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La propuesta
Parte 1

by Jun

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Copyright on this story text belongs at all times to the original author only, whether stated explicitly in the text or not. The original date of posting to the MMSA was: 14 Feb 2015


Hace mucho tiempo que el tema de las nalgadas me había interesado. Yo tendría unos doce años la primera vez que me enteré de que no solo podía ser usado como un castigo, sino como una manera de provocar placer tanto en quien las aplicaba como en quien las recibía. Inmediatamente me sentí atraído por este tipo de cosas, inclinado a ser la persona que adoptaba el papel de pasivo.

A pesar de desear que algo así me pasara en la vida real, me conformé con leer historias que trataban de ello (tanto ficticias como esas que aseguraban ser reales), y de ver alguno que otro video donde un chico era dominado por un hombre mayor. Me avergonzaba mucho que me llamara la atención los castigos de forma erótica.

Así que borré cualquier esperanza de que algo así ocurriera, pues siempre pensaba que podía arrepentirme de contarle a alguien y que él le dijera a alguien más.

Un día, estaba en el computador de mi padre haciendo un trabajo importante. Se lo había pedido prestado pues el mío estaba horriblemente lento. Entre tanto tipiar y tipiar palabras de un tema que no me importaba en lo más mínimo, decidí darme un pequeño descanso. Comencé chequeando mis redes sociales, pero me vinieron unas ganas de ver alguna de las páginas que frecuentaba y trataban del tema de las azotainas. Aunque no era mi computador, mi padre no estaba en aquel momento, y podía borrar el historial cuando quisiera.

Estuve un rato en ello, cuando me fije que ya eran casi las seis, y debía ir a comprar el pan. Hice el estúpido error de no cerrar las ventanas, simplemente las minimicé y me fui hasta la panadería más cercana.

Cuando venía de vuelta y estaba cerca de llegar a la casa, vi el auto de mi padre aparcado frente a ella. Sentí que se me apretaba el estómago. Él nunca llegaba antes de las siete, ¿por qué justo ese día tenía que ser la excepción?

Ok, calma, no significa que haya ido directamente al computador, talvez pasó rápidamente a la casa por algo, pensé para tratar de tranquilizarme. Caminé rápidamente hasta la puerta del frente, saqué las llaves y me quedé un momento en el lugar. No quería entrar, o más bien no podía. Lo único que logró sacarme rápidamente de ese estado fue que me di cuenta de que si aún no se metía en el ordenador, lo haría si perdía el tiempo afuera.

Metí las llaves en el picaporte, lo giré y abrí la puerta evitando hacer ruido. Entré, y el living estaba vacío. Revisé la cocina y el baño, pero nada. Subí las escaleras sigilosamente y revisé las habitaciones que me quedaban, sin resultados. Solo me faltaba una. Toqué la puerta, y escuché un Pasé desde adentro.

Abrí la puerta, encontrándome con lo que ya temía: mi padre estaba en el computador.

Nuevamente el dolor en el estómago llegó, pero esta vez más fuerte. Estaba totalmente expuesto, él ya debía saber que me gustaba ese tipo de cosas. Debía pensar que era un pervertido o algo peor.

—Hola Valentín —saludó él, mirándome. —¿Cómo estuvo tu día?

Me quedé confundido por unos segundos. ¿Por qué rayos me saludaba de manera tan casual? ¿Qué acaso no había visto lo que estaba mirando en su computador? Y más encima con una sonrisita cálida, se veía totalmente apacible.

—Hola papá —saludé de vuelta, tratando de sonar despreocupado—. Estuvo bien, gracias por preguntar...

—¿Qué pasa hijo, porque tienes esa cara? —preguntó, para luego añadir—: ¡Ah, claro, estabas usando el computador! Disculpa, solo quería revisar un par de cosillas.

Se paró de la silla y se dirigía a la salida, mas paró justo cuando quedó a mi lado.

—¿Fuiste a comprar el pan, verdad? Voy a preparar la once, así que baja cuando te llame. Es bueno trabajar duro, pero debes darte tus descansos.

Y con eso, se fue y bajó a la cocina.

Inmediatamente, me metí al computador y revisé lo que estaba allí. Lo primero que vi fue la ventana del correo electrónico con la sesión de mi padre que no se había dado el tiempo de cerrarla. Lo hice por él, cerré la ventana y me fije que la mía aún seguía ahí, minimizada. La cliqueé y las mismas páginas estaban ahí. Todas.

Apoyé mi cabeza entre mis manos. ¿Por qué no fui más cuidadoso? Debí haber cerrado la ventana antes de irme y borrar el historial en ese mismo momento. O aún mejor, debí haber olvidado de meterme en esas páginas y haberme concentrado en terminar el trabajo ese, y nada de esto hubiera pasado.

Aunque aún estaba la posibilidad de que él no hubiera visto nada. Quizás no tuvo ningún interés en revisar lo que su hijo hacía, quizás ni siquiera se fijó de que habían unas ventanas abiertas en la barra de tareas. Ese pensamiento era lo único que me reconfortaba, así que traté de aferrarme a él.

Un rato después, mi padre me llamó para que tomáramos once juntos. En todo el rato que estuvimos ahí, él se comportó como siempre lo hacía. Me hablaba de su trabajo, me preguntó por mi día y hablaba de trivialidades. También comentó que estaba demasiado callado, a lo que le mentí diciéndole que tenía sueño. En fin, que nada pasó realmente. Eso me tranquilizó por un rato.

La cosa es que los días fueron pasando, y nuevamente empecé a sentirme molesto por ello. Y realmente no tenía una razón para estarlo; papá nunca mencionó nada en relación a mi gusto, y su actitud para conmigo era la usual. ¿No era esto lo que quería, que todo fuera igual? Mas no podía dejar de tener cierto presentimiento.

Él sabe, se me pasaba a menudo en la cabeza. Él sabe, pero no quiere enfrentarme.

Un día, estábamos los dos en la cocina. Le estaba ayudando con el almuerzo; yo pelaba papas mientras él se encargaba de la carne. Cuando terminé, hice ademán de retirarme, pero mi papá me agarró del antebrazo y me trajo nuevamente al mismo lugar.

—Oye, no te vayas tan pronto. ¿Por qué no me ayudas un poco más?

—¿En qué?

—Termina lo que hiciste y lava las papas. Déjalas remojando y luego las coces.

—¡Qué lata! ¿Por qué no lo haces tú?

—Porque quiero que lo hagas tú. Ahora mismo, ponte manos a la obra.

—No, que flojera, tú lo haces mejor.

—No es una pregunta, es una orden. ¡Vamos, o te daré unas buenas nalgadas! —dijo, dándome un palmada fuerte en el trasero.

Me sobresalté, pero fui de inmediato a hacer lo que él ordenaba.

¿Qué demonios fue eso? Mi padre me había amenazado con una azotaina ¡E incluso me había dado una nalgada! Tal vez estaba exagerándolo y no merecía la pena darle muchas vueltas, pero él nunca me había dicho algo así.

Paranoico, eso es lo que eres, un paranoico. Eso no significó absolutamente nada, me dije a mí mismo.

Hice todo lo que mi padre me decía, hasta que estuvimos sentados en el almuerzo y, como siempre, él hablaba bastante. Yo no me sentía con muchas ganas de participar, así que lo escuchaba y solo comentaba cuando lo creía conveniente, y contestaba con respuestas de una palabra. Lo único que quería en ese momento era aclarar ese tonto asunto de una vez por todas, incluso si me daba demasiado nervios el solo pensar en ello.

—....pensándolo bien era lógico que se hubieran cabreado conmi—

—Papá, ¿puedo hablarte de una cosa? —lo interrumpí, por primera vez aportando algo a la conversación.

Él pareció sorprendido, pero se recuperó rápido y me dijo:

—Claro, me encantaría.

—Esto es algo que me ha estado molestando hace un rato, aunque no quería decírtelo. Pero no puedo sacármelo de la cabeza.

—Adelante, dime. No puede ser nada tan terrible.

—Bueno... yo quería saber...

Hice una pausa, y mi padre dejó los cubiertos en el plato, puso ambos brazos en la mesa y se inclinó en mi dirección.

—¿Querías saber...?

—Tú viste lo que tenía abierto en tu computador, ¿verdad? La última vez que te lo pedí.

¡Lo había hecho! Por fin me había sacado eso del pecho, y no fue tan difícil. Bueno, estaba el hecho de que al decir la frase me quedé mirando el plato del almuerzo como si fuera lo más interesante del mundo, pero lo había hecho y eso era lo que contaba.

—Sí, lo vi. ¿Era eso lo que te tenía tan raro todos estos días?

La confirmación no me hizo sentir mal. En cierta parte, porque estaba en un ochenta por ciento seguro de cuál era la respuesta; y en otra, por la naturalidad con la que me respondió la pregunta.

—Sí, me tenía preocupado.

—¿Y por qué?

—Porque no sabía cómo te lo tomarías.

—No había razón. ¿Cuándo me he enojado yo contigo por una cosa así?

—Nunca papá, pero... no lo sé, no es de esas cosas que quieres que tu padre se entere. Más bien, yo no quería que nadie se entere. La verdad es que hubiera preferido que no hubieras tenido que ver aquello.

—Pero ya pasó. No debes comerte la cabeza por ello, ya te dije que no estoy enojado.

La verdad es que mi padre siempre había sido un hombre muy relajado. Era ridículo pensar que se podría haber enfadado conmigo cuando no había hecho nada malo, pero aun así necesitaba oírlo de su propia boca. Y ya que estábamos en esto debía aclarar todas mis dudas.

—Papá, ¿puedo preguntarte otra cosa?

—Todo lo que quieras.

—Tú... ¿te diste cuenta de cómo eran aquellos videos? Todos tenían solo hombres en ellos, solo hombres. ¿Q-qué piensas de eso?

—Si me había dado cuenta. ¿Qué pensé de ellos? Me llamó la atención, pero no sabía que pensar. La verdad es que no sé nada de tu sexualidad, si eres gay o bisexual, y prefiero que me lo digas tú mismo, claro, cuando estés listo.

Por fin decidí mirarlo, y tal como presentía, no me quitaba la vista de encima. Tenía toda su atención, y me dedicó una sonrisa.

—Rayos, realmente no pensaba que llegaríamos a esto, y que por ese percance tendría que confesarte esto —dije, soltando una risita tonta—. Soy gay, aunque me imagino que ya no hay mucho misterio.

—Y me imagino que sabes que te amo un montón.

Se paró de la silla para darme un abrazo, el que correspondí.

—Sí que te pones cursi con este tipo de cosas...

Eso dije; sin embargo, deseaba tener ese tipo de contacto con papá. Todo este tiempo lo estuve evitando por esa tontera. Y ahora estaba increíblemente feliz: no solo había aclarado todo el tema del computador, sino que también le había contado de mi homosexualidad a la persona que más me importaba en el mundo.

Después de terminar de almorzar, conversamos un poco más de otras cosas, lavamos los trastos y nos fuimos cada uno a su pieza. Estaba en mi celular cuando veo que una figura se posa en el marco por el rabillo del ojo.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—No estás ocupado, ¿o sí?

—Sólo estaba mandándole mensajes a unos amigos, pero nada importante —respondí, dejando mi celular en el velador.

—Bien, porque hay algo que quiero hablar contigo —dijo, y se sentó en la cama.

—Oh, ¿más confesiones?

—Eh, no sé si una confesión —expresó, cruzándose de brazos—. Mira, he estado pensando esto de antes, pero creí que decirlo en el almuerzo era demasiado repentino. Al final, creo que no es bueno dilatarlo mucho. Es sobre lo que vi en la página que dejaste abierta.

—Ah, eso —dije, como restándole importancia—. ¿Qué quieres saber?

—¿A ti te gusta mucho eso? Me refiero al sadomasoquismo.

—Ay, papá, que te haya confesado una cosa no significa que te tenga que hablar de cada detalle íntimo —aclaré, sintiéndome algo avergonzado.

—Solo quiero que me respondas eso.

—Si estás tan interesado, la respuesta es en su mayoría que sí. No diría que todo lo que conlleva el sadomasoquismo me gusta, es más que todo las nalgadas — expliqué, y prácticamente dije las últimas palabras en un susurro.

—Ya veo. Dijiste anteriormente que no querías que nadie se entere ¿Eso significa que soy el único que sabe esto?

—Sí, eres el único que sabe sobre ambas cosas: mi sexualidad y esto.

—Entiendo —dijo, y miró hacia la ventana. Parecía algo dubitativo, pero prosiguió—: Quiero proponerte algo, pero no quiero que te sientas incómodo u obligado a hacer nada que no quieras.

—¿Vale? Ni siquiera sé a qué te refieres.

—¿Te gustaría poder hacer realidad esas fantasías? —preguntó, volteándose en mi dirección.

—¡¿Ah?! —exclamé, perplejo—. No creo estar entendiendo.

—Cómo a ti te gusta ese tipo de cosas, he estado pensando que talvez quisieras ayuda de tu viejo.

Abrí los ojos como platos. No podía creer lo que mis oídos escuchaban. ¿Me estaba ofreciendo lo que yo creo que me ofrecía?

—A ver... no creo estar entendiendo bien —dije por fin, frotándome la frente con una mano—. Tú no puedes estar tratando de proponerme eso.

—Sí, si puede ser. Lo estoy haciendo ahora mismo.

—Dios, esto es muy repentino. Recién hace un par de horas que te acabó de revelar un par de cosas, y ahora tú me vienes con esto.

—Es tan fácil como que me digas que si o que no. Mira, si quieres puedes probar una vez por si no estás seguro. O nunca, y no volvemos a mencionar esto. ¿Qué dices?

Me crucé de brazos, y me lo pensé un poco. Era una proposición bastante rara, aunque no me molestaba realmente. Lo que lo hacía más extraño era el hecho de que fuera mi padre el que lo estuviera diciendo. Había leído historias sobre un padre disciplinando a su hijo, aunque nunca fueron mis predilectas. De todos modos, era como lo más natural si lo pensaba bien.

Pensé en preguntarle a mi padre si él no se sentía incómodo con ello, pero sabía la respuesta. Él no haría algo que no quisiera. Además, él no se cuestionaba tanto como lo hacía yo. Dijo que llevaba pensando esto por un tiempo; si bien estoy seguro que la gran razón por la que le dio vueltas al asunto fue por mí y no por él.

—Intentarlo no le hará daño a nadie —terminé por decir cuando estuve convencido.

Él esbozó una sonrisa, e inmediatamente agregó:

—No quiero que te sientas obligado a nada, recuerda que puedes pedirme que pare cuando quieras.

—Sí, lo sé.

—Bien —dijo, acomodándose bien en la cama y enderezando la espalda—. Ven aquí —añadió, haciéndome un gesto con la mano.

—Espera, ¿lo vamos a hacer aquí y ahora mismo?

—Claro, ¿o prefieres otro día u otro lugar?

—No, está bien.

Fui hasta su lado y comencé a bajar para recostarme en él, pero me detuvo en medio de la acción.

—Primero, quítate esos pantalones. La mezclilla será molesta.

—Ok...

Estaba algo reacio, todo esto era muy súbito; sin embargo, estaba decidido que ya no había vuelta atrás desde aquí. Ya habíamos llegado hasta esto, y no podía desperdiciar la oportunidad.

Me desabroché el pitillo y me lo saqué torpemente, mis dedos no parecían querer colaborar conmigo. Cuando estaba ya sin él, me quedé plantado ahí sin hacer nada, así que mi papá tuvo que intervenir, tumbándome en su regazo.

Pasó sus dedos suavemente por la parte baja de mi espalda, subiendo un poco la polera que llevaba puesta. Fue bajando hasta llegar a mi trasero, dándome unas palmaditas cariñosas. Entonces, me dio una palmada más firme en uno de mis glúteos. Supe inmediatamente que el castigo había oficialmente empezado, sintiéndome nervioso y excitado al mismo tiempo. Otra más en el otro glúteo. Y así siguió con unas cuantas más, alternándose. Estaba bien, pero sentía que algo faltaba.

—Más fuerte —dije.

Él aumentó la potencia, y tal como pensé, eso era lo que necesitaba.

—Un poco más fuerte, por favor.

Ahora se estaba sintiendo como un castigo real. La sucesión de nalgadas con esa potencia estaban teniendo su efecto en mí, haciendo que comenzara a dolerme de verdad