviesos deportistas no podía evitar sentirse solo y envidiar a los frailes que recibían a sus pupilos para darles alguna clase, tal vez bañarlos, secarlos, desnudarlos, ponerles el pijama, jugar con ellos, abrazarlos, sentarlos en sus rodillas, darles masajes, castigarlos por sus diabluras del día, mandarlos a la cama con el culito bien caliente ...

Realmente la vida en la Abadía era entretenida y dejaba poco tiempo para la melancolía; al no tener pupilos a su cargo, Horacio cenaba en el comedor con los monjes, donde la cena se animaba con el castigo público de algún novicio que hubiera desobedecido o infringido las normas del lugar. Con frecuencia eran dos o tres los muchachos que eran traídos del cuello o de la oreja desnudos y con las manos atadas a la espalda al comedor a la vista de todos los presentes para ser castigados. A Horacio le había llamado la atención la disposición en una sola y larga línea de la mesa del comedor en la que los comensales tenían solamente compañeros a los lados pero no en frente, como si estuvieran ante un escenario; la misma no tenía otro fin que el de permitir a todos los presentes disfrutar del hermoso espectáculo que tenía lugar en todas las comidas y cenas.

El Abad empezaba reprendiendo al novicio o a los novicios y ordenando a uno de los Padres la lectura de los artículos de la regla de la Orden que este hubiera transgredido. A continuación el mismo Abad se sentaba en la silla colocada con ese propósito y ponía al muchacho desnudo y maniatado sobre sus rodillas, mientras otro monje hacía lo propio de haber un segundo traviesillo necesitado de azotes. Durante los siguientes minutos, los frailes contemplaban en silencio y con deleite la azotaina proporcionada por la mano fuerte del Abad junto con los deliciosos gemidos del novicio cuyas nalgas comenzaban a cambiar de color; todo ello mientras el monje encargado de la lectura repetía una y otra vez la norma transgredida para recordar la causa del castigo.

Los azotes duraban hasta que el Abad consideraba que el trasero colocado sobre sus rodillas estaba ya suficientemente caliente. En ese caso hacía levantar al muchacho y pedía la ayuda del monje lector para colocarlo sobre la banqueta de castigo en la posición de sumisión, con las piernas muy separadas y las nalgas ardientes colocadas en posición prominente, dejando el ano y los genitales del novicio travieso a la vista de toda la comunidad, así como su cara, la cual asomaba entre sus piernas abiertas muy colorada, en parte por la sangre que bajaba a la cabeza al estar esta más baja que el cuerpo y en parte por la vergüenza.

Pero la humillación del joven no acababa aquí, sino que el Abad, tras minuciosa observación de su orificio más íntimo, generalmente acompañada de la introducción de uno o dos dedos para comprobar su grado de dilatación, pronunciaba un par de números dirigiéndose al monje lector y ayudante; la primera cifra era la longitud y la segunda el grosor del dilatador que el joven tendría que llevar colocado durante toda la cena. El monje lector obedecía las órdenes del Abad y extraía de entre la gran colección de dilatadores en forma de falo colocados al lado de las banquetas de castigo el adecuado para la ocasión y se lo facilitaba al Abad, el cual con gran maestría lo introducía lenta y meticulosamente hasta el final entre nuevos gemidos y a veces gritos tenues, o incluso no tan tenues, por parte del travieso novicio. Una vez el falo de cera había desaparecido entre las nalgas intensamente rojas del joven, quedando solo la base del mismo a la vista, la comunidad aplaudía el virtuosismo con el que se había ejecutado el merecido castigo y comenzaba a disfrutar de la cena, aderezada por los murmullos periódicos del joven atado que sollozaba ante el escozor de sus nalgas y de su recto. Los muchachos con experiencia en recibir este castigo esperaban con ambivalencia el final de la cena, puesto que la llegada de los postres se celebraría con la extracción del dilatador, lo cual suponía un alivio para el muchacho castigado, pero solamente parcial puesto que no significaba que su tormento hubiera acabado. Y es que no se le desataba todavía porque debía tener lugar aún la parte final del correctivo, que consistía en que el Abad aplicase con firmeza y mano experta las disciplinas eclesiásticas, un látigo formado por varias tiras de cuero, sobre el culito cuya rojez se había disipado en parte. Las marcas del instrumento sobre las nalgas nuevamente coloradas y escocidas suponían una segunda ronda de aplausos y vítores por parte de los monjes que disfrutaban del postre y del café.

Aunque el Hermano Horacio disfrutaba enormemente de las disciplinas de los novicios en comidas y cenas y siempre que el equipo de la Abadía conseguía alguna victoria el Abad le invitaba a ser su ayudante y azotar a uno de los traviesos como premio y agradecimiento, las cambiaría encantado por comer a solas con un chico guapo al que pudiera considerar suyo, al menos durante las semanas que solía llevar su instrucción hasta que estuviera listo para enviar con su amo. Todo esto pasaba por su cabeza mientras se dirigía a la guardería y esperaba impaciente a que le dieran noticias sobre el pupilo que le había correspondido.

Por fin fue invitado a entrar; la visita a la guardería siempre era un placer y un espectáculo digno de contemplar; algunos de los muchachos recién llegados, desnudos y con las manos atadas, esperaban agrupados turno ante la sala de afeitado, en cuyo interior cuatro chicos, puesto que no había espacio ni personal disponible para más, estaban colocados en posición en banquetas especiales, prácticamente idénticas a las de castigo puesto que su función era facilitar el rasurado de nalgas, ano, periné y parte trasera de los muslos. Una vez acabado el afeitado trasero serían movidos a las banquetas de afeitado delantero, puesto que el vello púbico estaba totalmente prohibido tanto para pupilos como para novicios.

Y allí estaba su mancebo; con un guiño y una sonrisa cómplice, el Padre Juan, uno de los encargados de la selección de pupilos que había traído muchachos nuevos ese día, y que evidentemente estaba informado de la decisión tomada por el Abad y no la censuraba, le señaló el culito que le pertenecía a partir de aquel instante. Un hormigueo sacudió el cuerpo de Horacio al ver los muslos firmes y las nalgas redondas y robustas; si él hubiera tenido que elegir entre los cuatro hermosos culos desnudos expuestos en la sala, hubiera elegido aquél sin dudarlo. A partir de aquel instante aquel trasero le pertenecía y podría acariciarlo, pellizcarlo, penetrarlo o azotarlo a su voluntad; su sueño más ansiado se estaba haciendo realidad.

Procurando dominar la excitación y la alegría que le embriagaban y pensando en el bien del muchacho, al que debía transmitir dominio y seguridad, se acercó a él y le acarició la espalda y el culito apreciando la suavidad de su piel.

— Precioso potrillo –opinó dando unas palmadas suaves en las nalgas todavía pálidas en contraste con dos de los otros muchachos, cuyos traseros enrojecidos estaban siendo ya embadurnados de espuma por sus cuidadores. –Y por lo que veo, se ha portado bien por ahora. ¿Cómo se llama?

— Tristán. Parece manso, sí, ha estado muy tranquilo todo el día, no como estos dos que han tenido que probar ya el cepillo – respondió el Padre Juan mientras le facilitaba la espuma de afeitar y le guiñaba nuevamente el ojo. –Pero cuidado con los que parecen mansos, que luego son los que dan más guerra.

— Pues más te conviene que no sea así, ¿vale, guapo? –Tras darle un par de azotes, untó con espuma los muslos del muchacho. Las nalgas, deliciosas, carecían de vello, limitándose este a la zona perianal, en la que el Hermano Horacio comenzó también a extender la espuma con mano decidida pero delicada. El jadeo del muchacho al sentir la espuma fría se intensificó cuando su nuevo cuidador, enormemente deleitado con aquel ronroneo ambiguo entre el placer y el disgusto, aprovechó para penetrar su agujerito virgen con el dedo índice.

Mientras la espuma se endurecía y se adhería al vello que debía ser eliminado, el Padre Juan tomó del brazo a Horacio y le facilitó la ficha de su nuevo pupilo.

— Te ha tocado un caso especial. No solo por lo guapo que es el chico y el culete tan bonito que tiene, redondito como sé que te gustan a ti además, que ya he notado como se te va la vista detrás de los jugadores robustos de tu equipo – le guiñó el ojo a su compañero de nuevo mientras le acariciaba afectuosamente la cabeza. –No es un bribonzuelo como los que tienes en el equipo de rugby y el de fútbol, es un chaval de buena familia, aunque venida a menos. Su padre, muy educado, ha sido cliente nuestro y ahora se ve en la tesitura de tener que llamarnos para vender a su muchacho para tapar deudas y agujeros. Es universitario y su destino no es arreglar tuberías ni limpiar cacharros sino ser secretario personal de algún caballero distinguido.

El Padre Juan se calló de una forma en la que a Horacio, que siempre se había entendido bien con él, no le costó ver que había algo más que a su compañero le costaba contarle.

— ¿Qué ocurre, Padre? Es estupendo que me asignen a este chico, es ideal para mí. Y en cambio me mira usted con cara de circunstancias ... Ah, ya. Las envidias; sé que muchos frailes me van a criticar, ya me tienen manía desde hace tiempo por los éxitos del equipo de rugby, y van a decir que no estoy preparado para hacerme cargo de un pupilo ... Y cuando vean el culo tan bonito de Tristán, se van a poner verdes. Cuento con ello y con demostrarles que se equivocan.

El Padre Juan sonrió y negó con la cabeza.

— Ojalá fuera eso, Horacio. Eres un chaval muy inteligente y sé muy bien que sabes estar por encima de las habladurías y las maledicencias.

— ¿Entonces qué ocurre?

— En realidad no tendría que ocurrir nada. Pero no me gusta callarme las cosas contigo y prefiero que te enteres por mí.

— No entiendo nada.

— Se trata de Adrián.

— ¿Adrián? ¿Mi Adrián?

— Hace tiempo que no es tu Adrián, Horacio.

El silencio de Horacio al escuchar el nombre de Adrián fue elocuente. El Padre Juan le cogió del brazo cariñosamente y lo condujo a un rincón de la guardería para hablar con calma, ajenos a la azotaina que tenía lugar a su lado. Uno de los cuidadores castigaba a un muchacho que había opuesto resistencia a dejarse atar al banco de afeitado y que, una vez colocado en posición, gemía ante el escozor de los impactos de una poderosa pala rectangular de madera recia.

— Horacio, sé que Adrián fue muy importante para ti, pero debes mirar hacia delante.

— Eso lo he oído ya antes.

— No seas insolente. Te di muchas azotainas cuando eras novicio, a ver si voy a tener que recordarte el respeto que les debes a tus mayores.

— Disculpe, Padre, pero no entiendo por qué me habla de Adrián ahora.

— Este chico que te han asignado, Tristán, es el hijo del primer amo de Adrián.

Horacio era la viva imagen de la estupefacción.

— No puede ser.

— Pues lo es.

— ¿Pero el Abad lo sabe?

—Lo ignoro, Horacio. Probablemente se trate de una casualidad. Una enorme casualidad.

— ¿Cree que no debería encargarme entonces del chico?

— Todo lo contrario. Ahora estás con nosotros y no puedes decirle al Abad que el pasado sigue pesando para ti. Tú eres su predilecto entre los Hermanos, no, no me lo discutas, es así. Tienes que demostrarle tu profesionalidad; que vas a tratar a este chico igual que si no tuviera ninguna relación contigo. Porque en realidad no la tiene; si su padre no hubiera acogido a Adrián lo habría hecho cualquier otro. De hecho Adrián fue siempre bien tratado en esa casa, aunque no te guste reconocerlo.

— Perdone que no me apetezca escuchar eso. Adrián fue desgraciado en aquella casa ... al menos al principio.

— Claro que te echaba de menos al principio, pero se acostumbró a su nueva vida. Y tú deberías hacer lo mismo de una vez. Y no hay más discusión.

— De acuerdo, Padre.

— Sé que tienes un don con los chavales y que vas a tratar muy bien a Tristán. Este momento es complicado para ti, pero para él mucho más. Ya no tiene a su familia; necesita un padre que le dé mucho cariño y mucha firmeza. Y hay un padre en ti, lo he visto en como tratas a los jugadores de tu equipo.

— Muchas gracias, eso espero.

— Claro que sí. Ahora mismo este chico necesita un buen afeitado. Y luego su primera lección de obediencia y de sumisión. Sé que lo vas a hacer muy bien porque sé que vas a disfrutar haciéndolo. Y que vas a enseñarle a que él también disfrute haciendo gozar a su amo; aunque eso vendrá con el tiempo; hoy el pobre no va a disfrutar cuando le ates y le azotes. Manos a la obra; ya está bien de charla.

El Padre Juan dio por terminada la conversación con una palmada en el trasero de Horacio. Era de los pocos frailes de la Abadía, aparte del Abad naturalmente, a los que Horacio le permitía esa familiaridad arrastrada de su época de novicio.

Reconfortado dentro de su confusión, el Hermano volvió al cubículo donde se encontraba su pupilo con su hermoso trasero expuesto ante él. La espuma se habría reblandecido ya y estaría listo para el afeitado. Le acarició las nalgas antes de hablarle:

— ¿Cuál era tu nombre, chaval? – Lo recordaba perfectamente pero el muchacho había perdido su individualidad, era un chaval más, un sirviente más en espera de que le asignaran un amo, y así es como debía sentirse.

— Tristán, Padre.

— No soy un sacerdote, Tristán. Llámame Señor por ahora. Luego te explicaré más. –Le separó las nalgas para comprobar que la espuma estaba ya blanda.

— Sí, Señor.

— Estupendo, chaval, veo que aprendes rápido a comportarte y espero que siga siendo así. Ahora voy a rasurarte completamente el culito y la pilila. Son las normas de este lugar y aquí es sagrado el cumplimiento de las normas.

Le dio un suave azote mientras preparaba la maquinilla de afeitar y le cambiaba la hoja.

— Ahora debes escucharme bien, Tristán. ¿Me estás escuchando?

— Sí.

Un azote, en esta ocasión fuerte, advirtió al joven de su error.

— ¿Cómo debes responder cuando se te pregunta?

— Sí, señor.

— Esto está mejor. Estás atado para evitar que te muevas y que te haga daño. Te voy a rasurar zonas muy delicadas y cualquier movimiento por tu parte puede hacer que te corte. Y además del posible corte, si te mueves te castigaré. Te daré una buena zurra en el culo. Y si hablas sin que te haya hecho una pregunta, te azotaré también. ¿Lo has entendido, Tristán?

— Sí, señor.

— ¿Qué te va a pasar si te mueves?

— Que me cortaré.

Un nuevo azote, en esta ocasión en la otra nalga.

— Has contestado mal, hijo. ¿Por qué?

— ¿Porque no he dicho señor?

El traviesillo no pudo evitar dar un respingo ante el tercer azote. La mano de su cuidador, cuya cara no había podido ver todavía, era fuerte.

— Exacto, contesta otra vez.

— Que usted me puede cortar, señor.

— Podría cortarte, efectivamente. ¿Pero qué más te pasará?

— Que usted me castigará, señor. –La voz del muchacho era poco más que un gemido.

— ¿Y cómo te castigaré?

— Me dará unos azotes. En el culo.

— Perfecto, veo que lo has entendido. Ahora estate muy quietecito y acabaremos pronto con el culo. Luego te soltaré para cambiarte de posición y afeitarte el pito y los huevecitos; cuando terminemos podrás ir al baño si lo necesitas y te pondré en la fila junto a los otros pupilos para presentaros ante el Abad. Ahora voy a empezar.

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Tras comprobar la suavidad de la piel entre las nalgas y en el periné, ya completamente libre de vello, Horacio procedió a desatar a Tristán para cambiarle de postura y pasar al afeitado del vello púbico. Le liberó las piernas y a continuación las manos. Animó los tímidos movimientos de muñecas y tobillos para desentumecerse con una palmada en las nalgas todavía ofrecidas ante él.

— Muy bien, chaval. Levántate con cuidado.

Le ayudó un poco empujándolo del torso para compensar el ligero mareo al erguir de nuevo la cabeza tras haberla tenido agachada durante un buen rato. Al alzarse y darse la vuelta, el pupilo y su cuidador se miraron por primera vez a los ojos. Con su expresión de perplejidad y cierto temor, Tristán le resultó tan irresistiblemente guapo y dulce como le habían comentado. Sintió una punzada de ternura que le desgarraba y le asustó recordar que solamente se había sentido así una vez en su vida, en el momento en que fue consciente de que estaba enamorado de Adrián. Se quedó quieto durante un breve instante intentando vencer el fuerte impulso de estrechar a aquel chico desconocido entre sus brazos.

Por su parte Tristán estaba experimentando también una sensación muy confusa; ese cuidador era muy diferente de los viejos frailes de expresión severa con los que había tratado desde su llegada a aquel lugar. Aunque sería al menos diez años mayor que él era mucho más joven que los otros y no llevaba hábito sino ropa de deporte que marcaba su cuerpo grande y atlético. Vio o quiso ver en él una dulzura que no había en ningún otro lugar ni ninguna otra persona en aquella estancia y lo invadió un vivo deseo de no separarse de él y que solo él fuera quien debía instruirle durante los próximos días.

Ninguno de los dos sería capaz de decir cuanto tiempo transcurrió, si fueron segundos o minutos, antes de que Horacio consiguiera recomponerse y conducir a su pupilo del brazo, con firmeza pero sin brusquedad, hacia la banqueta para el afeitado delantero. Lo que parecía un asiento bajo con una rampa y un gran respaldo detrás no era para sentarse, sino que el travieso debía arrodillarse sobre el presunto asiento y sentar el culete sobre la superficie inclinada que había encima de este y cuya función era hacer sobresalir sus genitales y tensar la piel alrededor de ellos. Tras colocarlo de rodillas en el asiento, su cuidador tiró hacia atrás de los brazos del joven para atarlos a las correas de sujeción que había detrás del respaldo. La movilidad del travieso, ya muy limitada, se impedía completamente con las correas que sujetaban los muslos y las pantorrillas. Tristán apenas intentó comprobar que su inmovilidad era total, pero, tal vez por la costumbre o por la esperanza que había decidido depositar en su atractivo y viril cuidador, esto le produjo menos angustia que cuando había sido atado anteriormente a la banqueta de afeitado trasero.

— Muy bien, jovencito. No puedes moverte, pero tampoco lo intentes porque vamos a trabajar una zona todavía más delicada. Y no hables si no se te pregunta; en esta posición no puedo darte azotes en el culo, pero sí bofetadas en la cara que duelen más. Por ahora lo estás haciendo muy bien y solo tienes que seguir calladito y obediente. ¿De acuerdo?

— Sí, señor.

Tras comprobar la firmeza de las correas, Horacio untó los tiernos genitales del joven con espuma y a continuación, mientras esta se reblandecía, se colocó a un lado del joven, donde este no podía verle, y le acarició el cabello con suavidad no exenta de firmeza.

— Muy bien, así, calladito y tranquilo. Tenemos que esperar un poco.

Al joven le hubiera gustado preguntar por qué era tan importante que le afeitaran, qué tipo de lugar era aquél, cuánto tiempo iba a estar allí y muchas otras cosas, pero tuvo cuidado de no hacerlo. Desde su nueva posición podía ver la sala en el que se encontraba y las escenas que hasta entonces, con la cabeza hundida entre las piernas, solo había podido escuchar. Frente a él, y probablemente también a sus lados, varios chavales, como él completamente desnudos, eran afeitados, unos por delante y otros por detrás. Uno de ellos, que colocado en la misma posición que él intentaba forcejear con sus ataduras, recibió dos bofetones por parte de su cuidador, un monje de avanzada edad de gafas y pelo cano. Los quejidos, rayando en gritos, que empezó a proferir cuando, en parte por seguridad y en parte por castigo, el monje procedió a apretar sus ataduras, motivaron, además de dos nuevos bofetones, la colocación de una gruesa mordaza en la boca del travieso.

Pero no faltaba algún que otro comportamiento más rebelde e incluso insolente; Tristán vio desfilar ante él a otro chaval al que un corpulento y fuerte fraile llevaba colgado a los hombros, como si se tratase de un saco, con los tobillos y los muslos atados para que no pataleara. Su trasero, desnudo y expuesto sobre el hombro del monje, mostraba un intenso color casi granate y señales de haber sido azotado con algún tipo de correa. Pero era evidente que los azotes no habían bastado para aplacar al traviesillo, el cual, a pesar de llevar las manos atadas a la espalda y de la mordaza que atenazaba sus gritos, todavía intentaba revolverse dentro de sus ataduras e importunar a su portador, el cual propinó un contundente y merecido azote con la mano que le quedaba libre a las nalgas del granuja, el cual, dolorido, se tranquilizó al menos por el momento. Tristán pensó que probablemente estaba siendo transportado a alguna celda de castigo donde lo corregirían con la severidad que necesitaba, como habían hecho con algún otro bribonzuelo que se había mostrado sarcástico e impertinente a la llegada a la Abadía.

Horacio, que no pudo evitar reparar en la escena, consideró más adecuado no decir nada y dejar que su nuevo pupilo sacara conclusiones por sí mismo respecto a las causas de que aquel travieso estuviera siendo expulsado de la sala. Ninguna descripción de los castigos al que sería sometido a continuación el infractor inquietaría tanto a Tristán como los que su imaginación pudiera inventar. Cuanta menos información se le proporcionara y en más incertidumbre se moviera, más rápido se alcanzaría el objetivo de toda aquella parafernalia, que era la sumisión total del joven y su adaptación a la nueva vida que le esperaba en casa de su amo.

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Tristán se sintió extraño al incorporarse otra vez y verse sin rastro de vello. Tras unos breves instantes de libertad para moverse y desentumecer brazos y piernas, no pudo evitar una mueca de disgusto al ver a su guardián tomar de nuevo cuerdas.

— ¿Me vas a atar otra vez?

Horacio lo miró con cara de disgusto; dejó las cuerdas que estaba preparando encima del atril de donde las había sacado y se aproximó a él con rapidez. Con una mano sobre el cuello le hizo inclinarse y con la otra le dio media vuelta para poner su trasero a su disposición. Un par de azotes fuertes, uno en cada nalga, castigaron la curiosidad del travieso.

— ¿Por qué te estoy castigando, jovencito?

— No lo sé, señor.

En esta ocasión fueron cuatro los azotes, dos en cada nalga. Horacio no iba a dejar que un chico listo se hiciera el tonto; Tristán debía aprender cuanto antes que no se le iban a explicar las normas más de una vez.

— ¿Seguro que no sabes por qué te estoy castigando? Igual lo entiendes mejor si te doy con la correa.

— ¿Por haber hablado sin permiso, señor?

— Eso es. Vas aprendiendo. Esto por no haber contestado a la primera.

Los dos azotes finales sobre la parte superior de los muslos, una zona especialmente sensible, provocaron un sofocado grito de dolor del joven.

Horacio retiro la presión sobre su cuello y le permitió incorporarse. Ya sin más preguntas ni resistencia, Tristán se dejó atar docilmente las manos a la espalda y vendar los ojos. No había ningún secreto ni nada que no se pudiera ver, pero la desorientación espacial ayudaría a la sumisión del joven.

— Sígueme.

La instrucción verbal fue acompañada de un leve tirón tras haber agarrado al muchacho del brazo. Fue conducido desnudo fuera de la sala, suponía que en compañía de otros pupilos, y no fue capaz de conservar el rastro del camino que estaba recorriendo. En un momento, tras haber caminado por varios pasillos, notó que la presión sobre su brazo se aminoraba, animándolo a reducir el paso al entrar en una nueva sala, en la que se detuvo tras haber rozado otros cuerpos desnudos. Mientras le pareció que su cuidador se colocaba detrás de él, oyó una voz fuerte a media distancia:

— Muy bien, muchachos. Esperad aquí quietecitos unos minutos a que llegue el resto de vuestros compañeros. El que hable o se mueva será castigado.

Silencio y calma total tras el aviso, solo interrumpidos por las disculpas de otros jóvenes que iban entrando al chocarse o al rozarse con otros. Una vez llegados todos, las siguientes voces que rompieron el silencio eran de adultos, probablemente monjes que murmuraban. Tristán giró la cabeza hacia el lugar del que venían los susurros, pero la mano firme de su cuidador volvió a colocarle mirando al frente. Finalmente la voz que había dado el primer aviso habló de nuevo, y esta vez pudo comprobar que se trataba de la del Padre Juan:

— Atención; vuestros cuidadores os van a retirar la venda de los ojos y a desatar las manos para que podáis saludar al Abad. No hace falta deciros que vuestro comportamiento ante él debe ser excepcional.

Tristán notó que su cuidador, que seguía detrás de él, le retiraba la venda y le desataba las manos. El pequeño murmullo que se levantó fue rápidamente apagado:

— ¡Silencio! ¡Y manos a la espalda!

Cuando sus ojos se acostumbraron de nuevo a la luz y la sangre volvió a circular de nuevo por sus muñecas, Tristán pudo contar a unos quince o dieciséis chavales de su edad, alrededor de los veinte años, aunque varios parecían más jóvenes, colocados en círculo, desnudos, con el vello púbico totalmente afeitado y con las manos a la espalda, y detrás de ellos a otros tantos monjes y cuidadores de edad madura, algunos con hábito y otros en ropa de calle, unos casi ancianos y otros en los últimos años de lo que se podría considerar mediana edad, pero ningún otro con ropa de deporte ni tan joven como el que le había sido asignado a él.

Vio al Padre Juan y a otros monjes vestidos con hábito saludar a un hombre con barba gris de unos 60 años que entraba en la sala y que se trataba evidentemente del abad. Tras saludar muy afablemente a los monjes, se colocó en el centro del círculo y miró a los preciosos mancebos desnudos que le rodeaban con gran satisfacción.

— Buenas tardes, muchachos. Bienvenidos a la Abadía. Este lugar va a ser vuestro hogar durante unas cuantas semanas, mientras dure vuestro entrenamiento.

Comenzó a caminar en círculo por entre los chicos acercándose uno a uno a ellos y mirándoles sucesivamente a los ojos mientras hablaba.

— Como ya sabréis, vuestras familias os han traído aquí para que aprendáis a comportaros y a obedecer; no estáis de vacaciones. Dentro de poco estaréis sirviendo en casas de señores muy respetables; tendréis que trabajar duro en tareas de la casa y también tendréis que complacer a vuestros amos en cuestiones más personales. La función de la Abadía es enseñaros; nos interesa no solamente el prestigio de nuestra institución, también la situación económica tan complicada en la que dejaríais a vuestra familia si vuestro amo os devolviera. Por eso no vamos a dejar que eso ocurra.

— Vuestro cometido es muy sencillo: obedecer a vuestros mayores; en particular a vuestro cuidador que se va a encargar de vosotros durante vuestro aprendizaje. Y las normas de nuestra casa son igual de fáciles: no preguntar, no hablar si no se os pregunta, bajar la mirada y hacer todo lo que se os dice. Y aceptar el castigo cuando se incumplen las normas. Seréis tratados con severidad, mucha, pero nunca con crueldad.

— Ante cualquier desobediencia o infracción menor, seréis azotados. Tendréis que acostumbraros a la vara, el cepillo y el cinturón; vuestros amos no dudarán en usarlos así que vuestros cuidadores menos aún. Si la falta fuera más grave, seréis conducidos a la sala especial de castigo que regenta el Padre Julián –Tristán reparó en el susodicho, que se encontraba junto al padre Juan con una expresión grave y muy severa, y sospechó que a ninguno de los traviesillos presentes le apetecía estar en su compañía.

— Muy bien, vamos a empezar vuestro entrenamiento con una prueba muy sencilla: una inspección personal. Consta de dos partes, repito, dos partes. En la primera se os inspecciona por delante, en la segunda por detrás. Por delante deberéis de levantaros con una mano los testículos, separando las piernas para mostrarme la parte inferior de los genitales. A continuación, os cogeréis también con la mano el pene y le daréis para atrás al prepucio para mostrar el glande. Los que esteis circuncidados basta con que lo levantéis y me enseñéis la parte inferior. ¿Entendido?

— La segunda parte es la inspección por detrás. Tenéis que daros media vuelta e inclinaros hasta tocar con los dedos la punta de los pies. Con las piernas bien separadas para enseñarme el ano y el periné. Os separaré las nalgas para inspeccionaros bien. Empezaremos por ti. –Se dirigió al muchacho que estaba al lado de Tristán, que se consideró afortunado de no haber sido el primero y poder así aprender de los posibles errores que cometiera su compañero.

El joven se levantó los testículos tal como se les había indicado mientras el Abad se ponía en cuclillas para observarlo bien.

— Bien. Prepucio.

El travieso tiró hacia atrás enseñando el glande. A continuación inclinó el pene hacia arriba para mostrarlo bien mientras el Abad le palpaba los testículos.

— Media vuelta. Ángulo recto.

Nuevamente el muchacho hizo lo que se le decía pero los brazos le colgaron solamente hasta apenas más abajo de las rodillas, lo cual le valió un par de azotes y una amonestación verbal del Abad antes de separar con ambas manos las nalgas y echar un buen vistazo a las zonas más íntimas del traviesete.

A continuación vino el turno de Tristán, que se esmeró en prestarse dócilmente a la inspección, aunque no se libró tampoco de un azote por no conseguir tampoco llegar a tocarse los tobillos con las manos al colocarse en ángulo recto.

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Finalizada la inspección por parte del Abad, los muchachos fueron de nuevo atados, sus ojos vendados, y conducidos desnudos del brazo de sus instructores a la celda de cada uno. No hubo el menor conato de rebelión por parte de ninguno, y Horacio, que había asistido a veces a insubordinaciones delante del Abad, se dijo que parecía haberles tocado en esta ocasión una buena remesa de mozos, más dóciles que en otras ocasiones.

Y por fin llegó el momento que Horacio llevaba esperando tras todo un día de tantas emociones. Se encontraba en la celda que compartiría con su chaval durante las próximas semanas. Comprobó que estaban en su sitio los instrumentos de castigo y los dilatadores que emplearía con él. Le embriagó una oleada de placer al estar por fin los dos solos. No sabría decir hasta qué punto le excitaba más o le resultaba indiferente el saber que tenía a su disposición al hijo del antiguo amo de Adrián y que iba a poder hacer con su muchacho lo mismo que él había hecho con el suyo, como si se tratase de una treta del destino o de un ciclo condenado a repetirse. En cualquier caso hervía de deseo cuando sentó al muchacho, todavía maniatado y desnudo, sobre sus rodillas y le sacó la venda de los ojos.

Tristán miró a su alrededor con una aprensión que fue aumentando al contemplar los objetos que había en aquella habitación: gran variedad de cuerdas y correas, una mesa sobre la que descansaba una gran variedad de cinturones, palas, cepillos, sacudidores de alfombras, disciplinas o pequeños látigos, y otros instrumentos cuya función no podía ser otra que la de azotar su trasero, una banqueta similar a la que habían usado para afeitarlo y, lo que más le aterró, una colección de utensilios de forma fálica de diferentes grosores cuya función conocía puesto que había espiado alguna vez como su padre los empleaba con Adrián, el sirviente que habían tenido durante años.

La habitación por lo demás era luminosa, amplia y confortable. La cama era igualmente grande pero el joven enseguida intuyó que ello se debía que estaba pensada para dos, lo cual incrementó su tensión y lo llevó al borde del pánico. Su cuidador lo percibió enseguida y el temor que vio en los ojos de su pupilo acabó de disparar su libido.

— Muy bien, chaval. Por fin estamos los dos solos; debes tener mucha hambre después de un día de tantas emociones. Pero antes tendrás que ganarte tu comida siendo cariñoso conmigo; eres un chico muy, muy guapo.

Con una mano comenzó a acariciarle los muslos mientras con la otra lo sostenía por los hombros. Enseguida acercó la cara del muchacho a la suya. El roce de la barba provocó en Tristán un brusco y casi reflejo espasmo de rechazo. Su resistencia, que evidenciaba que el chico no tenía ninguna experiencia con hombres mayores que él, incrementó si cabe la excitación de Horacio, en cuyos ojos el joven ya no encontraba la dulzura que había creído ver antes, sino una lujuria que le asustó y le trajo el recuerdo de una experiencia de tiempo atrás con un familiar suyo mayor que él.

Llevado por una atracción que nunca quiso reconocer, Tristán había buscado la compañía de su primo durante un verano en el que los dos, uno todavía un adolescente y el otro un joven de más de veinte años ya con amplia experiencia y mucho éxito con las chicas, se habían hecho inseparables pese a la diferencia de edad. Una noche, en la que se vieron forzados a compartir cama en casa de sus tíos, el primo más mayor, que necesitaba descargar su tensión sexual con mucha frecuencia, comenzó a masturbarse sin que le importara la presencia del pequeño, algo que no era la primera vez que ocurría. Pero en esa ocasión el joven decidió buscar una posible fuente de mayor placer que su mano derecha y comenzó a acariciar a su primo más pequeño por debajo de la sábana. Tras recorrer su espalda y su vientre, la mano exploradora bajó el pantalón del pijama de Tristán y recorrió con gran deleite sus nalgas y su sexo, completamente tieso para gran ver