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Tristán
Parte 5 – El doctor

by Chiquitin

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TRISTÁN
CAPÍTULO 5: EL DOCTOR

Resumen de los capítulos anteriores: Debido a las dificultades económicas de su familia, el joven Tristán al finalizar sus estudios ingresa en la abadía de una orden religiosa donde forman a sirvientes para señores adinerados. El abad de la orden encarga al entrenador deportivo, Horacio, el adiestramiento del joven.

— ¡Venga, todos a formar!

Los nueve jóvenes que formaban fila delante del padre Juan se colocaron rígidos, con las manos en la nuca y mirando al suelo con la cabeza ligeramente agachada, tal y como sus instructores les habían enseñado. No obstante, dos de ellos tardaron en reaccionar y miraban a uno u otro lado tratando de imitar a sus compañeros. El padre Juan, molesto por su indisciplina, no tardó en aplicar un buen par de azotes a cada uno de ellos.

— ¿Todavía no sabéis mostrar obediencia? ¿O es que me estáis tomando el pelo?

Horacio observaba divertido la escena; puesto que ahora él también era instructor de un joven travieso, el Abad lo había enviado a la sala de subastas donde todos los sábados los clientes potenciales de la abadía podían acudir, conocer las instalaciones y a los muchachos a los que se adiestraba, y pujar para llevarse a alguno de ellos a casa. A causa de sus nuevas funciones, debía estar al tanto de como transcurrían aquellas visitas para preparar adecuadamente a Tristán cuando le tocase el turno y asegurar que su presentación ante su posible futuro amo fuera un éxito.

El entrenamiento de Tristán iba viento en popa; el joven era sumiso y cariñoso y había aprendido a obedecer sin rechistar cualquier orden o capricho de su adiestrador; lo que más complacía a Horacio era comprobar cómo el muchacho, sin dejar de respetarle ni de temerle cuando había cometido alguna falta, disfrutaba de su compañía y, a pesar de los muy frecuentes azotes y castigos, se mostraba en los momentos de relax tranquilo, seguro y feliz en sus brazos, igual que lo había estado Adrián en otra época. Mientras él participaba de la organización del día de visitas, su joven pupilo se encontraba bajo la supervisión del padre que se encargaba de otro traviesillo; los dos permanecerían atados y amordazados toda la mañana y el padre se encargaría de supervisarlos y cambiarlos de vez en cuando de postura para que los músculos no se les entumecieran.

El padre Juan y el hermano Horacio supervisaron el peinado y la ropa de los chavales, asegurando el imperdible con el que se sujetaba el número que les identificaría, colocando bien algún cuello de camisa, anudando mejor alguna corbata, subiendo algún calcetín que se resbalaba por alguna pierna, o tirando de alguna cintura del minúsculo pantalón que llevaban los pupilos para que las nalgas quedaran todavía más ceñidas. La variedad racial y de complexión física de los sumisos era notable: la Abadía contaba con jóvenes rubios y pelirrojos, mediterráneos, de tez oscura, negros, asiáticos e indígenas americanos; algunos fuertes y musculosos, otros delgados, y tampoco faltaban chicos redonditos y robustos con algún kilo de más. Fuera cual fuese el gusto del cliente siempre iba a encontrar algún muchacho a su gusto. Aunque pensar en comparaciones con los tiempos paganos no le agradaba, el padre Juan estaba convencido de que su repertorio de jóvenes sumisos mejoraba en calidad y diversidad el del mejor mercado de esclavos que pudiera haber habido en el mundo antiguo.

Los nueve pupilos que se presentarían hoy llevaban ya entre cuatro y seis semanas de entrenamiento en la abadía; algunos no era la primera vez que eran ofrecidos para la venta, pero el padre Juan dio las mismas instrucciones para dar confianza a novatos y veteranos:

— Muy bien, chicos. Algunos de vosotros estaréis un poco tensos y es normal; no hay nada que temer, estáis bien adiestrados y os sabéis comportar. Los señores que van a venir son educados y todo el mundo va a ser muy agradable con vosotros; son caballeros distinguidos y muy exigentes, pero estamos seguros de que van a estar encantados con vosotros. Algunos lo van a exteriorizar más y otros menos; puede ocurrir que se muestren muy entusiasmados con alguno de vosotros y al final acaben decidiéndose por otro chico, o por ninguno, o lo contrario, que parezca que no les habéis gustado y sin embargo os seleccionen al final. Algunos tienen muy claro qué chico les gusta; otros prefieren ver y tocar a varios antes de decidirse; otros no os llevarán hoy a su casa pero se quedarán pensando en vosotros y volverán mañana mismo o al cabo de unos días. Por lo tanto lo que tenéis que hacer es ser cordiales con todo el mundo, y por supuesto muy obedientes. Ahora descansad, por favor.

La posición de descanso no era tal, sino que los muchachos debían poner las manos a la espalda y mantenerse quietos, pero la postura era menos rígida que la de manos en la nuca y podían levantar la cabeza, aunque siempre sin mirar directamente a los ojos de ningún religioso ni ningún hombre maduro, salvo que este se dirigiera expresamente a ellos.

— Vuestros instructores os habrán explicado todo, pero lo repasamos: en primer lugar se os va a presentar en grupo a nuestros visitantes. Les daréis los buenos días, formaréis obedientes con las manos en la nuca y luego os iré presentando uno por uno, indicando el número que os corresponde. Caminaréis por este pasillito delante de los señores para que os vean bien; vais hacia el fondo y dais la vuelta y así os ven por delante y por detrás. Luego os colocaréis en el escenario, cada uno en vuestro lugar ordenados por los números que lleváis; os desnudáis y volvéis a pasar delante de los caballeros. Luego os inclináis en las banquetas y esperáis a que se acerquen a vosotros si lo desean para examinaros bien. Conocen muy bien las reglas: pueden tocaros y acariciaros, es lógico que quieran ver bien cuestra condición física antes de elegiros como criados y llevaros a sus casas; pero no tienen permiso para desnudarse ellos, para azotaros ni para penetraros mientras no se formalicen los trámites y paséis a ser de su propiedad; de hecho podréis ver que no hay instrumentos de castigo ni dilatadores en el escenario. La función de la banqueta es solamente que os puedan examinar bien y que os coloquéis en una posición de total sumisión y respeto hacia ellos. El hermano Horacio y yo estaremos pendientes de que ninguno os monopolice ni impida que otros señores os vean y os toquen. Si alguno se sobrepasara con vosotros, que sería extraordinariamente raro y estoy seguro de que no va a ocurrir, actuaríamos rápidamente. También sé que no va a ocurrir, pero tened presente que si tenemos cualquier queja de vuestro comportamiento por parte de alguno de vuestros visitantes, el travieso será severamente castigado en la mazmorra del Padre Julián. Finalmente, os llevaremos desnuditos al estrado donde seréis subastados; si todo sale bien puede que alguno se vaya ya hoy a casa de su nuevo amo, aunque otras veces el caballero necesita hacer algún trámite y os recogerá mañana o el lunes.

— ¿Todo claro? Muy bien, os dejo un momento con el hermano Horacio mientras voy a saludar a los señores; han llegado ya casi todos y están con el Abad.

Efectivamente en la sala de al lado tenía lugar un cóctel servido por un par de novicios de la abadía, y el Abad en persona había recibido a la primera tanda de visitantes. Aquella semana habían superado las cien solicitudes para la subasta del sábado. Para el Abad la calidad era fundamental y era muy reacio a incrementar el número de visitantes en cada turno o reducir la duración de los turnos, pues quería dar oportunidad a sus huéspedes de disfrutar con calma de los muchachos; le gustaba asombrar al visitante ofreciéndole un gran número y variedad de chicos atractivos y de nalgas desnudas a su disposición, pero la experiencia le había enseñado que tanta oferta llevaba a la dispersión. El cliente quería pasar tiempo con todos y cada uno de los chicos, lo cual llevaba a que la subasta se retrasara mucho, y por lo general quien no se decidía tras haber inspeccionado con calma a dos o tres jóvenes, seguía sin decidirse después de haber estado con siete. Era más eficaz ofrecer un número no tan alto de chicos y mentalizar al cliente de que debía centrarse en sus favoritos y en aquellos cuyo precio estuviera a su alcance.

Por otra parte, era importante excluir a los mirones: quien participaba varias veces en la visita y no pujaba luego por ningún criado, veía sus sucesivas solicitudes para las subastas cordialmente denegadas en el futuro. Otras sedes de la orden habían apostado por cobrar por la visita o por la opción de llevarse a un muchacho a un reservado, pero al Abad no le gustaba la idea a pesar de las posibilidades económicas que ofrecía; se contradecía con la atmósfera familiar que le gustaba ofrecer a sus visitantes.

El Abad charlaba animadamente con sus invitados; varios de ellos eran clientes habituales: un maduro sacerdote de una parroquia de las afueras, el gerente de una empresa de tamaño medio de transportes con traje y corbata, y un simpático ganadero que llevaba una americana antigua que era evidente que se ponía en muy pocas ocasiones. Completaban la clientela de aquel turno de visitas tres amos novatos: el primero era un caballero muy joven, de 40 años escasos que no aparentaba, al que el Abad había tenido que reprimirse para no saludar con una palmada en el trasero pero que se trataba de un hombre hecho a sí mismo que había prosperado recientemente en su empresa; el segundo, un militar de aire típicamente marcial jubilado anticipadamente, y el último un venerable anciano que había enviudado hacía no mucho pero que mostraba una gran jovialidad y ganas de vivir.

La experiencia del Abad le permitía adivinar con escaso margen de error la motivación de cada uno de los caballeros que visitaba el lugar, pero el sacerdote y el ganadero le confirmaron que los jóvenes que hasta ahora les habían servido se emancipaban, uno de ellos para casarse, mientras que el gerente, al haber aumentado su negocio, había comprado una casa más grande y necesitaba ampliar el servicio con un joven con conocimientos de jardinería y también para ayudar en la limpieza; para la cocina y el mantenimiento de la casa disponía ya de un antiguo pupilo que llevaba ya cinco años a su servicio, un período muy satisfactorio para ambos. De hecho, la decisión de tomar a un segundo sirviente había sido una propuesta del primero, lo cual tranquilizó al Abad acerca de los posibles celos que solían surgir cuando en una casa la atención del amo se dividía entre más de un joven.

Durante unos quince minutos, los señores departieron amigablemente, dieron alguna palmada en el culito a los novicios que les servían bebidas y algo para picar, y miraron y tocaron con curiosidad los instrumentos de castigo que se mostraban en la sala y que les serían ofrecidos, alguno de ellos como regalo si adquirían a algún muchacho durante la subasta posterior.

Al entrar el Padre Juan, el Abad lo presentó, en medio de grandes alabanzas por su trabajo en la selección y el cuidado de los muchachos más guapos y sumisos, a cada uno de los seis caballeros. El veterano sacerdote los consideró un estupendo grupo y fue sincero al decir que cualquiera de los jóvenes que les esperaban en la sala de al lado sería afortunado de acompañarles hoy de vuelta a su casa y entrar a formar parte de su servicio. Tras la presentación, el Abad les invitó a acompañarles a la sala contigua para que conocieran a los muchachos.

Antes de sentarse cómodamente para presenciar el agradable espectáculo, varios de los caballeros hicieron comentarios de admiración y mostraron su contento con el grupo tan apetecible de jovencitos que estaban alineados frente a ellos. Horacio, que se mantenía serio en una esquina en su papel de vigilante y supervisor, no podía evitar la envidia y un cierto odio de clase a aquellos señores elegantes. Se sentía humillado por no poder llevarse como ellos un chico a su casa, porque no tenía casa a la que llevarlo en primer lugar. Era feliz con Tristán, pero en una o dos semanas se lo quitarían; y ya había perdido en su momento a Adrián. Al pensar en que su boda, de la que se había enterado recientemente, convertía esa pérdida en definitiva, no pudo evitar una punzada de dolor; afortunadamente la curiosidad por la escena que transcurría ante sus ojos distrajo su atención.

El Padre Juan presentó al primero de los muchachos, que tenía el número uno sujeto a la camisa con un imperdible, y le animó con un azote en las nalgas a que desfilara delante de los asientos de los seis caballeros. El religioso dio su altura y peso y, antes de aclarar el precio mínimo de la puja, habló de sus habilidades con la cocina y con la maquinaria y de su carácter tierno pero rebelde. Los seis amos potenciales lo miraban atentamente y algunos de ellos escribían notas en el papel que la abadía había dejado a su disposición con ese fin al lado de su asiento.

Uno tras otro los jóvenes fueron desfilando. Los anfitriones explicaron sus distintas habilidades para el trabajo doméstico y también sus caracteres diferentes, unos más dóciles y otros más rebeldes; y los precios diferentes que se les había asignado para la subasta tras una negociación previa entre la Abadía y las familias. El Padre Juan, muy experimentado en estos encuentros, se entretenía adivinando cuántos y quiénes de los caballeros se interesarían por tal o cual muchacho. La pareja más evidente era la del ganadero con Valentín, un joven de rasgos un tanto bastos y entrado en carnes que solía estar poco solicitado pero cuyo sobrepeso, que le convertía en la opción más económica para un amo no muy solvente, no sería una desventaja sino todo lo contrariopara un hombre de campo al que le encantaba tener abundante y generosa carne para pellizcar, sobre todo por el abultado volumen de sus nalgas.

Conocía también bien los gustos del sacerdote por los muchachos bajitos y aniñados y sabía que el gerente no tenía preferencias particulares en cuanto al físico, puesto que todos los jóvenes le gustaban, pero sí era muy exigente respecto a las buenas referencias en lo profesional, por lo que recalcó la destreza manual del muchacho que consideraba más indicado para él. En cuanto a los nuevos clientes, deseó que el anciano viudo no optara por César, un joven atlético encantado de conocerse, con un precio de salida muy elevado que inflaba todavía más su ego, y que probablemente iba a jugar a su antojo con un amo poco experimentado, y se decantara por otros chicos de cuerpos más delgados o más redondos, menos esculturales en fin, pero más cariñosos y atentos. Por último, al militar y el joven ejecutivo, a pesar de su poca experiencia, los consideraba capaces de someter sin mayor problema al travieso al que se llevaran a casa.

Los comentarios de satisfacción y aprobación de los caballeros se redoblaron cuando los pupilos se dirigieron cada uno a su puesto en el escenario y se desnudaron. Tras el segundo paseo frente a sus potenciales compradores, pasaron a colocarse obedientemente en las banquetas de castigo exponiendo ante los caballeros sus tesoros más íntimos mientras una etiqueta discreta pero visible recordaba el precio mínimo de puja para cada uno de ellos. Los caballeros se dirigieron con educación pero sin pausa hacia el conjunto de nalgas expuestas ante ellos de forma tan atractiva seleccionando al mozo de sus preferencias para examinarle con atención; el anciano viudo, que tenía el privilegio de escoger en primer lugar, confirmó los temores del Padre Juan al optar por César. A continuación el Padre no pudo evitar una sonrisa al ver al sacerdote, tal como había adivinado, dirigirse hacia el joven más bajito y aniñado, y posteriormente al ganadero buscar el puesto de Valentín sin ninguna vacilación.

La misión de Horacio consistía en estar pendiente si ocurría algo inesperado y controlar junto con el Padre Juan que los caballeros tuvieran acceso a los jóvenes sin que ninguno se entretuviera excesivamente con uno. Tal y como estaba previsto, no hizo falta su intervención en ningún momento y las exploraciones de los chicos se desarrollaron sin ningún incidente.

Veinte minutos de tocamientos y comentarios muy favorables sobre